Recital en Valencia.
19 de diciembre, 2005.
A las 10 de la mañana me entregan la furgoneta de alquiler en Atesa. Es una Citroen Jumpy robusta y ciega, que vuela bajo el acelerador y frena con precisión obediente. Nada que ver con la antigualla de mi Exprés, que está pidiendo el desguace a gritos. Llego al local de ensayo donde ya están Igor y Antonio tinglando bultos. Tenemos sitio de sobra para la carga, pero no tanto para el pasaje: dos únicas plazas muy estrechas junto al conductor hacen que viajemos hombro con hombro, y así a lo largo de los 600 kilómetros que separan San Sebastián de Valencia. A mediodía estamos ya atravesando el periférico donostiarra. Antonio está realmente aterido, pálido, dando tembladeras y excesivamente atento a la ruta. Creo que la angustia le impide el habla. Sin embargo Igor ha amanecido locuaz y jovialísimo. Vaya dos.
La costumbre familiar, en las ocasiones que visitábamos a mis tías de La Vall d’Uixó, en Castellón, me obliga a hacer un alto en Daroca (provincia de Zaragoza), abandonando la N-330 y tomando la larga calle principal del pueblo. Esta vez no será ni fonda ni mesón: La madre de Antonio ha preparado para el pasaje una buena tortilla de patata con pimiento verde acompañada de pan blanco y el café lo tomaremos en un bar cualquiera.
Elegimos una plaza amplia y soleada a la salida del pueblo y sobre un poyo de piedra mudéjar montamos nuestro picnic. Dos gatos hambrientos y malencarados nos atormentan con sus maullidos pedigüeños. Con un sentimiento de culpa (y bochorno por la mala puntería) vamos dando cuenta del refrigerio. Pasa un labriego con un mulo cabizbajo. Una vieja mira entre los visillos. Bonito pueblo, Daroca, y su milagro de los Santos Corporales.
Retomamos el camino ya por los páramos fríos y rojos de Teruel. Pasamos Calamocha que es como Las Vegas, pero los neones aquí anuncian jamón. Recuerdo que una vez papá compró en Calamocha un mechero con la imagen de Franco y la rojigualda para coña de sus amigos. Viajábamos los dos. Fue séis meses antes de su muerte.
Con la oscuridad del atardecer cambia el paisaje. La serranía árida de Castellón aproxima la costa. De pronto todo es mediterráneo, y todo es naranjo, pero qué pena, porque ya en Segorbe cae la noche y no vamos a poderlo ver. Hacia las siete de la tarde llegamos al cinturón valenciano. Gran embotellamiento. Son casi las ocho cuando aparcamos junto al Colegio Mayor Lluís Vives, en la Avenida Blasco Ibáñez. Necesito con urgencia un trago de lo fuerte para quitar el polvo del camino y relajar las pupilas.
Entramos en el Colegio. Es un edificio de tres o cuatro plantas, rodeado de jardines donde se alzan palmeras y ficus gigantes de las Indias, y en la esquina de una avenida amplia y distinguida. Frente a la gran puerta de cristal se encuentra la conserjería. Lo primero que vemos sobre el corcho del tablón de anuncios es un cartel anunciador con una fotografía de Deriva. Buena señal. Veo con alegría que existe un café a la izquierda del hall, con muy buena pinta. Ya el camarero de pelo íntegro y blanco que lo atiende tiene un aire levantino inconfundible, pues hay una fisonomía propia para hombres y mujeres que no se me esconde.
Recuento en el café universitario: Falta Ione, que ha viajado en avión Hondarribia-Barajas-Valencia y que habrá llegado a media tarde, y falta Josetxo que habrá llegado en Bilmanbús, también hacia las cinco. Mensajes de móvil y citas a la hora de la cena. Cada uno por su lado, los dos andan vagando por la ciudad y no sabrían decir en qué barrio se encuentran. Tenemos el tiempo justo para descargar la furgoneta. Dos graves bedeles nos acompañan hasta la puerta trasera del escenario.
¡Oh! El auditorio es espléndido.
Se trata, al parecer, de una antigua capilla sobre la que está montado un patio de butacas de terciopelo negro y un alto coro metálico que hoy hace de sala técnica y de proyección. El escenario tiene tras el telón camerinos con espejos y baño. En el brillo del entarimado se duplica la imagen de un rutilante piano de media cola. Los terciopelos negros, la madera y los ladrillos caravista de los muros dulcifican los sonidos de nuestro trasiego de portes. Toda consonante o vocal pronunciada a la ligera, cobra en ese ámbito una nobleza y una armonía que impresiona.
Se presenta a nosotros un hombre algo grueso, de mediana edad, con aspecto de autoridad imponente pero que al punto sus bonitos ojos azules desdicen. Es claro que se trata del Director del Colegio Mayor, y dice llamarse Luis Puig. Tras las formalidades, noto en su conversación esa ironía y esa inteligencia que invariablemente poséen los raros sujetos genuinos e interesantes. Mas tiene prisa y está cansado. Con gusto hubiera pagado esos tragos que invitan a la confidencia.
Los bedeles nos entregan unos graciosos vales para la cena de hoy y los desayunos, comidas y cenas de mañana y pasado. Ha llegado justo Ione a tiempo para descubrir, ya todos en comandita y alegremente, el Magno Refectorium, en vulgar: el comedor self- service del Colegio. (Veo con ansiedad que todos los comensales son jóvenes y en su gran mayoría del sexo femenino. Nunca llegamos del todo a aprender debidamente la renuncia). Afortunadamente veo también aparecer a Vicente Maicas, con esa figura suya algo indolente de jóven lord que lo distingue, sonriendo bajo su pelo rubio de reminiscencias pelirrojas. Maicas es, digamos, nuestro factótum en Valencia. El hombre de Alta Tensión Cultural, el que ha hecho este viaje posible.
Sentados con él a la mesa nos descubre la página entera que publicó Eduardo Guillot de "La Cartelera de Valencia" hace tres días, con mi foto a todo color, la entrevista que hice por mail y una separata en el tercio inferior donde se habla de la caída de Criminal Discos. Tengo tal estado de excitación por la cadena de acontecimientos que apenas pruebo bocado de la cena que hay en mi plato. Ione me reprende por ello. Me dice que se va a la cama. Es verdad. Tiene razón. Debemos descansar para mañana...Les miro a los chicos...no sin antes tomar la última cervecita por el centro.
...................................................................................................................................................................
(Cuatro vascos deambulan por la plaza del Ayuntamiento, perfilada de luces navideñas. Las miradas hacia lo alto, las manos frías en el bolsillo, exhalando vaho de la boca abierta. Han encontrado una cafetería tristona pero aceptable. Bajo el estrépito de una televisión gigante, reunidos en una mesa en perfecta camaradería, se están riendo de los precios irrisorios de las cañas de Valencia)
Martes 20 de diciembre,2005
Hoy es la “noche del fuego” para nosotros, y me despierto ya con esa desazón desde que raya el alba. La mente anticipa con histeria los acontecimientos que aguardan previsiblemente en el tiempo, y se entrega a ello por más que uno sepa que es en vano.
Inspecciono mi habitación. La número 10 del Colegio Mayor. Se diría que es la habitación de un hostal de estrellas si no lo desmintiera el alto mueble de biblioteca y las amplias mesas con brazos de luz para el estudio. También la colcha sobre la cama tiene un algo de juvenil y femenino. El baño es sencillamente irreprochable. Qué tontería que a uno le brinden estos lujos por el simple hecho de componer canciones. Y qué alegría por otro lado.
Estirando un poco las sábanas a la francesa he recordado el rendez-vous que tengo con Ione a primera hora para desayunar en el refectorium y salir a visitar la Malvarrosa y el mercado de Cabanyal, tal y como nos aconsejó el Director Puig.
Ione ya está en la mesa con su periódico y su desayuno. Esta mañana hay en su cara de niña una ternura dormilona y algo flipada y dan ganas de besarla en los párpados calientes. No sabemos nada del resto de Deriva...dormirán seguramente. Tomando el café advierto en la sección local de El País una reseña sobre el concierto de esta noche. El corazón da un vuelco.
Ya en la calle Ione me guía hasta un tranvía cercano que se dirige a la Malvarrosa. Es curioso que en todas las ocasiones que he venido a Valencia nunca jamás haya pisado los barrios de la marina y es que nadie diría, paseando por el centro, que aquí hay mar. Hacemos un alto en el mercado de Cabanyal y no sé qué es más interesante, si las fisonomías del pueblo o las mercaderías, tan distintas ambas al norte nuestro. Compro unos Lychies para Ione. Parece una galantería, pero es que ella nunca los ha probado. Yo me almuerzo un plátano delicioso vagando despreocupadamente por los pasillos del mercado y viendo las pescaderías y los puestos de encurtido, y la mojama, y las mandarinas cortadas con su hoja esmeralda.
Queremos continuar hasta la Malvarrosa pero el tiempo empeora y el viento sacude el paseo marítimo. Los restaurantes y chiringuitos de primera línea de playa tienen las persianas echadas. Somos dos vagabundos frente a un mediterráneo borrascoso. De regreso, un taxi nos lleva por todo lo largo de la Avenida del Puerto hasta el centro, donde tengo una entrevista de promoción con la cadena SER.
Haciendo tiempo hasta la una, en un snack cercano a la calle Juan de Austria, Ione me invita generosamente a un plato de sepia, otro de puntillitas y un vaso de vino blanco de la tierra. Nos despedimos. Ione no quiere saber nada de promociones. Quizá el trato con sus artistas portugueses le haya contagiado la saudade porque la encuentro lánguida. Me pregunto si no tendrá añoranza o mal de amores. Qué sé yo.
Subo a la radio. En la sala de espera hay una mujer muy arregladita, sentada con un portafolio y un libro sobre la falda. Inmediatamente entiendo que la conversación será agradable con ella. Es la agente de un escritor que está siendo entrevistado en un estudio próximo y se llama Teresa. Me muestra el libro. Yo le hago promoción de mi concierto para calentar la garganta. Tiene los ojos azules en dos intensidades distintas y concéntricas y una mirada limpia y algo ingenua. A mis bromas su risa surge como un cascabel espontáneo. Le regalo un ejemplar de Harresilanda por simpática. Cuando me llaman del estudio me saca un par de fotos con su móvil y promete ir esta noche al recital.
Después de una interviú inusualmente inteligente por parte de la guapa locutora Ana Mansergas (entrevista en la que he confundido Sevilla por Valencia) salgo de nuevo para la Residencia Lluís Vives. Son las dos y media de la tarde. Mi grupo está comiendo rica fideuá en el refectorium y me cuentan llenos de euforia que han hecho turismo de lo lindo por el centro. Me siento en otra mesa con Ione, que apenas ha probado bocado y está en la gran babia del pensamiento. Tampoco puedo yo acabar la trucha que he elegido y me obligo con la ensalada. Sueño ya con la sagrada siesta.
........................................................................................................................................................................
Hace ya un rato que anda la parte masculina de Deriva montando los trastos en el escenario. Son las 16,30h. Josetxo está poseído por el piano de cola. Le prohibo tajantemente que siga tocando el “Let it be” y cosas por el estilo. Quizá para complacerme ataca los compases de “Principiantes” y luego sigue con “Ven a verme en sueños”. Creo que voy a vendarle las manos con cinta americana. Igor y Antonio trabajan con su estilo modesto y discreto.
Desde lo alto del coro se acerca al escenario el técnico de sonido José Luis Shipley. Nos saludamos. Es de la clase de persona que inmediatamente sabes que puedes confiar. Tiene un pelo ensortijado y bohemio como de haber hecho muchas giras en furgonetas y un rostro noctámbulo de poeta maldito. Por la mirada atenta y comprensiva que tiene, sospecho que es un camarada muy querido de sus camaradas. Aunque no nos conocemos, él ya había sabido de mí cuando masterizó en Valencia el álbum “Planes de fuga” para Criminal Discos.
Y hablando de Criminal, recuerdo de pronto que tengo esperando en una butaca al periodista de Radio Klara, Javier Pérez Montes, con el que he quedado para grabar una entrevista. Nos alejamos del auditorio buscando un lugar tranquilo y silencioso. El camarero de la cafetería nos concede el salón vecino, desocupado y a oscuras a esta hora. Javier despliega sus papeles en la mesa y pone a punto la grabadora. No sé si está nervioso o son siempre así de cómicos sus actos. Me habla de la desaparición física de su amigo Alvaro García, el patrón de Criminal, y de lo que él llama con mucha agudeza “ presunta abducción” de su persona y se disculpa ante mí como damnificado que soy, desvinculándose de esa actitud tan incomprensible. Le he contestado que no guardo inquina a Alvaro sino agradecimiento y que cualquiera que rinda culto al absurdo, como yo lo hago, encontrará muy admirable esa manía suya tan chocante de hacerse pasar por invisible. Javier sigue con sus preguntas. Halagado, descubro que en Radio Klara, en el espacio “El club de amigos del crimen”, tienen una especie de lista top 10 en la que han sonado mis canciones anteriores y en la que se encuentra ahora “La piel a tiras”. Estas cosas demuestran que efectivamente hay alguien al otro lado, y que por muy arrinconada que esté tu obra, existe siempre un plus ultra.
Javier pone fin a la entrevista y nos dirigimos de nuevo al auditorio. La prueba general de sonido estará a punto de empezar. Tras el primer ensayo de canción, Ione me anuncia que su amplificador se entrecorta. Baja Shipley. Juntos hacemos un corro observando el trasto. Proseguimos con la prueba y esta vez el ampli se desgracia del todo. Por primera vez en la gira ocurre tal cosa. Me golpea la sangre en las sienes.
Baja de nuevo Shipley, diligente y efectivo: Debemos cambiar a última hora la configuración del grupo y utilizar el de Josetxo, que no protesta, hechizado como está con su piano de cola. Por lo demás todo está en marcha. He dado instrucciones a un bedel con aspecto de poste de la luz para que ponga en el proyector de cine el videoclip “Algo delicado y difícil”, y durante el concierto las psicodelias que realizó Cruz Larrañeta para Harresilanda. Decido por último tocar con mi Hoffner y dejar la Teisco de reserva.
En el patio de butacas está Vicente Maicas y Leonor, más algunas personas de Alta Tensión Cultural, como Jorge Llabrés y otros que no distingo. Shipley sube y baja atareado la larga escalera espiral que comunica con el control y la mesa mezcladora en un sinfín de viajes. De pronto alguien se acerca a mí estrechándome la mano: ¡ y no le había reconocido, porque nuestra amistad es casi siempre por internet ! ¡Cisco Fran! ¡El hombre de la Gran Esperanza Blanca! Una leyenda en Valencia: cantautor de rock y eminente escritor y traductor de Dylan, autor de discos tan notables como “Harry Dean” donde hay una canción que a mí me gusta especialmente y que se titula “Lento”. La conversación se demora con este hombre alto, tranquilo y bondadoso, al que le debo tantas cosas y que siempre estuvo en el momento preciso para conmigo.
Pero tenemos que prepararnos y debo cambiar mi recia camisa de cuadros por la seda negra de los cantantes. Debo arengar a mi banda mientras bebo los sorbos últimos del Scocht que he pedido a Maicas. Aspirando ansiosamente el duro cigarro puro caliqueño que he comprado en Valencia, debo ocuparme de los detalles finales de repertorio y no olvidarme de arropar a Ione, aunque no le hace falta porque es artista más valiente que yo mismo. Las ocho y diez.
Parece que hay poca gente. Quizá más tarde se anime la sala. Ocho y cuarto; suena el vals de Shostakovitch que preludia todos los conciertos. Me siento como una falla a punto de ser prendida.
A las 10 de la mañana me entregan la furgoneta de alquiler en Atesa. Es una Citroen Jumpy robusta y ciega, que vuela bajo el acelerador y frena con precisión obediente. Nada que ver con la antigualla de mi Exprés, que está pidiendo el desguace a gritos. Llego al local de ensayo donde ya están Igor y Antonio tinglando bultos. Tenemos sitio de sobra para la carga, pero no tanto para el pasaje: dos únicas plazas muy estrechas junto al conductor hacen que viajemos hombro con hombro, y así a lo largo de los 600 kilómetros que separan San Sebastián de Valencia. A mediodía estamos ya atravesando el periférico donostiarra. Antonio está realmente aterido, pálido, dando tembladeras y excesivamente atento a la ruta. Creo que la angustia le impide el habla. Sin embargo Igor ha amanecido locuaz y jovialísimo. Vaya dos.
La costumbre familiar, en las ocasiones que visitábamos a mis tías de La Vall d’Uixó, en Castellón, me obliga a hacer un alto en Daroca (provincia de Zaragoza), abandonando la N-330 y tomando la larga calle principal del pueblo. Esta vez no será ni fonda ni mesón: La madre de Antonio ha preparado para el pasaje una buena tortilla de patata con pimiento verde acompañada de pan blanco y el café lo tomaremos en un bar cualquiera.
Elegimos una plaza amplia y soleada a la salida del pueblo y sobre un poyo de piedra mudéjar montamos nuestro picnic. Dos gatos hambrientos y malencarados nos atormentan con sus maullidos pedigüeños. Con un sentimiento de culpa (y bochorno por la mala puntería) vamos dando cuenta del refrigerio. Pasa un labriego con un mulo cabizbajo. Una vieja mira entre los visillos. Bonito pueblo, Daroca, y su milagro de los Santos Corporales.
Retomamos el camino ya por los páramos fríos y rojos de Teruel. Pasamos Calamocha que es como Las Vegas, pero los neones aquí anuncian jamón. Recuerdo que una vez papá compró en Calamocha un mechero con la imagen de Franco y la rojigualda para coña de sus amigos. Viajábamos los dos. Fue séis meses antes de su muerte.
Con la oscuridad del atardecer cambia el paisaje. La serranía árida de Castellón aproxima la costa. De pronto todo es mediterráneo, y todo es naranjo, pero qué pena, porque ya en Segorbe cae la noche y no vamos a poderlo ver. Hacia las siete de la tarde llegamos al cinturón valenciano. Gran embotellamiento. Son casi las ocho cuando aparcamos junto al Colegio Mayor Lluís Vives, en la Avenida Blasco Ibáñez. Necesito con urgencia un trago de lo fuerte para quitar el polvo del camino y relajar las pupilas.
Entramos en el Colegio. Es un edificio de tres o cuatro plantas, rodeado de jardines donde se alzan palmeras y ficus gigantes de las Indias, y en la esquina de una avenida amplia y distinguida. Frente a la gran puerta de cristal se encuentra la conserjería. Lo primero que vemos sobre el corcho del tablón de anuncios es un cartel anunciador con una fotografía de Deriva. Buena señal. Veo con alegría que existe un café a la izquierda del hall, con muy buena pinta. Ya el camarero de pelo íntegro y blanco que lo atiende tiene un aire levantino inconfundible, pues hay una fisonomía propia para hombres y mujeres que no se me esconde.
Recuento en el café universitario: Falta Ione, que ha viajado en avión Hondarribia-Barajas-Valencia y que habrá llegado a media tarde, y falta Josetxo que habrá llegado en Bilmanbús, también hacia las cinco. Mensajes de móvil y citas a la hora de la cena. Cada uno por su lado, los dos andan vagando por la ciudad y no sabrían decir en qué barrio se encuentran. Tenemos el tiempo justo para descargar la furgoneta. Dos graves bedeles nos acompañan hasta la puerta trasera del escenario.
¡Oh! El auditorio es espléndido.
Se trata, al parecer, de una antigua capilla sobre la que está montado un patio de butacas de terciopelo negro y un alto coro metálico que hoy hace de sala técnica y de proyección. El escenario tiene tras el telón camerinos con espejos y baño. En el brillo del entarimado se duplica la imagen de un rutilante piano de media cola. Los terciopelos negros, la madera y los ladrillos caravista de los muros dulcifican los sonidos de nuestro trasiego de portes. Toda consonante o vocal pronunciada a la ligera, cobra en ese ámbito una nobleza y una armonía que impresiona.
Se presenta a nosotros un hombre algo grueso, de mediana edad, con aspecto de autoridad imponente pero que al punto sus bonitos ojos azules desdicen. Es claro que se trata del Director del Colegio Mayor, y dice llamarse Luis Puig. Tras las formalidades, noto en su conversación esa ironía y esa inteligencia que invariablemente poséen los raros sujetos genuinos e interesantes. Mas tiene prisa y está cansado. Con gusto hubiera pagado esos tragos que invitan a la confidencia.
Los bedeles nos entregan unos graciosos vales para la cena de hoy y los desayunos, comidas y cenas de mañana y pasado. Ha llegado justo Ione a tiempo para descubrir, ya todos en comandita y alegremente, el Magno Refectorium, en vulgar: el comedor self- service del Colegio. (Veo con ansiedad que todos los comensales son jóvenes y en su gran mayoría del sexo femenino. Nunca llegamos del todo a aprender debidamente la renuncia). Afortunadamente veo también aparecer a Vicente Maicas, con esa figura suya algo indolente de jóven lord que lo distingue, sonriendo bajo su pelo rubio de reminiscencias pelirrojas. Maicas es, digamos, nuestro factótum en Valencia. El hombre de Alta Tensión Cultural, el que ha hecho este viaje posible.
Sentados con él a la mesa nos descubre la página entera que publicó Eduardo Guillot de "La Cartelera de Valencia" hace tres días, con mi foto a todo color, la entrevista que hice por mail y una separata en el tercio inferior donde se habla de la caída de Criminal Discos. Tengo tal estado de excitación por la cadena de acontecimientos que apenas pruebo bocado de la cena que hay en mi plato. Ione me reprende por ello. Me dice que se va a la cama. Es verdad. Tiene razón. Debemos descansar para mañana...Les miro a los chicos...no sin antes tomar la última cervecita por el centro.
...................................................................................................................................................................
(Cuatro vascos deambulan por la plaza del Ayuntamiento, perfilada de luces navideñas. Las miradas hacia lo alto, las manos frías en el bolsillo, exhalando vaho de la boca abierta. Han encontrado una cafetería tristona pero aceptable. Bajo el estrépito de una televisión gigante, reunidos en una mesa en perfecta camaradería, se están riendo de los precios irrisorios de las cañas de Valencia)
Martes 20 de diciembre,2005
Hoy es la “noche del fuego” para nosotros, y me despierto ya con esa desazón desde que raya el alba. La mente anticipa con histeria los acontecimientos que aguardan previsiblemente en el tiempo, y se entrega a ello por más que uno sepa que es en vano.
Inspecciono mi habitación. La número 10 del Colegio Mayor. Se diría que es la habitación de un hostal de estrellas si no lo desmintiera el alto mueble de biblioteca y las amplias mesas con brazos de luz para el estudio. También la colcha sobre la cama tiene un algo de juvenil y femenino. El baño es sencillamente irreprochable. Qué tontería que a uno le brinden estos lujos por el simple hecho de componer canciones. Y qué alegría por otro lado.
Estirando un poco las sábanas a la francesa he recordado el rendez-vous que tengo con Ione a primera hora para desayunar en el refectorium y salir a visitar la Malvarrosa y el mercado de Cabanyal, tal y como nos aconsejó el Director Puig.
Ione ya está en la mesa con su periódico y su desayuno. Esta mañana hay en su cara de niña una ternura dormilona y algo flipada y dan ganas de besarla en los párpados calientes. No sabemos nada del resto de Deriva...dormirán seguramente. Tomando el café advierto en la sección local de El País una reseña sobre el concierto de esta noche. El corazón da un vuelco.
Ya en la calle Ione me guía hasta un tranvía cercano que se dirige a la Malvarrosa. Es curioso que en todas las ocasiones que he venido a Valencia nunca jamás haya pisado los barrios de la marina y es que nadie diría, paseando por el centro, que aquí hay mar. Hacemos un alto en el mercado de Cabanyal y no sé qué es más interesante, si las fisonomías del pueblo o las mercaderías, tan distintas ambas al norte nuestro. Compro unos Lychies para Ione. Parece una galantería, pero es que ella nunca los ha probado. Yo me almuerzo un plátano delicioso vagando despreocupadamente por los pasillos del mercado y viendo las pescaderías y los puestos de encurtido, y la mojama, y las mandarinas cortadas con su hoja esmeralda.
Queremos continuar hasta la Malvarrosa pero el tiempo empeora y el viento sacude el paseo marítimo. Los restaurantes y chiringuitos de primera línea de playa tienen las persianas echadas. Somos dos vagabundos frente a un mediterráneo borrascoso. De regreso, un taxi nos lleva por todo lo largo de la Avenida del Puerto hasta el centro, donde tengo una entrevista de promoción con la cadena SER.
Haciendo tiempo hasta la una, en un snack cercano a la calle Juan de Austria, Ione me invita generosamente a un plato de sepia, otro de puntillitas y un vaso de vino blanco de la tierra. Nos despedimos. Ione no quiere saber nada de promociones. Quizá el trato con sus artistas portugueses le haya contagiado la saudade porque la encuentro lánguida. Me pregunto si no tendrá añoranza o mal de amores. Qué sé yo.
Subo a la radio. En la sala de espera hay una mujer muy arregladita, sentada con un portafolio y un libro sobre la falda. Inmediatamente entiendo que la conversación será agradable con ella. Es la agente de un escritor que está siendo entrevistado en un estudio próximo y se llama Teresa. Me muestra el libro. Yo le hago promoción de mi concierto para calentar la garganta. Tiene los ojos azules en dos intensidades distintas y concéntricas y una mirada limpia y algo ingenua. A mis bromas su risa surge como un cascabel espontáneo. Le regalo un ejemplar de Harresilanda por simpática. Cuando me llaman del estudio me saca un par de fotos con su móvil y promete ir esta noche al recital.
Después de una interviú inusualmente inteligente por parte de la guapa locutora Ana Mansergas (entrevista en la que he confundido Sevilla por Valencia) salgo de nuevo para la Residencia Lluís Vives. Son las dos y media de la tarde. Mi grupo está comiendo rica fideuá en el refectorium y me cuentan llenos de euforia que han hecho turismo de lo lindo por el centro. Me siento en otra mesa con Ione, que apenas ha probado bocado y está en la gran babia del pensamiento. Tampoco puedo yo acabar la trucha que he elegido y me obligo con la ensalada. Sueño ya con la sagrada siesta.
........................................................................................................................................................................
Hace ya un rato que anda la parte masculina de Deriva montando los trastos en el escenario. Son las 16,30h. Josetxo está poseído por el piano de cola. Le prohibo tajantemente que siga tocando el “Let it be” y cosas por el estilo. Quizá para complacerme ataca los compases de “Principiantes” y luego sigue con “Ven a verme en sueños”. Creo que voy a vendarle las manos con cinta americana. Igor y Antonio trabajan con su estilo modesto y discreto.
Desde lo alto del coro se acerca al escenario el técnico de sonido José Luis Shipley. Nos saludamos. Es de la clase de persona que inmediatamente sabes que puedes confiar. Tiene un pelo ensortijado y bohemio como de haber hecho muchas giras en furgonetas y un rostro noctámbulo de poeta maldito. Por la mirada atenta y comprensiva que tiene, sospecho que es un camarada muy querido de sus camaradas. Aunque no nos conocemos, él ya había sabido de mí cuando masterizó en Valencia el álbum “Planes de fuga” para Criminal Discos.
Y hablando de Criminal, recuerdo de pronto que tengo esperando en una butaca al periodista de Radio Klara, Javier Pérez Montes, con el que he quedado para grabar una entrevista. Nos alejamos del auditorio buscando un lugar tranquilo y silencioso. El camarero de la cafetería nos concede el salón vecino, desocupado y a oscuras a esta hora. Javier despliega sus papeles en la mesa y pone a punto la grabadora. No sé si está nervioso o son siempre así de cómicos sus actos. Me habla de la desaparición física de su amigo Alvaro García, el patrón de Criminal, y de lo que él llama con mucha agudeza “ presunta abducción” de su persona y se disculpa ante mí como damnificado que soy, desvinculándose de esa actitud tan incomprensible. Le he contestado que no guardo inquina a Alvaro sino agradecimiento y que cualquiera que rinda culto al absurdo, como yo lo hago, encontrará muy admirable esa manía suya tan chocante de hacerse pasar por invisible. Javier sigue con sus preguntas. Halagado, descubro que en Radio Klara, en el espacio “El club de amigos del crimen”, tienen una especie de lista top 10 en la que han sonado mis canciones anteriores y en la que se encuentra ahora “La piel a tiras”. Estas cosas demuestran que efectivamente hay alguien al otro lado, y que por muy arrinconada que esté tu obra, existe siempre un plus ultra.
Javier pone fin a la entrevista y nos dirigimos de nuevo al auditorio. La prueba general de sonido estará a punto de empezar. Tras el primer ensayo de canción, Ione me anuncia que su amplificador se entrecorta. Baja Shipley. Juntos hacemos un corro observando el trasto. Proseguimos con la prueba y esta vez el ampli se desgracia del todo. Por primera vez en la gira ocurre tal cosa. Me golpea la sangre en las sienes.
Baja de nuevo Shipley, diligente y efectivo: Debemos cambiar a última hora la configuración del grupo y utilizar el de Josetxo, que no protesta, hechizado como está con su piano de cola. Por lo demás todo está en marcha. He dado instrucciones a un bedel con aspecto de poste de la luz para que ponga en el proyector de cine el videoclip “Algo delicado y difícil”, y durante el concierto las psicodelias que realizó Cruz Larrañeta para Harresilanda. Decido por último tocar con mi Hoffner y dejar la Teisco de reserva.
En el patio de butacas está Vicente Maicas y Leonor, más algunas personas de Alta Tensión Cultural, como Jorge Llabrés y otros que no distingo. Shipley sube y baja atareado la larga escalera espiral que comunica con el control y la mesa mezcladora en un sinfín de viajes. De pronto alguien se acerca a mí estrechándome la mano: ¡ y no le había reconocido, porque nuestra amistad es casi siempre por internet ! ¡Cisco Fran! ¡El hombre de la Gran Esperanza Blanca! Una leyenda en Valencia: cantautor de rock y eminente escritor y traductor de Dylan, autor de discos tan notables como “Harry Dean” donde hay una canción que a mí me gusta especialmente y que se titula “Lento”. La conversación se demora con este hombre alto, tranquilo y bondadoso, al que le debo tantas cosas y que siempre estuvo en el momento preciso para conmigo.
Pero tenemos que prepararnos y debo cambiar mi recia camisa de cuadros por la seda negra de los cantantes. Debo arengar a mi banda mientras bebo los sorbos últimos del Scocht que he pedido a Maicas. Aspirando ansiosamente el duro cigarro puro caliqueño que he comprado en Valencia, debo ocuparme de los detalles finales de repertorio y no olvidarme de arropar a Ione, aunque no le hace falta porque es artista más valiente que yo mismo. Las ocho y diez.
Parece que hay poca gente. Quizá más tarde se anime la sala. Ocho y cuarto; suena el vals de Shostakovitch que preludia todos los conciertos. Me siento como una falla a punto de ser prendida.

1 Comments:
At 1:31 PM, cruz said…
La verdad es que nos haces sentir como si hubiéramos estado contigo de principio a fin del periplo.
Lo bueno de dar pocos conciertos es que cada uno de ellos se hace historia, o tu lo haces para nosotros,los fieles vasallos del Artista.
Divertidísima y esmerada crónica y el final, eso que te sientes como una falla a punto de quemarse, buenísimo!
No estaría de más que alguno de tus fans invisibles, dejara algún mensaje de sus vivencias con tus canciones...
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