Los 14 destinos de Madrid
Sábado 29 de abril de 2006.
El azar ha querido que Yolanda y Endika viajaran a Madrid el mismo día y a la misma hora. Ellos bajarían en coche y yo casi había reservado mi talgo de las nueve cuando me llamó mi hermano Iñaki para hacerme cambiar de idea. Soy claustrofóbico y neurótico para los viajes por carretera, pero la compañía y la economía pudieron con todo. Gemma me dijo: -Vas a ir de maravilla con ellos, ya verás-, y así ha sido. Yolanda no ha parado de hablar de las cicaterías de su trabajo, de la situación desfavorecida de mi hermano en la oficina y de la amistad inquebrantable de ambos. De su nuevo piso... de sus niñas. Tampoco yo me he quedado corto largando y poniendo de grana y azul a todo titirimundi y repasando amistades comunes. De pronto estábamos en la M-30. Por Embajadores hemos entrado en Lavapiés y la calle Amparo, siempre con el silencio obstinado pero nada hosco de Endika que apenas habla cuando conduce y hace bien.
Qué gracia ver que el piso de su hija Nagore se encuentra encima de “mi taberna”, la taberna de mármol y barricas de plástico donde yo me emborrachaba allá por el año 2000, cuando pasé 30 días solitarios viviendo en Lavapiés gracias a mi hermana Nieves. ¿Habré mirado esta misma ventana entonces sin saber lo que me deparaba?
El piso de Nagore y Martín es de techos altos y corredores estrechos y largos aunque muy luminoso. Está decorado al modo casual de quien trabaja mucho y lejos de casa, algo muy común en Madrid y es de alquiler y compartido, lo cual ya entra en la categoría de piso a la bohemia, como diría mi madre. Nagore es una muchacha pausada y dulce, guapa, con una mirada oceánica, algo delicada, algo delgada quizá –como Yolanda- y con una voz acariciadora y de bonita coloratura. Martín es argentino a no dudar por el acento, de barba descuidada y mirada inteligente, cortés y atento con los invitados donostiarras, la impresión general es de un hombre atractivo.
Hemos comido en el salón de la casa una ensalada de pasta con canónigos y queso fresco. Para la ocasión han abierto una botella de Cune mientras veíamos el programa grabado donde trabaja Nagore para Globomedia, la productora de Emilio Aragón. La madre, o sea, Yolanda, no ha parado de ponderar la belleza y el talento de su hija, mientras pasaban imágenes surrealistas de Argiñano entrevistado por su propio hijo.
A las cinco de la tarde me he despedido de todos. Les he explicado mi cita con un tal Pablo, que me espera en el hostal o residencial o lo que quiera que sea el sitio donde se encuentra la habitación de 18 euros la noche que he alquilado por teléfono desde San Sebastián. El metro me deja directo: Lavapiés, Sol y Callao. Según el plano, mi habitación se encuentra a pocas manzanas detrás de este enclave de la Gran Vía, que a estas horas se encuentra llena de gente, como siempre, y particularmente desagradable de muchedumbres y tráfico. Encuentro mi portal finalmente, subo al primero. Hay obras de electricidad en la escalera. Llamo al portón. De la penumbra interior aparece un hombre alto, de barba blanca amarilleada, gruesas gafas, vestido con un chaleco de aventurero del Sahara y calzado con sandalias abiertas. Me franquea la puerta con misterio. Hay un tufo rancio a pieza cerrada en el hall de la casa. A derecha e izquierda se extienden pasillos estrechos y oscuros. Por las primeras palabras de Pablo, por su acento, entiendo que es cubano. En realidad parece un sabio nigromante, o un profesor de ciencias ocultas, o un intelectual trostkista, o algo así. Me señala mi habitación. Con decepción compruebo que es completamente ciega, sin ventana alguna y muy pequeña. Tiene, no una cama, sino una litera de dos pisos. También el cuarto huele igual que huelen los cestos de la ropa sucia. Una mezcla de calcetín y humedad. Aunque disgustado, la acepto con estoicismo y pago mi primer día. El brujo cubano me muestra la cocina, a la que tengo derecho, y el baño de tres piezas. Parece que todo se encuentra bastante limpio en lo que cabe. De la ducha sale un hombre desnudo de gran altura con una toalla a modo de minifalda, saluda con naturalidad y atraviesa el pasillo perdiéndose en la penumbra. Me encierro en mi celdilla para tumbarme un rato y pensar en mis planes inmediatos. Saco de la maleta mis 14 compact disc de Harresilanda y mis 14 dossieres de prensa que he recopilado a lo largo del año pasado, con respecto al disco. Extiendo el plano de Madrid a mi lado. Saco del portafolio la hoja de ruta con el listado de 14 clubs en directo que me han pasado por internet Iranzu valencia y Javi Sánchez, de La Buena Vida, y a los que yo he ído poniendo al cabo de cada línea el metro que debo tomar para llegar hasta ellos. Hay unos cuantos, la mayoría en la zona Centro y otros pocos más alejados, en la zona norte, o sureste, etc, y por eso más complicados de abordar.
Creo que he dormido un poco, quizá unos minutos, pero no estoy seguro. Dándome coraje para comenzar mi jornada, me he levantado con brío, tan animosamente que el golpazo que me he dado en el cráneo con la inesperada litera de arriba me ha vuelto a tumbar sobre la cama. Empiezo bien. Son buenos augurios.
A las seis y media de la tarde atravieso Gran Vía hasta la Red de San Luis y por la calle Caballero de Gracia me llego a mi destino nº 1, el Club Costello. Por suerte está abierto. No hay nadie en toda la sala. Sólo el camarero, un chico jóven y muy solícito. Le he explicado que vengo de San Sebastián y que me gustaría hablar con el programador del club. He puesto sobre la barra el CD y el dossier. Me ha asegurado que se lo hará llegar en cuanto regrese del puente del primero de mayo. Me ha permitido ver la sala de conciertos en el piso bajo. Un escenario perfecto, muy bien dispuesto al fondo de una pieza franca, sin columnas, más pequeña que grande y con techo de bóveda de cañón. Una vez arriba he terminado mi cocacola. Para mi sorpresa invita la casa. He ahí un detalle generoso (y hasta respetuoso) por parte del Costello.
Mi destino nº 2 es el Bar&Co, en la calle Barco. Apenas cinco o séis manzanas andando. Pero está cerrado. esto ya es un club nocturno. Ningún cartel que anuncie horarios. La empleada de un videoclub frente al Bar-Co me indica que abren “tarde” y prosigue su labor tras la mesa.
Atravieso la Corredera Alta de San Pablo y tomo la estrecha y larguísima calle de la Palma, en dirección a Malasaña. Aquí el comercio es de género alternativo. Entre Punk, House y moda revival de los ochenta.
Llego a mi destino nº 3, el Café de La Palma. Está abierto, aunque también bastante vacío. Hay chico y chica en la barra. La misma secuencia. Yo vendiéndome como un mero comercial de mí mismo, plantificando el dossier y el álbum en la barra y el camarero tomando en sus manos el atadillo. “¿Ah, de San Sebastián? Pues mira ésta es de Bilbao”. “¿Ah, de Bilbao, eh?” “Si, bai...de Deusto”. “Oye, pues encantado”. “Agur, agur”. “¡Gero Arte. Milla Ezker!” Me ha gustado mucho el escenario, muy parecido al de mi destino nº 1. También aquí me han recibido con deferencias y atenciones. Me está gustando mucho esto. En 15 días me aseguran que me responderá el programador de la sala.
Con una pequeña parada para situarme en el plano he llegado a San Bernardo caminando y he tomado calle abajo. He desandado los pasos al darme cuenta que íba en dirección contraria y he vuelto a subir y subir hasta llegar a la glorieta de Bilbao. Tentado de hacer parada en el Café de Comercio sin convencerme a mí mismo, he cruzado Luchana, bastante desértica, ya bajo la luz rendida del atardecer, y he preguntado a un caballero (que jamás volveré a ver) por la calle de mi destino nº 4. La sala Clamores. Mítica sala por cierto. Casi me da un poco miedo cruzar ese umbral y entrar por esa puerta, más parecida a un teatro que a un disco-pub. Pero no pasa nada. Escaleras abajo hay una mesa diminuta y una guapa chica taquillera. Le explico mi rollito y mi monserga mientras mi conciencia me burla. La muchacha me invita a pasar con la mayor naturalidad. Tengo que preguntar por Pepa. Clamores es un gran salón diáfano,muy agradablemente iluminado en tonos ámbar, con numerosas mesas frente a un escenario muy alto y profesional. Al fondo del todo, un poco más apartada está la barra del bar. Todo tiene un aspecto de calidez acogedora. En las mesas hay unas pocas personas sentadas. En el escenario y en el control de sonido trabajan los técnicos. No hay nadie en la barra. Enciendo una colilla grande de farias que traigo en la funda de puros intentando adivinar quién es Pepa. Justo entonces aparece una chica por la barra que me amonesta porque “aquí no se puede fumar” “Tiene usted cerca de los baños una zona habilitada” “Disculpe usted, no lo sabía. Ahora mismo lo apago” Era Pepa.
No obstante el incidente, Pepa me ha atendido con todo interés y amabilidad, como ya empiezo a acostumbrarme. Ahí va mi álbum y dossier nº 4. Para acabar tranquilamente la cerveza (a la que he sido invitado generosamente por La Casa) me he sentado en un taburete y en ese momento ha salido al escenario, según veo en la hoja de programación, Dori Madrid, acompañada de un guitarrista a la flamenca. He escuchado un par de coplas y he salido discretamente por la puerta en dirección a mi siguiente destino, pues no tengo ya mucho tiempo y empiezo a estar cansado y hambriento.
Por calles tranquilas y casi desiertas me he llegado a mi 5º destino, el Honki-Tonk, que muestra las negras persianas metálicas cerradas a cal y canto. Justo al lado hay un restaurante que parece pertenecer también al Honki y entrando he preguntado a dos indonesios con levita blanca de mayordomo por el horario. “Abrirán más tarde” me han dicho mientras disponían copas en una bandeja. Pero no puedo esperar. Debo cumplir con mi destino Nº 6, y estoy de suerte porque un taxi ha dejado un cliente en un portal frente al Honki-tonk. Le he indicado la calle Echegaray, cerca del Congreso y de la plaza Santa Ana. Las calles se van iluminando y densificando. La zona está muy animada. He encontrado muy pronto La Boca del Lobo pero también está cerrado todavía. En un club cercano me aseguran que está a punto de abrirse. Hago tiempo en una taberna madrileña, la más castiza que encuentro en la animada calle, y tomo una tapa de tortilla española, compacta y turgente, con pan y vino tinto. Qué maravilla los bares de Madrid. Este camarero uniformado que me ha servido (seguramente de Galicia o de Asturias) hablando con un parroquiano, parecía un filósofo de mayor hondura que Ortega y Zubiri juntos.
He visto desde la acera de enfrente cómo abrían la puerta de La Boca del Lobo, mi destino Nº 6. Un personaje curioso, de la vieja guardia, de la vieja escuela del Rock, me ha salido al encuentro en cuanto he entrado. Efusivamente y muy a la llana, ha tomado mi sobre y me ha dado la información sobre el programador que le he pedido. Me ha prometido entregar CD y dossier puntualmente. La Boca es hasta el momento el local más ochentero que he visto, en el sentido de abigarrado y primitivo, un garito clásico de mi tiempo, con un “interiorismo” semejante a una chupa gastada de cuero negro, pequeño pero con un buen escenario.
He salido caminando hasta Alcalá, que a esas horas estaba lleno de paseantes disfrutando de la noche fresquita y he llegado a la calle Libertad, llena de restaurantes y clubs, rebosante de gente jóven y “bien”, donde se encuentra mi destino Nº 7, el Templo de la Canción de Autor, el Libertad-8.
El local parece una antigua taberna remozada, tiene una barra a lo largo, taburetes altos y zona sentada, todo con un aire de bohemia entre romántica y castiza. Al fondo hay una gruesa cortina tras la que supongo está el escenario.
Pregunto al camarero por el programador, aún sospechando que él mismo lo es, como así ha sido. Es un hombre corpulento de mediana edad, serio sin parecer riguroso. En realidad está bastante ocupado con la barra. No obstante me atiende, toma mi disco y el dossier, lo deposita en un cajón. Me advierte que la programación se hace con tres meses de antelación cuando menos y que puedo pasar a ver el escenario, que me anuncia como pequeño para un trío. (No sabe que Igor no toca una batería sino un cajón rumbero y eso cabe en cualquier parte). Detrás de la cortina hay un rellano y aún después una puerta que flanquea la chica de los tickets. A través del cristal veo un escenario esquinado y bajo, decorado con un viejo piano de pared. Adivino público sentado en mesas, atentos a un actor de monólogos que gesticula y mueve los brazos, caminando paso adelante, paso atrás. Me dicen que se llama Enrique Boix. La muchacha me deja pasar. Me he sentado al fondo para ver el final del monólogo y he pensado que la sala es perfecta para nosotros. El tamaño, la iluminación, las mesas y sillas donde el público ríe y aplaude. Me ha gustado mucho realmente. Aquí sí se puede hacer un recital. No sé porqué me ha recordado a mi juventud de maravillosos cafés de París.
En un intervalo del actor he salido del Libertad-8, con fatiga pero muy animado, hacia mi próximo destino, la sala llamada El Búho Real. He recorrido la gran plaza de Chueca, el gayo barrio de Chueca, que a esas horas del sábado noche hervía a borbotones y por una callecita lateral y tranquila me he plantado debajo del neón de mi destino Nº 8.
Un hombre guarda la doble puerta acristalada de El Búho Real. Veo en el interior la masa en sombra de un público compacto y las luces brillantes del escenario. Explico el motivo de mi llegada al encargado de la puerta, e inmediatamente, como si mis palabras fueran contraseña, toma mi CD y mi dossier, me cede el paso hasta la barra, avisa a la camarera y con un signo rápido de su mano, le hace comprender que no debe cobrarme la consumición. Sin duda debe ser más que un simple taquillero. Muy halagado por semejante deferencia me pongo a ver el concierto que se desarrolla en ese momento en el escenario. Es un tipo en solitario con su guitarra acústica, jóven y fornido, vestido con ropa holgada neo-hippy, con detalles rastas en el pelo, collares al cuello y tatuajes en los brazos. Parece que la canción que canta tiene un estribillo medio en broma. De lo que no hay duda es que tiene al público metido en el bolsillo. Les hace reir y cantar lo que lo que quiere. Le pregunto a mi benefactor quién es el artista y me anuncia que es Mario Sanmiguel. Ha dejado la guitarra, se ha pasado corriendo al otro extremo del local y desde allí, entre la gente, ha contado admirablemente un cuento con moraleja solidaria e internacionalista. He aquí un tipo multidisciplinar. Me ha caído bien.
Salgo de mi destino nº 8 con la sonrisa en los labios hacia mi destino nº9, el Rincón del Arte Nuevo. Son las doce de la noche y ya no puedo perder el tiempo paseando las calles, así que decido tomar un taxi que me lleve hasta la calle Segovia, en el suroeste de la urbe.
Desembarco frente a la pequeña puerta del club. En la cartelera de la entrada veo que esta noche toca Emsy Valdés. Por curiosidad he leído en la hoja apologética que hay pegada a un lado su trayectoria y sus méritos, pero mi interés es otro: debo tener un encuentro con el jefe de este cabaret, con el que he hablado numerosas veces por teléfono y jamás en persona. En realidad en este mi destino nº 9, no debo entregar ni dossier ni CD, pues ya hace casi un año que lo dejé en esta misma barra y a este mismo camarero, y desde entonces intento ajustar fechas sin conseguirlo, siempre por defecto mío, desde luego. Y tampoco está hoy el jefe, me dicen desde detrás del mostrador. Otro muchacho viene a interesarse y hace una llamada de teléfono. Tiene al otro lado de la línea a mi hombre. La voz áspera y rugosa de Juan, llena de acentos madriles y solecismos suena en el auricular. Me dice que vendrá hacia las dos de la madrugada. Le he dicho que se me hace muy tarde, que he pasado el día en las calles y estoy deseando volver a mi alegre habitación. Quizá mañana podamos vernos. Le recuerdo no obstante que el jueves 25 de mayo (2006) estaremos aquí para nuestro primer recital y que no se olvide y vale y gracias y hasta pronto. He echado un vistazo a Emsy Valdés sobre el escenario. Frente a un público escaso, también él solo con su acústica, sentado en taburete alto, la canción tiene un tono menor melancólico y un aire como de balada Heavy Metal.
Salgo del Rincón y de mi destino nº 9. Subo la calle Toledo arriba. Hay una buena marcha nocturna. Decido tomar una tapa en la taberna de las cien tapas a un euro, en realidad mini bocadillos, y la pido para llevar. Justo en la plaza de al lado me la devoro contemplando las idas y venidas de la peña, ya con signos evidentes en algunos casos de borrachera y desafuero.
Renovado, atravieso la Plaza Mayor, Sol, calle Preciados y la calle Barco arriba. Pongo mi atención sobre mis piernas e intento (en broma) extraer del asfalto, del fondo telúrico, la energía en cada paso, como hacen los maestros yoguis. Finalmente he llegado a Bar&Co, mi remoto destino Nº 2, que a media tarde de hoy estaba cerrado y a esta hora de la madrugada desprende un bulle-bulle de vapor alcohólico y sudor considerable. Atravieso la puerta y me abro paso entre mis semejantes. El local está sumido en la oscuridad, e invadido por el volúmen de la música. En el escenario en penumbra se desmontan los amplificadores y se recogen en lazadas los cables. Los cofres de la batería están apilados, esperando su porte. El concierto, no sé de quién, ha concluído. Me acerco a la barra y en el costado, junto al equipo hifi, le abordo al camarero. A voces me asegura que deposita mi CD y dossier en el cajón del jefe de programación. No está mal. Salgo volando de Bar&Co, mi destino Nº 2 , a la noche fresca y pura, con la agradable conciencia de haber cumplido mis trabajos y vaciado el portafolio de discos y cuadernillos. Muy cerca de mi hostal residencial aún hay un disco-pub abierto. Sentado he tomado una caña de cerveza repasando los acontecimientos. Cuando ya el farias se pone amargo y caliente es señal de que debo retirarme a dormir.
Domingo 30 de Abril, 2006.
He pasado la mañana desde muy temprano en el paseo del Prado viendo y manoseando libros de lance. Parece que la Cuesta de Moyano está en obras y lo han pasado aquí, apenas unos metros más abajo. Esta es mi afición favorita, la que más placer me causa de cuantas se ofrecen en el mundo, y debo moderarme porque no conozco horas, y las manos codiciosas y los ojos ávidos no paran en mientes, y abren libros y libros sin descanso, y de pronto, por la posición del sol, me supongo que debe ser la hora de comer algo y echar una siesta y continuar con mis destinos, y lentamente, con tristeza, me voy haciendo idea y aceptando el abandono, y con requiebros, -todavía un último, y este otro-, me voy alejando de los puestos. Ahí os dejo: Baroja, Galdós, Valera, Bergamín, Unamuno...Pronto vendré a rescataros, amados mios.
Después de una siesta en mi alcoba ciega de 18 euros, salgo de nuevo al encuentro de mis destinos por este Madrid caluroso y acogedor como ciudad ninguna en el orbe, el portafolio cargado de discos y hojas de prensa, y el diminuto callejero bien a mano en mi bolsillo. Mi destino Nº 10 es la sala El Juglar en pleno Lavapiés, apenas tres paradas de Metro. Son las séis y media de la tarde. No puedo evitar una lágrima simbólica pasando por esta plaza, mirando el que fue mi portal antaño, y diciéndome, como el título del disco de Le Mans, “ahí vivía yo”. Veo que las cosas han cambiado algo desde ese lejano año 2000. Uno de mis bares habituales ya no existe y hay otros comercios que no reconozco, pero en el fondo sigue como siempre. La gente en las terrazas inclinadas de la calle Lavapiés, los grupos conversacionales de magrebíes, el retén de la policia cacheando a un hispano, los locutorios, el pueblo africano, el pueblo de oriente, pero mi destino se me escapa y no lo encuentro. He subido la calle entera y la vuelvo a bajar sin éxito. De pronto, cambiando de acera lo descubro al fin en una persiana negra echada a cerrojo. El Juglar está cerrado a estas horas y no hay indicación visible de horario. Más tarde volveré. Bajo Valencia hasta Embajadores y busco con dificultades el autobús que me lleva al paseo de La Habana, en el otro extremo de Madrid en dirección norte. He decidido tomar el bus porque el metro me aplasta y para tan largo trayecto no sé si sabré contener la ansiedad que me produce el subterráneo.
Desciendo justo a pocos metros de mi destino Nº 11, la sala Calle 54, al parecer decorada por Mariscal y recién abierta según me han dicho. Pero, ¡ay! la sala está cerrada también. Un cartel advierte que por fiestas (mañana es primero de mayo) la sala abrirá en horario nocturno. Bien, es el momento del estoicismo y su lema: Aguanta y abstente. En Nuevos Ministerios tomo el metro hasta el apartado barrio de Cartagena, porque aquí calcular el bus es ya imposible. Mi trayecto es de norte a este y al parecer con el viento desfavorable.
Este barrio que yo llamo de Cartagena (por la parada de Metro) es un barrio casi fantasmal. En el plano todo es raro. Hay calles sin salida y un gran territorio vedado por un hospital o algo parecido. Busco mi calle dando vueltas al plano, y girando yo mismo en la acera. Un caballero me mira desde la puerta de una cafetería. Ya sin remedio le pregunto pero sus explicaciones son aún más enredadoras. En realidad bien se ve que no sabe. Casi por casualidad encuentro una referencia cierta. Continúo la calle pero los números de los portales hacen un salto inesperado. Me meto en un bar y pregunto. También al barman que me indica le interesa saber si hay concierto esta noche. Estoy realmente cerca de mi destino Nº 12, la sala Ritmo y Compás, que en realidad es más que una sala o no lo esx en absoluto. Aquí hay estudio de grabación, locales de ensayo, aulas de enseñanza de música y cosas así. Hay un grupo de gente del rock en la puerta del edificio, las chupas de cuero y la melena ensortijada. En la recepción charlan tres chicos heavys junto a un gran panel de anuncios manuscritos. La sala de actos está al fondo de un pasillo precedida de un puestecito donde encuentro a una taquillera acompañada por otro muchacho. Les pregunto por el encargado de la sala. “No sé, tío, ni idea” Se miran entre ellos. Deben de ser amigos del grupo que tocará esta noche. Casi como que renuncio al destino Nº 11. Esta sala Ritmo y Compás, que para nada es un comercio hostelero, se me antoja en un barrio indiferente y muy alejada del centro y hay que tener mucho cartel para llenarla.
Bajo la larguísima calle Cartagena un poco mohíno y frustrado. Llego a Manuel Becerra andando y espero el autobús circular junto a un viejecito de pelo níveo vestido con traje conjuntado de espiga y clavel en el ojal. (Algo imposible de ver en Donosti, por ejemplo). Llega el bus. El viaje es largo. Ahora debo bajar hasta casi Carabanchel en el Suroeste. Mi viejecito apunta con letra temblona en un folleto taurino su dictámen sobre el nombre de cada torero. Leo de reojo las sentencias: “Temple, mando y ligazón” y “Buen segundo par por los adentros”
Bajo al fin en General Ricardos, y me doy cuenta que ha anochecido durante el viaje. Busco la calle Morales en busca de mi destino Nº 13, la sala Gruta 77, y la calle resulta ser oscura y algo tenebrosa, con edificios bajos, alternándose viviendas y talleres industriales, algo así como un pueblón de Castilla abandonado en el crepúsculo de la tarde mortecina. La única luz de la calle es mi destino. Hay un hombre en la puerta blindada al que confundo con un portero. En el interior encuentro el local vacío. Sobre el escenario, hay una banda que hace la prueba de sonido. Se acerca para atenderme un rockero con acento guiri, y me indica una puerta entreabierta con el rótulo de privado. Del otro lado me hace pasar la muchacha responsable del Gruta 77, que ha resultado ser Donostiarra de origen. Muy bien, pues aquí tienes mi último disco y mi revista de prensa, mis pequeños trofeos en forma de titulares. Me ha prometido responderme y nos hemos despedido amistosamente.
Son las diez de la noche y apenas he entregado hoy mi primer CD. Hay que redoblar los esfuerzos.
Regreso a Lavapiés en autobús. Tomo una mesa en una taberna destartalada de comida libanesa. Pido dos falafel con queso y cerveza de grifo. Una cena perfecta: barata, vegetariana y sabrosísima. Continúo mi camino hasta el cercano destino Nº 10, el primero de la tarde que encontré cerrado, la sala El Juglar. Y ahora sí que sí.
Pidiendo una cervecita le explico al barman mi cometido. Ha resultado ser uno de los propietarios. Rebosa cordialidad y trato cálido. Ha tomado mi atadillo y me ha invitado a pasar a la sala de conciertos, del otro lado de la puerta del fondo. El ya inevitable taquillero me deja pasar. Es una nave de buenas proporciones, ni grande ni pequeña, con bóveda de cañón como es habitual y escenario alto. Mis ojos hacen destellos de júbilo y mis labios forman una rosquilla. Hay séis mujeres gitanas con mantones flamencos y un guitarrista varón, todos sentados bajo los focos. El público abarrota la capacidad. Salgo dando las gracias al hombre de los tiquets. Estrecho la mano del propietario ponderando por las nubes el local que he visto y salgo más que animado a la calle con un Mondo Sonoro bajo el brazo, obsequio de El Juglar.
Tomo el metro hacia Nuevos Ministerios, con el camino ya conocido del Paseo de La Habana de esta tarde. Ahora el club Calle 54 está abierto. La entrada es lujosa, alfombrada y llena de charme y glamour. No me olvido que el barrio es de clase alta y pudiente. El interior del gran local está iluminado con un lujo como de oriente. Hay mesas bajas con pequeños focos íntimos alrededor de una barra amplia y en el centro se abre el arco de un gran escenario de apenas dos alturas de escalinata. El responsable de programa se encuentra entre un grupito de personas que charlan junto a una gran columna. Me presento y él me hace saber su nombre. Es jóven, un hombre atractivo y de buen aspecto. De inmediato me lleva a un aparte y con franqueza y simpatía hablamos de nuestras cosas. He dicho de pasada el nombre de Diego Vasallo y eso parece haberle impresionado. Nos despedimos después de mutuas cortesías. Salgo de mi destino Nº 11 con el ánimo enardecido.
El último metro, el de la una de la madrugada está vacío en esta noche de domingo. De momento me planto en Opera tomando mi tercera cerveza y consultando mi hoja de ruta. Ahora me doy cuenta que estoy agotado, pero así es el rockanroll. Recuento los discos entregados: Ayer sábado 9 destinos y 7 discos entregados. Hoy domingo 4 destinos (mucho más alejados uno de otro en el plano) y 3 discos entregados: total 13 destinos y 10 discos. Ya es tarde para regresar al Honki-Tonk, no tengo ni ganas ni fuerzas. Me tomo un whisky y me voy a mi linda habitación a dormir.
En el disco-pub de ayer, justo debajo de mi hostal no sirven una copa más a pesar de tener clientela renuente todavía. Muy cerca he creído ver un club con portero en la puerta. Me acerco y le pregunto si le parezco digno de entrar; El hombre me franquea el paso con una sonrisa. El club se llama El Perro de La Parte de Atrás del Coche, y es un subterráneo. En la barra pregunto, ya por puro vicio, como si fuera mi única frase, mi monomanía, si hacen conciertos. He observado que hay un escenario al fondo de otra sala adyacente donde hay chicas bailando House. El barman afirma y me indica quién es el encargado. Tengo un último disco en el zurrón que en teoría debía haber entregado al Honki – mi destino Nº 5, cerrado a cal y canto- y no quiero irme sin entregarlo, aunque sea a un mendigo o a un yonqui. El encargado de “El perro de la parte de atrás del coche” toma mi atadillo de CD y dossier y como hacen “todos”, pues ya me sé la historia, lo guarda en un cajón...prometiendo.
Un poco mareado salgo saludando al portero de mi inesperado, trastocado y último destino Nº 14 de la ciudad de Madrid, tan maravillosa y hospitalaria.
En el hostal, envuelto en sombras sobre el sillón raído, aún está leyendo a Kenzaburo Oé el misterioso profesor este de nigromancia con el chaleco sahara y las sandalias abiertas que guarda nuestro reposo y nuestro sueño.
Nos damos las buenas noches.
El azar ha querido que Yolanda y Endika viajaran a Madrid el mismo día y a la misma hora. Ellos bajarían en coche y yo casi había reservado mi talgo de las nueve cuando me llamó mi hermano Iñaki para hacerme cambiar de idea. Soy claustrofóbico y neurótico para los viajes por carretera, pero la compañía y la economía pudieron con todo. Gemma me dijo: -Vas a ir de maravilla con ellos, ya verás-, y así ha sido. Yolanda no ha parado de hablar de las cicaterías de su trabajo, de la situación desfavorecida de mi hermano en la oficina y de la amistad inquebrantable de ambos. De su nuevo piso... de sus niñas. Tampoco yo me he quedado corto largando y poniendo de grana y azul a todo titirimundi y repasando amistades comunes. De pronto estábamos en la M-30. Por Embajadores hemos entrado en Lavapiés y la calle Amparo, siempre con el silencio obstinado pero nada hosco de Endika que apenas habla cuando conduce y hace bien.
Qué gracia ver que el piso de su hija Nagore se encuentra encima de “mi taberna”, la taberna de mármol y barricas de plástico donde yo me emborrachaba allá por el año 2000, cuando pasé 30 días solitarios viviendo en Lavapiés gracias a mi hermana Nieves. ¿Habré mirado esta misma ventana entonces sin saber lo que me deparaba?
El piso de Nagore y Martín es de techos altos y corredores estrechos y largos aunque muy luminoso. Está decorado al modo casual de quien trabaja mucho y lejos de casa, algo muy común en Madrid y es de alquiler y compartido, lo cual ya entra en la categoría de piso a la bohemia, como diría mi madre. Nagore es una muchacha pausada y dulce, guapa, con una mirada oceánica, algo delicada, algo delgada quizá –como Yolanda- y con una voz acariciadora y de bonita coloratura. Martín es argentino a no dudar por el acento, de barba descuidada y mirada inteligente, cortés y atento con los invitados donostiarras, la impresión general es de un hombre atractivo.
Hemos comido en el salón de la casa una ensalada de pasta con canónigos y queso fresco. Para la ocasión han abierto una botella de Cune mientras veíamos el programa grabado donde trabaja Nagore para Globomedia, la productora de Emilio Aragón. La madre, o sea, Yolanda, no ha parado de ponderar la belleza y el talento de su hija, mientras pasaban imágenes surrealistas de Argiñano entrevistado por su propio hijo.
A las cinco de la tarde me he despedido de todos. Les he explicado mi cita con un tal Pablo, que me espera en el hostal o residencial o lo que quiera que sea el sitio donde se encuentra la habitación de 18 euros la noche que he alquilado por teléfono desde San Sebastián. El metro me deja directo: Lavapiés, Sol y Callao. Según el plano, mi habitación se encuentra a pocas manzanas detrás de este enclave de la Gran Vía, que a estas horas se encuentra llena de gente, como siempre, y particularmente desagradable de muchedumbres y tráfico. Encuentro mi portal finalmente, subo al primero. Hay obras de electricidad en la escalera. Llamo al portón. De la penumbra interior aparece un hombre alto, de barba blanca amarilleada, gruesas gafas, vestido con un chaleco de aventurero del Sahara y calzado con sandalias abiertas. Me franquea la puerta con misterio. Hay un tufo rancio a pieza cerrada en el hall de la casa. A derecha e izquierda se extienden pasillos estrechos y oscuros. Por las primeras palabras de Pablo, por su acento, entiendo que es cubano. En realidad parece un sabio nigromante, o un profesor de ciencias ocultas, o un intelectual trostkista, o algo así. Me señala mi habitación. Con decepción compruebo que es completamente ciega, sin ventana alguna y muy pequeña. Tiene, no una cama, sino una litera de dos pisos. También el cuarto huele igual que huelen los cestos de la ropa sucia. Una mezcla de calcetín y humedad. Aunque disgustado, la acepto con estoicismo y pago mi primer día. El brujo cubano me muestra la cocina, a la que tengo derecho, y el baño de tres piezas. Parece que todo se encuentra bastante limpio en lo que cabe. De la ducha sale un hombre desnudo de gran altura con una toalla a modo de minifalda, saluda con naturalidad y atraviesa el pasillo perdiéndose en la penumbra. Me encierro en mi celdilla para tumbarme un rato y pensar en mis planes inmediatos. Saco de la maleta mis 14 compact disc de Harresilanda y mis 14 dossieres de prensa que he recopilado a lo largo del año pasado, con respecto al disco. Extiendo el plano de Madrid a mi lado. Saco del portafolio la hoja de ruta con el listado de 14 clubs en directo que me han pasado por internet Iranzu valencia y Javi Sánchez, de La Buena Vida, y a los que yo he ído poniendo al cabo de cada línea el metro que debo tomar para llegar hasta ellos. Hay unos cuantos, la mayoría en la zona Centro y otros pocos más alejados, en la zona norte, o sureste, etc, y por eso más complicados de abordar.
Creo que he dormido un poco, quizá unos minutos, pero no estoy seguro. Dándome coraje para comenzar mi jornada, me he levantado con brío, tan animosamente que el golpazo que me he dado en el cráneo con la inesperada litera de arriba me ha vuelto a tumbar sobre la cama. Empiezo bien. Son buenos augurios.
A las seis y media de la tarde atravieso Gran Vía hasta la Red de San Luis y por la calle Caballero de Gracia me llego a mi destino nº 1, el Club Costello. Por suerte está abierto. No hay nadie en toda la sala. Sólo el camarero, un chico jóven y muy solícito. Le he explicado que vengo de San Sebastián y que me gustaría hablar con el programador del club. He puesto sobre la barra el CD y el dossier. Me ha asegurado que se lo hará llegar en cuanto regrese del puente del primero de mayo. Me ha permitido ver la sala de conciertos en el piso bajo. Un escenario perfecto, muy bien dispuesto al fondo de una pieza franca, sin columnas, más pequeña que grande y con techo de bóveda de cañón. Una vez arriba he terminado mi cocacola. Para mi sorpresa invita la casa. He ahí un detalle generoso (y hasta respetuoso) por parte del Costello.
Mi destino nº 2 es el Bar&Co, en la calle Barco. Apenas cinco o séis manzanas andando. Pero está cerrado. esto ya es un club nocturno. Ningún cartel que anuncie horarios. La empleada de un videoclub frente al Bar-Co me indica que abren “tarde” y prosigue su labor tras la mesa.
Atravieso la Corredera Alta de San Pablo y tomo la estrecha y larguísima calle de la Palma, en dirección a Malasaña. Aquí el comercio es de género alternativo. Entre Punk, House y moda revival de los ochenta.
Llego a mi destino nº 3, el Café de La Palma. Está abierto, aunque también bastante vacío. Hay chico y chica en la barra. La misma secuencia. Yo vendiéndome como un mero comercial de mí mismo, plantificando el dossier y el álbum en la barra y el camarero tomando en sus manos el atadillo. “¿Ah, de San Sebastián? Pues mira ésta es de Bilbao”. “¿Ah, de Bilbao, eh?” “Si, bai...de Deusto”. “Oye, pues encantado”. “Agur, agur”. “¡Gero Arte. Milla Ezker!” Me ha gustado mucho el escenario, muy parecido al de mi destino nº 1. También aquí me han recibido con deferencias y atenciones. Me está gustando mucho esto. En 15 días me aseguran que me responderá el programador de la sala.
Con una pequeña parada para situarme en el plano he llegado a San Bernardo caminando y he tomado calle abajo. He desandado los pasos al darme cuenta que íba en dirección contraria y he vuelto a subir y subir hasta llegar a la glorieta de Bilbao. Tentado de hacer parada en el Café de Comercio sin convencerme a mí mismo, he cruzado Luchana, bastante desértica, ya bajo la luz rendida del atardecer, y he preguntado a un caballero (que jamás volveré a ver) por la calle de mi destino nº 4. La sala Clamores. Mítica sala por cierto. Casi me da un poco miedo cruzar ese umbral y entrar por esa puerta, más parecida a un teatro que a un disco-pub. Pero no pasa nada. Escaleras abajo hay una mesa diminuta y una guapa chica taquillera. Le explico mi rollito y mi monserga mientras mi conciencia me burla. La muchacha me invita a pasar con la mayor naturalidad. Tengo que preguntar por Pepa. Clamores es un gran salón diáfano,muy agradablemente iluminado en tonos ámbar, con numerosas mesas frente a un escenario muy alto y profesional. Al fondo del todo, un poco más apartada está la barra del bar. Todo tiene un aspecto de calidez acogedora. En las mesas hay unas pocas personas sentadas. En el escenario y en el control de sonido trabajan los técnicos. No hay nadie en la barra. Enciendo una colilla grande de farias que traigo en la funda de puros intentando adivinar quién es Pepa. Justo entonces aparece una chica por la barra que me amonesta porque “aquí no se puede fumar” “Tiene usted cerca de los baños una zona habilitada” “Disculpe usted, no lo sabía. Ahora mismo lo apago” Era Pepa.
No obstante el incidente, Pepa me ha atendido con todo interés y amabilidad, como ya empiezo a acostumbrarme. Ahí va mi álbum y dossier nº 4. Para acabar tranquilamente la cerveza (a la que he sido invitado generosamente por La Casa) me he sentado en un taburete y en ese momento ha salido al escenario, según veo en la hoja de programación, Dori Madrid, acompañada de un guitarrista a la flamenca. He escuchado un par de coplas y he salido discretamente por la puerta en dirección a mi siguiente destino, pues no tengo ya mucho tiempo y empiezo a estar cansado y hambriento.
Por calles tranquilas y casi desiertas me he llegado a mi 5º destino, el Honki-Tonk, que muestra las negras persianas metálicas cerradas a cal y canto. Justo al lado hay un restaurante que parece pertenecer también al Honki y entrando he preguntado a dos indonesios con levita blanca de mayordomo por el horario. “Abrirán más tarde” me han dicho mientras disponían copas en una bandeja. Pero no puedo esperar. Debo cumplir con mi destino Nº 6, y estoy de suerte porque un taxi ha dejado un cliente en un portal frente al Honki-tonk. Le he indicado la calle Echegaray, cerca del Congreso y de la plaza Santa Ana. Las calles se van iluminando y densificando. La zona está muy animada. He encontrado muy pronto La Boca del Lobo pero también está cerrado todavía. En un club cercano me aseguran que está a punto de abrirse. Hago tiempo en una taberna madrileña, la más castiza que encuentro en la animada calle, y tomo una tapa de tortilla española, compacta y turgente, con pan y vino tinto. Qué maravilla los bares de Madrid. Este camarero uniformado que me ha servido (seguramente de Galicia o de Asturias) hablando con un parroquiano, parecía un filósofo de mayor hondura que Ortega y Zubiri juntos.
He visto desde la acera de enfrente cómo abrían la puerta de La Boca del Lobo, mi destino Nº 6. Un personaje curioso, de la vieja guardia, de la vieja escuela del Rock, me ha salido al encuentro en cuanto he entrado. Efusivamente y muy a la llana, ha tomado mi sobre y me ha dado la información sobre el programador que le he pedido. Me ha prometido entregar CD y dossier puntualmente. La Boca es hasta el momento el local más ochentero que he visto, en el sentido de abigarrado y primitivo, un garito clásico de mi tiempo, con un “interiorismo” semejante a una chupa gastada de cuero negro, pequeño pero con un buen escenario.
He salido caminando hasta Alcalá, que a esas horas estaba lleno de paseantes disfrutando de la noche fresquita y he llegado a la calle Libertad, llena de restaurantes y clubs, rebosante de gente jóven y “bien”, donde se encuentra mi destino Nº 7, el Templo de la Canción de Autor, el Libertad-8.
El local parece una antigua taberna remozada, tiene una barra a lo largo, taburetes altos y zona sentada, todo con un aire de bohemia entre romántica y castiza. Al fondo hay una gruesa cortina tras la que supongo está el escenario.
Pregunto al camarero por el programador, aún sospechando que él mismo lo es, como así ha sido. Es un hombre corpulento de mediana edad, serio sin parecer riguroso. En realidad está bastante ocupado con la barra. No obstante me atiende, toma mi disco y el dossier, lo deposita en un cajón. Me advierte que la programación se hace con tres meses de antelación cuando menos y que puedo pasar a ver el escenario, que me anuncia como pequeño para un trío. (No sabe que Igor no toca una batería sino un cajón rumbero y eso cabe en cualquier parte). Detrás de la cortina hay un rellano y aún después una puerta que flanquea la chica de los tickets. A través del cristal veo un escenario esquinado y bajo, decorado con un viejo piano de pared. Adivino público sentado en mesas, atentos a un actor de monólogos que gesticula y mueve los brazos, caminando paso adelante, paso atrás. Me dicen que se llama Enrique Boix. La muchacha me deja pasar. Me he sentado al fondo para ver el final del monólogo y he pensado que la sala es perfecta para nosotros. El tamaño, la iluminación, las mesas y sillas donde el público ríe y aplaude. Me ha gustado mucho realmente. Aquí sí se puede hacer un recital. No sé porqué me ha recordado a mi juventud de maravillosos cafés de París.
En un intervalo del actor he salido del Libertad-8, con fatiga pero muy animado, hacia mi próximo destino, la sala llamada El Búho Real. He recorrido la gran plaza de Chueca, el gayo barrio de Chueca, que a esas horas del sábado noche hervía a borbotones y por una callecita lateral y tranquila me he plantado debajo del neón de mi destino Nº 8.
Un hombre guarda la doble puerta acristalada de El Búho Real. Veo en el interior la masa en sombra de un público compacto y las luces brillantes del escenario. Explico el motivo de mi llegada al encargado de la puerta, e inmediatamente, como si mis palabras fueran contraseña, toma mi CD y mi dossier, me cede el paso hasta la barra, avisa a la camarera y con un signo rápido de su mano, le hace comprender que no debe cobrarme la consumición. Sin duda debe ser más que un simple taquillero. Muy halagado por semejante deferencia me pongo a ver el concierto que se desarrolla en ese momento en el escenario. Es un tipo en solitario con su guitarra acústica, jóven y fornido, vestido con ropa holgada neo-hippy, con detalles rastas en el pelo, collares al cuello y tatuajes en los brazos. Parece que la canción que canta tiene un estribillo medio en broma. De lo que no hay duda es que tiene al público metido en el bolsillo. Les hace reir y cantar lo que lo que quiere. Le pregunto a mi benefactor quién es el artista y me anuncia que es Mario Sanmiguel. Ha dejado la guitarra, se ha pasado corriendo al otro extremo del local y desde allí, entre la gente, ha contado admirablemente un cuento con moraleja solidaria e internacionalista. He aquí un tipo multidisciplinar. Me ha caído bien.
Salgo de mi destino nº 8 con la sonrisa en los labios hacia mi destino nº9, el Rincón del Arte Nuevo. Son las doce de la noche y ya no puedo perder el tiempo paseando las calles, así que decido tomar un taxi que me lleve hasta la calle Segovia, en el suroeste de la urbe.
Desembarco frente a la pequeña puerta del club. En la cartelera de la entrada veo que esta noche toca Emsy Valdés. Por curiosidad he leído en la hoja apologética que hay pegada a un lado su trayectoria y sus méritos, pero mi interés es otro: debo tener un encuentro con el jefe de este cabaret, con el que he hablado numerosas veces por teléfono y jamás en persona. En realidad en este mi destino nº 9, no debo entregar ni dossier ni CD, pues ya hace casi un año que lo dejé en esta misma barra y a este mismo camarero, y desde entonces intento ajustar fechas sin conseguirlo, siempre por defecto mío, desde luego. Y tampoco está hoy el jefe, me dicen desde detrás del mostrador. Otro muchacho viene a interesarse y hace una llamada de teléfono. Tiene al otro lado de la línea a mi hombre. La voz áspera y rugosa de Juan, llena de acentos madriles y solecismos suena en el auricular. Me dice que vendrá hacia las dos de la madrugada. Le he dicho que se me hace muy tarde, que he pasado el día en las calles y estoy deseando volver a mi alegre habitación. Quizá mañana podamos vernos. Le recuerdo no obstante que el jueves 25 de mayo (2006) estaremos aquí para nuestro primer recital y que no se olvide y vale y gracias y hasta pronto. He echado un vistazo a Emsy Valdés sobre el escenario. Frente a un público escaso, también él solo con su acústica, sentado en taburete alto, la canción tiene un tono menor melancólico y un aire como de balada Heavy Metal.
Salgo del Rincón y de mi destino nº 9. Subo la calle Toledo arriba. Hay una buena marcha nocturna. Decido tomar una tapa en la taberna de las cien tapas a un euro, en realidad mini bocadillos, y la pido para llevar. Justo en la plaza de al lado me la devoro contemplando las idas y venidas de la peña, ya con signos evidentes en algunos casos de borrachera y desafuero.
Renovado, atravieso la Plaza Mayor, Sol, calle Preciados y la calle Barco arriba. Pongo mi atención sobre mis piernas e intento (en broma) extraer del asfalto, del fondo telúrico, la energía en cada paso, como hacen los maestros yoguis. Finalmente he llegado a Bar&Co, mi remoto destino Nº 2, que a media tarde de hoy estaba cerrado y a esta hora de la madrugada desprende un bulle-bulle de vapor alcohólico y sudor considerable. Atravieso la puerta y me abro paso entre mis semejantes. El local está sumido en la oscuridad, e invadido por el volúmen de la música. En el escenario en penumbra se desmontan los amplificadores y se recogen en lazadas los cables. Los cofres de la batería están apilados, esperando su porte. El concierto, no sé de quién, ha concluído. Me acerco a la barra y en el costado, junto al equipo hifi, le abordo al camarero. A voces me asegura que deposita mi CD y dossier en el cajón del jefe de programación. No está mal. Salgo volando de Bar&Co, mi destino Nº 2 , a la noche fresca y pura, con la agradable conciencia de haber cumplido mis trabajos y vaciado el portafolio de discos y cuadernillos. Muy cerca de mi hostal residencial aún hay un disco-pub abierto. Sentado he tomado una caña de cerveza repasando los acontecimientos. Cuando ya el farias se pone amargo y caliente es señal de que debo retirarme a dormir.
Domingo 30 de Abril, 2006.
He pasado la mañana desde muy temprano en el paseo del Prado viendo y manoseando libros de lance. Parece que la Cuesta de Moyano está en obras y lo han pasado aquí, apenas unos metros más abajo. Esta es mi afición favorita, la que más placer me causa de cuantas se ofrecen en el mundo, y debo moderarme porque no conozco horas, y las manos codiciosas y los ojos ávidos no paran en mientes, y abren libros y libros sin descanso, y de pronto, por la posición del sol, me supongo que debe ser la hora de comer algo y echar una siesta y continuar con mis destinos, y lentamente, con tristeza, me voy haciendo idea y aceptando el abandono, y con requiebros, -todavía un último, y este otro-, me voy alejando de los puestos. Ahí os dejo: Baroja, Galdós, Valera, Bergamín, Unamuno...Pronto vendré a rescataros, amados mios.
Después de una siesta en mi alcoba ciega de 18 euros, salgo de nuevo al encuentro de mis destinos por este Madrid caluroso y acogedor como ciudad ninguna en el orbe, el portafolio cargado de discos y hojas de prensa, y el diminuto callejero bien a mano en mi bolsillo. Mi destino Nº 10 es la sala El Juglar en pleno Lavapiés, apenas tres paradas de Metro. Son las séis y media de la tarde. No puedo evitar una lágrima simbólica pasando por esta plaza, mirando el que fue mi portal antaño, y diciéndome, como el título del disco de Le Mans, “ahí vivía yo”. Veo que las cosas han cambiado algo desde ese lejano año 2000. Uno de mis bares habituales ya no existe y hay otros comercios que no reconozco, pero en el fondo sigue como siempre. La gente en las terrazas inclinadas de la calle Lavapiés, los grupos conversacionales de magrebíes, el retén de la policia cacheando a un hispano, los locutorios, el pueblo africano, el pueblo de oriente, pero mi destino se me escapa y no lo encuentro. He subido la calle entera y la vuelvo a bajar sin éxito. De pronto, cambiando de acera lo descubro al fin en una persiana negra echada a cerrojo. El Juglar está cerrado a estas horas y no hay indicación visible de horario. Más tarde volveré. Bajo Valencia hasta Embajadores y busco con dificultades el autobús que me lleva al paseo de La Habana, en el otro extremo de Madrid en dirección norte. He decidido tomar el bus porque el metro me aplasta y para tan largo trayecto no sé si sabré contener la ansiedad que me produce el subterráneo.
Desciendo justo a pocos metros de mi destino Nº 11, la sala Calle 54, al parecer decorada por Mariscal y recién abierta según me han dicho. Pero, ¡ay! la sala está cerrada también. Un cartel advierte que por fiestas (mañana es primero de mayo) la sala abrirá en horario nocturno. Bien, es el momento del estoicismo y su lema: Aguanta y abstente. En Nuevos Ministerios tomo el metro hasta el apartado barrio de Cartagena, porque aquí calcular el bus es ya imposible. Mi trayecto es de norte a este y al parecer con el viento desfavorable.
Este barrio que yo llamo de Cartagena (por la parada de Metro) es un barrio casi fantasmal. En el plano todo es raro. Hay calles sin salida y un gran territorio vedado por un hospital o algo parecido. Busco mi calle dando vueltas al plano, y girando yo mismo en la acera. Un caballero me mira desde la puerta de una cafetería. Ya sin remedio le pregunto pero sus explicaciones son aún más enredadoras. En realidad bien se ve que no sabe. Casi por casualidad encuentro una referencia cierta. Continúo la calle pero los números de los portales hacen un salto inesperado. Me meto en un bar y pregunto. También al barman que me indica le interesa saber si hay concierto esta noche. Estoy realmente cerca de mi destino Nº 12, la sala Ritmo y Compás, que en realidad es más que una sala o no lo esx en absoluto. Aquí hay estudio de grabación, locales de ensayo, aulas de enseñanza de música y cosas así. Hay un grupo de gente del rock en la puerta del edificio, las chupas de cuero y la melena ensortijada. En la recepción charlan tres chicos heavys junto a un gran panel de anuncios manuscritos. La sala de actos está al fondo de un pasillo precedida de un puestecito donde encuentro a una taquillera acompañada por otro muchacho. Les pregunto por el encargado de la sala. “No sé, tío, ni idea” Se miran entre ellos. Deben de ser amigos del grupo que tocará esta noche. Casi como que renuncio al destino Nº 11. Esta sala Ritmo y Compás, que para nada es un comercio hostelero, se me antoja en un barrio indiferente y muy alejada del centro y hay que tener mucho cartel para llenarla.
Bajo la larguísima calle Cartagena un poco mohíno y frustrado. Llego a Manuel Becerra andando y espero el autobús circular junto a un viejecito de pelo níveo vestido con traje conjuntado de espiga y clavel en el ojal. (Algo imposible de ver en Donosti, por ejemplo). Llega el bus. El viaje es largo. Ahora debo bajar hasta casi Carabanchel en el Suroeste. Mi viejecito apunta con letra temblona en un folleto taurino su dictámen sobre el nombre de cada torero. Leo de reojo las sentencias: “Temple, mando y ligazón” y “Buen segundo par por los adentros”
Bajo al fin en General Ricardos, y me doy cuenta que ha anochecido durante el viaje. Busco la calle Morales en busca de mi destino Nº 13, la sala Gruta 77, y la calle resulta ser oscura y algo tenebrosa, con edificios bajos, alternándose viviendas y talleres industriales, algo así como un pueblón de Castilla abandonado en el crepúsculo de la tarde mortecina. La única luz de la calle es mi destino. Hay un hombre en la puerta blindada al que confundo con un portero. En el interior encuentro el local vacío. Sobre el escenario, hay una banda que hace la prueba de sonido. Se acerca para atenderme un rockero con acento guiri, y me indica una puerta entreabierta con el rótulo de privado. Del otro lado me hace pasar la muchacha responsable del Gruta 77, que ha resultado ser Donostiarra de origen. Muy bien, pues aquí tienes mi último disco y mi revista de prensa, mis pequeños trofeos en forma de titulares. Me ha prometido responderme y nos hemos despedido amistosamente.
Son las diez de la noche y apenas he entregado hoy mi primer CD. Hay que redoblar los esfuerzos.
Regreso a Lavapiés en autobús. Tomo una mesa en una taberna destartalada de comida libanesa. Pido dos falafel con queso y cerveza de grifo. Una cena perfecta: barata, vegetariana y sabrosísima. Continúo mi camino hasta el cercano destino Nº 10, el primero de la tarde que encontré cerrado, la sala El Juglar. Y ahora sí que sí.
Pidiendo una cervecita le explico al barman mi cometido. Ha resultado ser uno de los propietarios. Rebosa cordialidad y trato cálido. Ha tomado mi atadillo y me ha invitado a pasar a la sala de conciertos, del otro lado de la puerta del fondo. El ya inevitable taquillero me deja pasar. Es una nave de buenas proporciones, ni grande ni pequeña, con bóveda de cañón como es habitual y escenario alto. Mis ojos hacen destellos de júbilo y mis labios forman una rosquilla. Hay séis mujeres gitanas con mantones flamencos y un guitarrista varón, todos sentados bajo los focos. El público abarrota la capacidad. Salgo dando las gracias al hombre de los tiquets. Estrecho la mano del propietario ponderando por las nubes el local que he visto y salgo más que animado a la calle con un Mondo Sonoro bajo el brazo, obsequio de El Juglar.
Tomo el metro hacia Nuevos Ministerios, con el camino ya conocido del Paseo de La Habana de esta tarde. Ahora el club Calle 54 está abierto. La entrada es lujosa, alfombrada y llena de charme y glamour. No me olvido que el barrio es de clase alta y pudiente. El interior del gran local está iluminado con un lujo como de oriente. Hay mesas bajas con pequeños focos íntimos alrededor de una barra amplia y en el centro se abre el arco de un gran escenario de apenas dos alturas de escalinata. El responsable de programa se encuentra entre un grupito de personas que charlan junto a una gran columna. Me presento y él me hace saber su nombre. Es jóven, un hombre atractivo y de buen aspecto. De inmediato me lleva a un aparte y con franqueza y simpatía hablamos de nuestras cosas. He dicho de pasada el nombre de Diego Vasallo y eso parece haberle impresionado. Nos despedimos después de mutuas cortesías. Salgo de mi destino Nº 11 con el ánimo enardecido.
El último metro, el de la una de la madrugada está vacío en esta noche de domingo. De momento me planto en Opera tomando mi tercera cerveza y consultando mi hoja de ruta. Ahora me doy cuenta que estoy agotado, pero así es el rockanroll. Recuento los discos entregados: Ayer sábado 9 destinos y 7 discos entregados. Hoy domingo 4 destinos (mucho más alejados uno de otro en el plano) y 3 discos entregados: total 13 destinos y 10 discos. Ya es tarde para regresar al Honki-Tonk, no tengo ni ganas ni fuerzas. Me tomo un whisky y me voy a mi linda habitación a dormir.
En el disco-pub de ayer, justo debajo de mi hostal no sirven una copa más a pesar de tener clientela renuente todavía. Muy cerca he creído ver un club con portero en la puerta. Me acerco y le pregunto si le parezco digno de entrar; El hombre me franquea el paso con una sonrisa. El club se llama El Perro de La Parte de Atrás del Coche, y es un subterráneo. En la barra pregunto, ya por puro vicio, como si fuera mi única frase, mi monomanía, si hacen conciertos. He observado que hay un escenario al fondo de otra sala adyacente donde hay chicas bailando House. El barman afirma y me indica quién es el encargado. Tengo un último disco en el zurrón que en teoría debía haber entregado al Honki – mi destino Nº 5, cerrado a cal y canto- y no quiero irme sin entregarlo, aunque sea a un mendigo o a un yonqui. El encargado de “El perro de la parte de atrás del coche” toma mi atadillo de CD y dossier y como hacen “todos”, pues ya me sé la historia, lo guarda en un cajón...prometiendo.
Un poco mareado salgo saludando al portero de mi inesperado, trastocado y último destino Nº 14 de la ciudad de Madrid, tan maravillosa y hospitalaria.
En el hostal, envuelto en sombras sobre el sillón raído, aún está leyendo a Kenzaburo Oé el misterioso profesor este de nigromancia con el chaleco sahara y las sandalias abiertas que guarda nuestro reposo y nuestro sueño.
Nos damos las buenas noches.

2 Comments:
At 7:37 PM, Anónimo said…
hola
At 9:22 PM, Rafa Berrio said…
Lo siento.De momento no hay conciertos y no se me ocurre otra razón para escribir. En octubre recomenzamos con galas.Por otro lado he abierto un blog paralelo con otros temas en http://donostia.gugara.com/rafaberrio
Por ahora hay una reseña literaria acerca de Secundarios De Lujo, el libro reciente de mi amigo Juan Velázquez.
Hasta pronto. Rafa Berrio.
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