Vagabundo en Valencia
foto por Ana Rodríguez
Sábado 25 febrero 2006.
Sala El Loco. Valencia.
21´40h.
La situación es comprometida: me encuentro completamente solo, encerrado en un camerino ajeno, y faltan veinte minutos para que “yo” salga al escenario. Pienso esto mientras hago un simulacro inútil de ejercicio de tai-chi. Las casi 400 personas que llenan la sala ya se hacen notar afuera. Vicente Maicas me ha puesto como hora tope las 22´05 h. He dejado bien a la vista el móvil para controlar los minutos. Por lo demás, fundas de guitarra, maletas, toallas y chaquetas, todo me resulta extraño. En una mesa hay bandejas de empanadas y montaditos casi ocultos entre los papeles de envolver. Hay botellas de ron, cervezas y vino. Hay unos sillones algo raídos y un espejo de pared. Huele un poco a cañerías y desagües. Me ajusto la guitarra a los hombros y preparo las púas. La habitación apenas me permite recorrer tres pasos de ída y venida incesante.
Con esa lucidez que dicen que precede a la muerte, ahora, a dieciocho (diecisiete) minutos de afrontar al público de la sala, voy recordando como en una espiral, como en un remolino mareante, los acontecimientos pretéritos y de este largo día.
La tarde remota en que recibiste la llamada de Vicente Maicas proponiéndote tocar como artista invitado del cantautor Quique González. Estabas haciendo la compra en el súper BM de Hondarribi. Inmediatamente supiste que, a pesar de las condiciones, debías aceptar. No obstante le pediste unos días para pensarlo mejor, porque se trataba de tocar solo, sin banda, como un cantautor al uso, y eso tú no lo habías hecho sino ante amigos. (no tanto: recuerda la gira que hiciste con Cheli Lanzagorta en el 95, lo más parecido quizá, pero ya estabas acompañado por el piano)
Con tu clásica indecisión, tardaste más de la cuenta en llamar a Valencia para confirmar, y tuviste que recibir un mensaje que te ponía contra las cuerdas. En esas situaciones de presión se abre un abismo y ya sin remedio, el “telonero indeciso” que eras, dio al fin su sí.
Las tardes de ensayo en el local, cuando descubriste que más de la mitad del repertorio que tienes no funciona en absoluto con una guitarra pelada y una voz. Tuviste que repasar todas tus canciones, viejas y nuevas, hasta dar con ocho o diez que se sostuvieran realmente con tan pocos elementos, y someterlas a un proceso de transporte de tono, imprescindible para recuperarlas. Pero tampoco fue imposible. En realidad aprendiste mucho de los defectos y las virtudes de tus propias composiciones.
El atardecer de ayer viernes, cuando acompañado por Gemma y por Iñaki Moral, que te fueron a despedir al andén, tomaste en la estación del Norte el tren San Sebastián-Alicante, y la noche en blanco que has pasado bien derecho en tu sillón de primera, leyendo distraídamente al levantino Gabriel Miró, o rimando cuartetas sobre trenes, mientras veías dormir en el reflejo del cristal de la ventanilla a tus dos vecinos de compartimento encogidos en posición fetal entre los butacones.
La mañana recién amanecida de hoy en la estación de Valencia, destemplado bajo el sol frío del alba, aún con sabor a vino en la boca, la piel de la cara tirante y pegajosa, y sin un plan definido que llevar a cabo. Has salido a la explanada de la estación, inmóvil en una esquina, viendo entrar y salir a los obreros y a los estudiantes más madrugadores, has observado la charla llana de los taxistas y el trajín de las limpiadoras de los tranvías, los movimientos del retén de la policía nacional, la placidez de las calles aún tranquilas de tráfico, y tomaste la "decisión" finalmente de caminar sin rumbo en dirección al punto cardinal soleado, encontrando por pura casualidad el destino de tu primer plan, luego desaconsejado categoricamente por Vicente Maicas: el hostal Términus, al parecer de clientela tenebrosa y prostibularia. Por esta calle Bailén, tan pintoresca, tan mediterránea, encontrabas agradable continuar hacia delante y tomar un té en la primera cafetería madrugadora que te saliera al paso. Curiosa estampa la tuya, zozobrando, cargado con tu guitarra Takamine en su pesada funda y tu vieja maleta Delsey, (donde guardas algo de ropa limpia, los documentos, los ejemplares de Harresilanda y otras cosas inútiles por el estilo), intentando pasar por la estrecha puerta de la cafetería sin que los bultos que llevas a cada mano te lo impidan, y luego, ya sentado ante la taza de te negro, has pensado que quizá podrías buscar un hostal, pero esta vez cerca de la sala de conciertos, hacer tiempo hasta el mediodía y ocupar entonces la habitación, desobedeciendo así las indicaciones de Maicas que te ofreció su casa y que incluso te hizo apuntar la línea de metro que te llevaría hasta ella; está en tu agenda: Allora.
Has preguntado al camarero por la calle Erudito Orellana, la sala El Loco, y las indicaciones te hicieron pensar que se encontraba relativamente cerca; (entrecerrando los ojos calculando, ha dicho:” siete manzanas y a la izquierda”). De nuevo por las calles flamantes y desiertas, errabundo, observando los balcones, los portales de Valencia, los jardines, admirando las enormes palmeras de la rambla, Gran Vía de Ramón y Cajal abajo, has llegado sin problema hasta la callecita arbolada de acacias donde se encuentra esta sala El Loco, y este camerino, y donde te encuentras ahora mismo, a punto de salir al escenario, doce horas después.
Y sigue recordando, porque al llegar aquí, miraste a través de la persiana y atisbando luz entre las puertas soñabas con dejar la pesada guitarra al menos, pero la inmovilidad y el silencio que sentías te hizo pensar en algún empleado de la limpieza, huraño y malhumorado, que estuviera adentro, y renunciaste a tal oportunidad sin intentarlo siquiera, de manera que seguiste tu camino, transeúnte de la inopia, dirigiendo la mirada a los timbres de los portales, con la esperanza de descubrir esa “hache” blanca sobre fondo azul de chapa que revelara la existencia del hostal que al azar del callejeo estabas buscando, e incluso preguntaste a dos pakistaníes que recién abrían su frutería sin resultado alguno, y preguntaste a un señor muy elegante de pelo blanco, que resultó ser sordo y que te señalaba su sonotone, y de nuevo enfilaste calle arriba alejándote cada vez más de Erudito Orellana, perdiéndote definitivamente por el dédalo de callejas casi desiertas del barrio de la Petxina, las manos doloridas por el peso, las rodillas golpeando, a veces la maleta, a veces la guitarra, feliz y libre a la intemperie no obstante, todo novedad en los ojos, todo primicia y estreno en los sentidos, y así, caminando y caminando, la providencia quiso que encontraras a punto el taxi que ya sin remedio estabas obligado a tomar y que te bajó, por iniciativa del taxista, hasta la plaza de la iglesia de los Santos Juanes, donde al parecer habría, no uno, sino dos hostales frente a frente.
Y allí te llegaste pero no hubo suerte: El Rincón y El Pilar se encontraban completos. Decididamente íbas a pasar la mañana con toda la impedimenta a plomo sobre tus brazos. Sin embargo algo con lo que no contabas se abrió ante ti apenas caminadas tres manzanas, y lo intuíste, porque ya los viandantes se íban haciendo más numerosos, y las aceras se íban densificando poco a poco, y un cierto trajín de persianas y motores se adueñaba lentamente de las calles: tenías delante de tu cara atónita nada menos que el viejo edificio del Mercado Central, un galápago de cerámica lleno de géneros y de vida, y por añadidura, en la mañana de un sábado preciosa como ha sido, el cielo azul, el aire transparente y fresco todavía, sin otra cosa mejor que hacer para un vagabundo en Valencia como tú.
Y recalaste en una taberna perdidamente castiza, más que nada para mantener en vilo y hacer durar el golpe de las emociones y considerar con delectación la maravillosa perspectiva de golfería aventurera que inesperadamente se te ofrecía. En ese justo instante –debían ser alrededor de las 10h.- sonó desde el corazón de la maleta el ruidito de los mensajes del móvil. Era Cristina Monge que te anunciaba su inminente salida en tren desde Barcelona, tal y como habías quedado con ella. Era la invitada del invitado. En el mensaje te decía que llegaría a Valencia hacia las 13h. de manera que aún te quedaban unas horas de preciosa soledad para recorrer a fondo el Mercado Central, las callejuelas del Carmen y de paso seguir intentando la búsqueda de alguna pensión o algún hostal.
El recuerdo es borroso ahora y no me siento capaz de hilar lo que hiciste a partir de entonces. La mente ha grabado apenas algunas secuencias sueltas, sin más precisión que la que puedan tener los sueños;
Tú en un mercadillo callejero, en una especio de rastro diminuto, desplegado a lo largo de una calle bordeada por un muro, donde se amontonan, sobre simples mantas extendidas en la acera, objetos inútiles rescatados de la basura, fiel reflejo de sus propietarios, yonquis y outsiders, y el público que curiosea, (tú entre ellos, dando golpes, jodiendo con tu guitarra y tu maleta) viejos en su mayoría, tocados con sombrero de paja y luciendo gastadas americanas, formando grupos, valorando entre las manos sarmentosas el puño de algún bastón roto o de alguna pipa de fumar mordida, y la lluvia esa que cae de pronto, de cuatro gotas dispersas, llenando la calle de sensación de absurdo.
Tú entre un grupo de mujeres japonesas que irrumpen de pronto en la grandeza silenciosa de la nave de La Lonja, y unos minutos antes de esa marabunta oriental, tu imagen en los jardines geométricos del lateral, bajo las arquerías góticas, mirando detenidamente los relieves de las columnas talladas, donde has hallado unas grotescas y rechonchas figuras que fornican entre sí y descubren falos y vulvas.
Tú sentado al sol en los postes de granito que jalonan la plaza del doctor Collado, guitarra y maleta a tus pies, como un músico callejero que no se decidiera a comenzar la murga, contemplando la vida de la plaza, habitada a estas horas por jóvenes parejas que desayunan con sus bebés en la terraza del café Lisboa, bajo el gran olivo, y más cercano a ti, el grupo de hippies o titiriteros que charlan sentados en el mismo suelo, en la postura del loto, desmenuzando hachís en la mano, en una actitud genuinamente mediterránea. Allí has recorrido con la mirada los maravillosos carteles comerciales de las fachadas, (numismática, cinematógrafo); la minuciosa exposición de paelleras de acero, y esportillos de caucho, y serones de esparto de la tienda cercana; El misterioso neón abandonado de una fallera de alambre colgando de fachada a fachada en la altura; el reclamo a todo color del bar Kiosko... y así, levantándote perezosamente, ante la mirada desencantada de los hippies (que tal vez esperaban musiquita) has continuado tu camino.
A la una de la tarde, en las escalinatas del Mercado Central se ha producido el encuentro. Vicente Maicas, Cristina Monge y tú, (que has hecho de anfitrión entre ellos). Bien rodeados de flores y bullicio urbano, os habéis saludado con esa sensación de irrealidad que produce hacerlo en ciudad extraña y entre personas forasteras, (al menos Cristina y tú), e inmediatamente y como estaba previsto, Maicas te ha recriminado suavemente por no haber aparecido, recién llegado a Valencia, por su casa. Les has llevado hasta la pensión que finalmente habías encontrado media hora antes de la cita, (una gatera fúnebre y sospechosamente barata en el barrio viejo), pero más que tú ha podido el nativo. Con decisión tajante, y para alivio de Cristina, que miraba parpadeando la ruinosa fachada, Maicas te ha hecho renunciar a tal idea y ha tomado la iniciativa, conduciéndoos hasta el metro que lleva a su casa. El que tú debías haber tomado a las siete de la mañana “si no fueses tan puta”, como dice Gil de Biedma.
Allora es un barrio de obra relativamente nueva o al menos mixta, un poco más al este del campo de Mestalla, lleno de plazonas y perspectivas rectilíneas. Con tu manía de buscar analogías has pensado en el núcleo donostiarra de Benta-berri, como símil, desde luego, muy lejano. En la calle Campoamor, (el poeta que fue la negación de la poesía, el poeta que escribía versos galantes y cursis en los abanicos de las damas principales), en esa calle, en el piso más alto, fuiste por fin a dar con tus huesos, gracias a la hospitalidad de Vicente y su mujer Leonor, que allí os esperaba.
Leonor, que es una mujer extraordinariamente agradable, dueña de un humor fino e inteligente, y que tiene unos ojos alegres muy negros y muy levantinos que chisporrotean, os ha dispuesto enseguida la habitación de los invitados y habéis tomado un aperitivo en el salón de la casa, acompañados de unos amigos de la pareja, pero has rehusado la invitación que te han hecho de comer una paella en un restaurante de las afueras de la ciudad, tal y como ellos tenían planeado. Te has excusado como mejor has podido y has animado a Cristina a no perderse semejante oportunidad, porque lo que necesitabas realmente es una siesta, acaso una hoja de lechuga o un trozo de pan integral, pero sobre todo una siesta, larga y revitalizante.
Quizá por timidez, (quizá por los hidratos de carbono del arroz), Cristina Monge también decidió quedarse en casa contigo y hacerte compañía durante la ausencia de los dueños de la casa, que os dejaron llaves e instrucciones de funcionamiento, y una vez que se marcharon, propusiste salir por las cercanías y picotear algo para no hacer la siesta del carnero, y de paso entontecerse un poco con dos vinos blancos para mejor dormir después.
Estabais en la calle; ya le habías advertido a Cris que se fijara en alguna referencia, porque tú no tienes sentido de la orientación ninguno, y el barrio se extendía de manera muy similar en cada nueva esquina, y de este modo, de regreso de la taberna algo apartada en la que os dieron de comer, como no podía ser de otra forma, os perdistéis ya sin remedio. Caminando bajo el sol perpendicular de las tres de la tarde, las calles vacías, el telediario sonando en las ventanas, los comercios cerrados, hubieras querido ver en un mapa el garabato que vuestros pasos errantes trazaron, y lo cerca que estabais en realidad de la calle Campoamor. Y al fín llegasteis, pero una nueva alucinación os esperaba, porque aquellos tres portales idénticos y consecutivos compartían un mismo número, subordinado a tres distintas letras, las primeras del abecedario. El portal estaba abierto y ese pequeño detalle se os escapó, pero cuando Cris intentó abrir la puerta de la casa de tus anfitriones, y metió la llave en la cerradura, y la cerradura no obedecía, ocurrieron cosas. Nada físico, desde luego, nada constatable si exceptuamos la inmediata sequedad de boca; sólo ese pequeño asomo de pánico que el cerebro pone en marcha cuando procesa situaciones inconcebibles, ese callejón sin salida de la lógica, frente al cual sentimos, en la parte de nosotros que razona, el vértigo de caer en picado. Mientras tanto, Cris repasaba los datos sin perder la calma. Calle, portal, piso, mano... si, todo era correcto y “esa” debería ser la puerta correcta. Pero oísteis ruido dentro de la casa; era evidente que alguien se acercaba del otro lado y desaparecisteis escaleras abajo.
Te has despertado de la siesta ya aliviado del cansancio de tan largo día, has ensayado con Cris Monge, en el salón de la casa de Vicente, la canción que ella cantará cuando salgas ahora al escenario, la misma que cantó en tu disco Harresilanda; te has dejado aconsejar por el buen criterio de Cris en cuanto al orden del repertorio y has hecho por sugerencia suya algún cambio de última hora con respecto a la selección de canciones. Ha llegado Leonor mientras esto ocurría y ha preparado café para todos, y lo ha dejado en la mesa que tu has llenado de papeles con las letras de los temas, de cejillas, cuerdas de guitarra, púas, preparando y revisando nerviosamente todo para la actuación de esta noche. Hacia las siete y media de la tarde, Leonor os ha conducido al metro y habéis hecho el recorrido en dirección a esta sala El Loco de Erudito Orellana, donde estaba ya Vicente con su equipo supervisando el montaje de Quique González y los Taxidrivers sobre el escenario, con la ausencia precisamente del propio Quique González, que al rato ha entrado en la sala con cierto retraso, cabizbajo y casi de puntillas, y sin embargo muy decididamente, a largos pasos, la barba algo crecida, la estatura menuda, una ligera sonrisa bondadosa, y dirigiéndose derecho al escenario donde probaban sonido los taxidrivers se ha unido a ellos y tras cuatro o cinco fragmentos y de un modo muy profesional y eficiente ha dado por concluída la prueba. En tu turno has pedido permiso a Quique en las escaleras donde uno bajaba y otro subía, y Quique te ha estrechado la mano por un breve instante, desapareciendo, y antes has saludado también a su tour manager, responsable de la gira, Gabi Satrustegui, un viejo conocido tuyo, donostiarra ilustre del que no tenías noticia hacía años y que el azar ha querido que hoy te llegaran. Y todas buenas por añadidura.
Has probado sonido, tu voz y tu guitarra simplemente y eso es fácil para el técnico. Al finalizar, has salido a la calle y te has perdido un rato por el barrio en soledad reconcentrada. Has encendido un Farias y en un bar lleno de fútbol te has tomado la segunda cerveza de la tarde. Has regresado a la sala, junto a Vicente Maicas, que te ha acompañado a este camerino. En el intervalo, la sala se ha llenado de fieles de Quique González. Tú eres un perfecto desconocido que va a cantar ocho canciones desconocidas con una guitarra acústica Takamine jumbo, un verdadero loco, un colgado. Más colgado que la fallera de alambre y neón de esta mañana. (¿de esta mañana o de hace mil mañanas?).
Bien... son ya las diez y cinco. Respira hondo, abre la puerta. El escenario parece el paisaje de un incendio recién extinguido, salpicado por rescoldos y rincones carbonizados.
Ahí vamos: Ya salgo a la luz roja.
Sábado 25 febrero 2006.
Sala El Loco. Valencia.
21´40h.
La situación es comprometida: me encuentro completamente solo, encerrado en un camerino ajeno, y faltan veinte minutos para que “yo” salga al escenario. Pienso esto mientras hago un simulacro inútil de ejercicio de tai-chi. Las casi 400 personas que llenan la sala ya se hacen notar afuera. Vicente Maicas me ha puesto como hora tope las 22´05 h. He dejado bien a la vista el móvil para controlar los minutos. Por lo demás, fundas de guitarra, maletas, toallas y chaquetas, todo me resulta extraño. En una mesa hay bandejas de empanadas y montaditos casi ocultos entre los papeles de envolver. Hay botellas de ron, cervezas y vino. Hay unos sillones algo raídos y un espejo de pared. Huele un poco a cañerías y desagües. Me ajusto la guitarra a los hombros y preparo las púas. La habitación apenas me permite recorrer tres pasos de ída y venida incesante.
Con esa lucidez que dicen que precede a la muerte, ahora, a dieciocho (diecisiete) minutos de afrontar al público de la sala, voy recordando como en una espiral, como en un remolino mareante, los acontecimientos pretéritos y de este largo día.
La tarde remota en que recibiste la llamada de Vicente Maicas proponiéndote tocar como artista invitado del cantautor Quique González. Estabas haciendo la compra en el súper BM de Hondarribi. Inmediatamente supiste que, a pesar de las condiciones, debías aceptar. No obstante le pediste unos días para pensarlo mejor, porque se trataba de tocar solo, sin banda, como un cantautor al uso, y eso tú no lo habías hecho sino ante amigos. (no tanto: recuerda la gira que hiciste con Cheli Lanzagorta en el 95, lo más parecido quizá, pero ya estabas acompañado por el piano)
Con tu clásica indecisión, tardaste más de la cuenta en llamar a Valencia para confirmar, y tuviste que recibir un mensaje que te ponía contra las cuerdas. En esas situaciones de presión se abre un abismo y ya sin remedio, el “telonero indeciso” que eras, dio al fin su sí.
Las tardes de ensayo en el local, cuando descubriste que más de la mitad del repertorio que tienes no funciona en absoluto con una guitarra pelada y una voz. Tuviste que repasar todas tus canciones, viejas y nuevas, hasta dar con ocho o diez que se sostuvieran realmente con tan pocos elementos, y someterlas a un proceso de transporte de tono, imprescindible para recuperarlas. Pero tampoco fue imposible. En realidad aprendiste mucho de los defectos y las virtudes de tus propias composiciones.
El atardecer de ayer viernes, cuando acompañado por Gemma y por Iñaki Moral, que te fueron a despedir al andén, tomaste en la estación del Norte el tren San Sebastián-Alicante, y la noche en blanco que has pasado bien derecho en tu sillón de primera, leyendo distraídamente al levantino Gabriel Miró, o rimando cuartetas sobre trenes, mientras veías dormir en el reflejo del cristal de la ventanilla a tus dos vecinos de compartimento encogidos en posición fetal entre los butacones.
La mañana recién amanecida de hoy en la estación de Valencia, destemplado bajo el sol frío del alba, aún con sabor a vino en la boca, la piel de la cara tirante y pegajosa, y sin un plan definido que llevar a cabo. Has salido a la explanada de la estación, inmóvil en una esquina, viendo entrar y salir a los obreros y a los estudiantes más madrugadores, has observado la charla llana de los taxistas y el trajín de las limpiadoras de los tranvías, los movimientos del retén de la policía nacional, la placidez de las calles aún tranquilas de tráfico, y tomaste la "decisión" finalmente de caminar sin rumbo en dirección al punto cardinal soleado, encontrando por pura casualidad el destino de tu primer plan, luego desaconsejado categoricamente por Vicente Maicas: el hostal Términus, al parecer de clientela tenebrosa y prostibularia. Por esta calle Bailén, tan pintoresca, tan mediterránea, encontrabas agradable continuar hacia delante y tomar un té en la primera cafetería madrugadora que te saliera al paso. Curiosa estampa la tuya, zozobrando, cargado con tu guitarra Takamine en su pesada funda y tu vieja maleta Delsey, (donde guardas algo de ropa limpia, los documentos, los ejemplares de Harresilanda y otras cosas inútiles por el estilo), intentando pasar por la estrecha puerta de la cafetería sin que los bultos que llevas a cada mano te lo impidan, y luego, ya sentado ante la taza de te negro, has pensado que quizá podrías buscar un hostal, pero esta vez cerca de la sala de conciertos, hacer tiempo hasta el mediodía y ocupar entonces la habitación, desobedeciendo así las indicaciones de Maicas que te ofreció su casa y que incluso te hizo apuntar la línea de metro que te llevaría hasta ella; está en tu agenda: Allora.
Has preguntado al camarero por la calle Erudito Orellana, la sala El Loco, y las indicaciones te hicieron pensar que se encontraba relativamente cerca; (entrecerrando los ojos calculando, ha dicho:” siete manzanas y a la izquierda”). De nuevo por las calles flamantes y desiertas, errabundo, observando los balcones, los portales de Valencia, los jardines, admirando las enormes palmeras de la rambla, Gran Vía de Ramón y Cajal abajo, has llegado sin problema hasta la callecita arbolada de acacias donde se encuentra esta sala El Loco, y este camerino, y donde te encuentras ahora mismo, a punto de salir al escenario, doce horas después.
Y sigue recordando, porque al llegar aquí, miraste a través de la persiana y atisbando luz entre las puertas soñabas con dejar la pesada guitarra al menos, pero la inmovilidad y el silencio que sentías te hizo pensar en algún empleado de la limpieza, huraño y malhumorado, que estuviera adentro, y renunciaste a tal oportunidad sin intentarlo siquiera, de manera que seguiste tu camino, transeúnte de la inopia, dirigiendo la mirada a los timbres de los portales, con la esperanza de descubrir esa “hache” blanca sobre fondo azul de chapa que revelara la existencia del hostal que al azar del callejeo estabas buscando, e incluso preguntaste a dos pakistaníes que recién abrían su frutería sin resultado alguno, y preguntaste a un señor muy elegante de pelo blanco, que resultó ser sordo y que te señalaba su sonotone, y de nuevo enfilaste calle arriba alejándote cada vez más de Erudito Orellana, perdiéndote definitivamente por el dédalo de callejas casi desiertas del barrio de la Petxina, las manos doloridas por el peso, las rodillas golpeando, a veces la maleta, a veces la guitarra, feliz y libre a la intemperie no obstante, todo novedad en los ojos, todo primicia y estreno en los sentidos, y así, caminando y caminando, la providencia quiso que encontraras a punto el taxi que ya sin remedio estabas obligado a tomar y que te bajó, por iniciativa del taxista, hasta la plaza de la iglesia de los Santos Juanes, donde al parecer habría, no uno, sino dos hostales frente a frente.
Y allí te llegaste pero no hubo suerte: El Rincón y El Pilar se encontraban completos. Decididamente íbas a pasar la mañana con toda la impedimenta a plomo sobre tus brazos. Sin embargo algo con lo que no contabas se abrió ante ti apenas caminadas tres manzanas, y lo intuíste, porque ya los viandantes se íban haciendo más numerosos, y las aceras se íban densificando poco a poco, y un cierto trajín de persianas y motores se adueñaba lentamente de las calles: tenías delante de tu cara atónita nada menos que el viejo edificio del Mercado Central, un galápago de cerámica lleno de géneros y de vida, y por añadidura, en la mañana de un sábado preciosa como ha sido, el cielo azul, el aire transparente y fresco todavía, sin otra cosa mejor que hacer para un vagabundo en Valencia como tú.
Y recalaste en una taberna perdidamente castiza, más que nada para mantener en vilo y hacer durar el golpe de las emociones y considerar con delectación la maravillosa perspectiva de golfería aventurera que inesperadamente se te ofrecía. En ese justo instante –debían ser alrededor de las 10h.- sonó desde el corazón de la maleta el ruidito de los mensajes del móvil. Era Cristina Monge que te anunciaba su inminente salida en tren desde Barcelona, tal y como habías quedado con ella. Era la invitada del invitado. En el mensaje te decía que llegaría a Valencia hacia las 13h. de manera que aún te quedaban unas horas de preciosa soledad para recorrer a fondo el Mercado Central, las callejuelas del Carmen y de paso seguir intentando la búsqueda de alguna pensión o algún hostal.
El recuerdo es borroso ahora y no me siento capaz de hilar lo que hiciste a partir de entonces. La mente ha grabado apenas algunas secuencias sueltas, sin más precisión que la que puedan tener los sueños;
Tú en un mercadillo callejero, en una especio de rastro diminuto, desplegado a lo largo de una calle bordeada por un muro, donde se amontonan, sobre simples mantas extendidas en la acera, objetos inútiles rescatados de la basura, fiel reflejo de sus propietarios, yonquis y outsiders, y el público que curiosea, (tú entre ellos, dando golpes, jodiendo con tu guitarra y tu maleta) viejos en su mayoría, tocados con sombrero de paja y luciendo gastadas americanas, formando grupos, valorando entre las manos sarmentosas el puño de algún bastón roto o de alguna pipa de fumar mordida, y la lluvia esa que cae de pronto, de cuatro gotas dispersas, llenando la calle de sensación de absurdo.
Tú entre un grupo de mujeres japonesas que irrumpen de pronto en la grandeza silenciosa de la nave de La Lonja, y unos minutos antes de esa marabunta oriental, tu imagen en los jardines geométricos del lateral, bajo las arquerías góticas, mirando detenidamente los relieves de las columnas talladas, donde has hallado unas grotescas y rechonchas figuras que fornican entre sí y descubren falos y vulvas.
Tú sentado al sol en los postes de granito que jalonan la plaza del doctor Collado, guitarra y maleta a tus pies, como un músico callejero que no se decidiera a comenzar la murga, contemplando la vida de la plaza, habitada a estas horas por jóvenes parejas que desayunan con sus bebés en la terraza del café Lisboa, bajo el gran olivo, y más cercano a ti, el grupo de hippies o titiriteros que charlan sentados en el mismo suelo, en la postura del loto, desmenuzando hachís en la mano, en una actitud genuinamente mediterránea. Allí has recorrido con la mirada los maravillosos carteles comerciales de las fachadas, (numismática, cinematógrafo); la minuciosa exposición de paelleras de acero, y esportillos de caucho, y serones de esparto de la tienda cercana; El misterioso neón abandonado de una fallera de alambre colgando de fachada a fachada en la altura; el reclamo a todo color del bar Kiosko... y así, levantándote perezosamente, ante la mirada desencantada de los hippies (que tal vez esperaban musiquita) has continuado tu camino.
A la una de la tarde, en las escalinatas del Mercado Central se ha producido el encuentro. Vicente Maicas, Cristina Monge y tú, (que has hecho de anfitrión entre ellos). Bien rodeados de flores y bullicio urbano, os habéis saludado con esa sensación de irrealidad que produce hacerlo en ciudad extraña y entre personas forasteras, (al menos Cristina y tú), e inmediatamente y como estaba previsto, Maicas te ha recriminado suavemente por no haber aparecido, recién llegado a Valencia, por su casa. Les has llevado hasta la pensión que finalmente habías encontrado media hora antes de la cita, (una gatera fúnebre y sospechosamente barata en el barrio viejo), pero más que tú ha podido el nativo. Con decisión tajante, y para alivio de Cristina, que miraba parpadeando la ruinosa fachada, Maicas te ha hecho renunciar a tal idea y ha tomado la iniciativa, conduciéndoos hasta el metro que lleva a su casa. El que tú debías haber tomado a las siete de la mañana “si no fueses tan puta”, como dice Gil de Biedma.
Allora es un barrio de obra relativamente nueva o al menos mixta, un poco más al este del campo de Mestalla, lleno de plazonas y perspectivas rectilíneas. Con tu manía de buscar analogías has pensado en el núcleo donostiarra de Benta-berri, como símil, desde luego, muy lejano. En la calle Campoamor, (el poeta que fue la negación de la poesía, el poeta que escribía versos galantes y cursis en los abanicos de las damas principales), en esa calle, en el piso más alto, fuiste por fin a dar con tus huesos, gracias a la hospitalidad de Vicente y su mujer Leonor, que allí os esperaba.
Leonor, que es una mujer extraordinariamente agradable, dueña de un humor fino e inteligente, y que tiene unos ojos alegres muy negros y muy levantinos que chisporrotean, os ha dispuesto enseguida la habitación de los invitados y habéis tomado un aperitivo en el salón de la casa, acompañados de unos amigos de la pareja, pero has rehusado la invitación que te han hecho de comer una paella en un restaurante de las afueras de la ciudad, tal y como ellos tenían planeado. Te has excusado como mejor has podido y has animado a Cristina a no perderse semejante oportunidad, porque lo que necesitabas realmente es una siesta, acaso una hoja de lechuga o un trozo de pan integral, pero sobre todo una siesta, larga y revitalizante.
Quizá por timidez, (quizá por los hidratos de carbono del arroz), Cristina Monge también decidió quedarse en casa contigo y hacerte compañía durante la ausencia de los dueños de la casa, que os dejaron llaves e instrucciones de funcionamiento, y una vez que se marcharon, propusiste salir por las cercanías y picotear algo para no hacer la siesta del carnero, y de paso entontecerse un poco con dos vinos blancos para mejor dormir después.
Estabais en la calle; ya le habías advertido a Cris que se fijara en alguna referencia, porque tú no tienes sentido de la orientación ninguno, y el barrio se extendía de manera muy similar en cada nueva esquina, y de este modo, de regreso de la taberna algo apartada en la que os dieron de comer, como no podía ser de otra forma, os perdistéis ya sin remedio. Caminando bajo el sol perpendicular de las tres de la tarde, las calles vacías, el telediario sonando en las ventanas, los comercios cerrados, hubieras querido ver en un mapa el garabato que vuestros pasos errantes trazaron, y lo cerca que estabais en realidad de la calle Campoamor. Y al fín llegasteis, pero una nueva alucinación os esperaba, porque aquellos tres portales idénticos y consecutivos compartían un mismo número, subordinado a tres distintas letras, las primeras del abecedario. El portal estaba abierto y ese pequeño detalle se os escapó, pero cuando Cris intentó abrir la puerta de la casa de tus anfitriones, y metió la llave en la cerradura, y la cerradura no obedecía, ocurrieron cosas. Nada físico, desde luego, nada constatable si exceptuamos la inmediata sequedad de boca; sólo ese pequeño asomo de pánico que el cerebro pone en marcha cuando procesa situaciones inconcebibles, ese callejón sin salida de la lógica, frente al cual sentimos, en la parte de nosotros que razona, el vértigo de caer en picado. Mientras tanto, Cris repasaba los datos sin perder la calma. Calle, portal, piso, mano... si, todo era correcto y “esa” debería ser la puerta correcta. Pero oísteis ruido dentro de la casa; era evidente que alguien se acercaba del otro lado y desaparecisteis escaleras abajo.
Te has despertado de la siesta ya aliviado del cansancio de tan largo día, has ensayado con Cris Monge, en el salón de la casa de Vicente, la canción que ella cantará cuando salgas ahora al escenario, la misma que cantó en tu disco Harresilanda; te has dejado aconsejar por el buen criterio de Cris en cuanto al orden del repertorio y has hecho por sugerencia suya algún cambio de última hora con respecto a la selección de canciones. Ha llegado Leonor mientras esto ocurría y ha preparado café para todos, y lo ha dejado en la mesa que tu has llenado de papeles con las letras de los temas, de cejillas, cuerdas de guitarra, púas, preparando y revisando nerviosamente todo para la actuación de esta noche. Hacia las siete y media de la tarde, Leonor os ha conducido al metro y habéis hecho el recorrido en dirección a esta sala El Loco de Erudito Orellana, donde estaba ya Vicente con su equipo supervisando el montaje de Quique González y los Taxidrivers sobre el escenario, con la ausencia precisamente del propio Quique González, que al rato ha entrado en la sala con cierto retraso, cabizbajo y casi de puntillas, y sin embargo muy decididamente, a largos pasos, la barba algo crecida, la estatura menuda, una ligera sonrisa bondadosa, y dirigiéndose derecho al escenario donde probaban sonido los taxidrivers se ha unido a ellos y tras cuatro o cinco fragmentos y de un modo muy profesional y eficiente ha dado por concluída la prueba. En tu turno has pedido permiso a Quique en las escaleras donde uno bajaba y otro subía, y Quique te ha estrechado la mano por un breve instante, desapareciendo, y antes has saludado también a su tour manager, responsable de la gira, Gabi Satrustegui, un viejo conocido tuyo, donostiarra ilustre del que no tenías noticia hacía años y que el azar ha querido que hoy te llegaran. Y todas buenas por añadidura.
Has probado sonido, tu voz y tu guitarra simplemente y eso es fácil para el técnico. Al finalizar, has salido a la calle y te has perdido un rato por el barrio en soledad reconcentrada. Has encendido un Farias y en un bar lleno de fútbol te has tomado la segunda cerveza de la tarde. Has regresado a la sala, junto a Vicente Maicas, que te ha acompañado a este camerino. En el intervalo, la sala se ha llenado de fieles de Quique González. Tú eres un perfecto desconocido que va a cantar ocho canciones desconocidas con una guitarra acústica Takamine jumbo, un verdadero loco, un colgado. Más colgado que la fallera de alambre y neón de esta mañana. (¿de esta mañana o de hace mil mañanas?).
Bien... son ya las diez y cinco. Respira hondo, abre la puerta. El escenario parece el paisaje de un incendio recién extinguido, salpicado por rescoldos y rincones carbonizados.
Ahí vamos: Ya salgo a la luz roja.

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