En La Taberna de Egia. http://www.blog.co.uk/lacruz
Foto y video: http://www.blog.co.uk/lacruz por Cruz Larrañeta
Sábado 13 de mayo de 2006
Esta es La Taberna de Egia. El local donde yo he tocado con Amor a Traición tantas veces en el pasado; el antiguo escenario obligado de todo grupo donostiarra de mi quinta, en gira de bares; la casa de Alfredo, el patrón, músico de jazz y big-band también en sus tiempos. Esta es la misma sala cuyo aforo reventé en la presentación de Canción de Mala Muerte, con Paúl Zubillaga y Cheli Lanzagorta, me acuerdo, allá por el noventayalgo, cuando éramos jóvenes y aún podíamos beber a lo largo de la noche entera, este barrio de Oscoz..., esta calle Virgen del Carmen... (mi batería y mi bajista me miran suspensos, esperando que continúe) ...Uff, qué desgana, muchachos... Qué desgana y qué grima dan estos recuerdos.
Hay que descargar el material. Basta de sensiblerías. Ahora toca el trabajo duro del rock y hay que darse prisa porque la furgoneta está en doble fila.
Arkaitz, el técnico de equipo externo ya ha montado lo suyo cuando entramos. Nosotros vamos metiendo el material. Son las cuatro de la tarde y algunos clientes toman café en la barra. Hay miradas displicentes y curiosonas ante esos tres tíos que pasan con bultos negros de amplificación. El escenario está delimitado por una barandilla de madera y ligeramente elevado del suelo. Hay sitio suficiente para una banda entera, cuánto más para nosotros que hoy venimos en formación de trío y apenas con un cajón rumbero en vez de batería. Igor ha montado un ingenio de percusión con el cajón y un pedal que acciona una pandereta. Por lo demás, Antonio y yo como siempre: guitarra eléctrica y bajo eléctrico. Ha venido a saludarme desde el fondo de la sala el catalán Jordi Rue Cumellas, periodista y estudioso del Donosti-Sound, una eminencia sabionda en grupos locales de esta ciudad. Lo extravagante y paradójico es que nació y ha vivido siempre en Reus. Jordi ha venido especialmente en el tren expreso de anoche para presenciar este concierto y yo le he dejado mi habitación en mi buhardilla de Zabaleta, para que pase el fin de semana.
De la cocina sale con delantal el Patrón del bar, Alfredo. Quién sabe porqué extraña razón ha querido que toquemos nosotros cuando ya hace años que nadie sube a este escenario. Ha tenido problemas con los vecinos y ahora esta excepción conmigo, naturalmente, me halaga. Alfredo tiene un hablar suave y bondadoso, con una timidez que le nace dentro, pero hay un punto de ironía burlona en sus frases cortas. No pone ningún inconveniente a nuestros requerimientos. Viene también a saludar Marta, y no la esperaba aquí. Bella como siempre, alegre y más que expresiva, apasionada, observo los visajes de su rostro cuando me habla, los ojos en blanco por segundos, los labios en raras curvas. Es del gremio del baile, pero acaso sea también gran actriz. La bailarina me cuenta que ha montado una tienda de cultura Hip-hop justo enfrente de La Taberna. Luego le visitaremos.
Igor y Antonio están terminando de montar el back-line. Nos ha costado realmente colocarnos y posicionar el escenario, quizá por la misma sencillez que plantea un trío. También es cierto que lo hacemos así por primera vez, sin Yone, sin Virginia, sin Josetxo al piano, probando un poco el concepto que llevaremos a Madrid a finales de mes, hasta el Rincón del Arte Nuevo.
La prueba de sonido ha concluído hacia las seis. Arkaitz ha trabajado de maravilla atento a todos mis remilgos y mis quejas. Me ha dicho si tengo algún inconveniente en hacer el concierto sin su asistencia. Está con su novia, es sábado, y quiere tomarse la noche libre. Vendrá después, al término, para recoger su equipo. Me parece raro, me parece un exceso de romanticismo, pero acepto. Ha llegado a mi lado mi querido Joshemari Huarte, la lealtad encarnada, discreto y diligente como acostumbra y qué hermosa virtud. Tenemos dos horas antes del bolo para dar una vuelta por el barrio. En la tienda de Marta se venden camisetas, pantalones, rotuladores gruesos para el graffiti, accesorios para la marihuana, gorras de béisbol, y en fin, el equipo necesario para poder rimar un rap haciendo cuernos con las manos y que resulte creíble, para uno mismo al menos. Es un local pequeño con entreplanta muy bien montado y dispuesto. Estamos un buen rato de cháchara y francachela manoseando el género y probándonos gorras americanas. Marta nos enseña fotos suyas bailando break-dance en posturas imposibles. Ahora la admiración se multiplica. Quizá por esas sofocantes contorsiones alguien ha dicho que necesita un trago, y de lo fuerte. Decidimos salir a la Cata, el bar más castizo (o habría que decir jatorra) de los alrededores. Veo un cartel en la puerta que marca el 50 aniversario de esta taberna. Me lo van a decir a mí...Yo lo tengo en mis recuerdos de niñez y adolescencia, claro que sí. En los albores, por aquí, por esta misma plazoleta, por estos pasadizos oscuros, pasaba yo mis mañanas de novillos a clase. Acaso más numerosas que las jornadas de asistencia al colegio. Por esta misma calleja pasaba yo a diario cuando bajaba Jai-Alai camino del Corazón de María, ya con dieciséis. Muchos años después, también aquí en La Cata, nos reunimos la familia entera, una tarde de marzo, para comer tras el entierro de Papá en Polloe.
(Detesto venir a Egia. La sensación de fugacidad, de inanidad, de evanescencia, se me hace muy desagradable y melancólica).
¡Ha llegado Gemma! ¡Afuera tristezas! ¡Otra ronda, jefe!
Le doy instrucciones para que, por una vez, por una puñetera vez, pongamos discos a la venta en el concierto, y quiero que se encargue ella de eso. Pido en la barra cambios de billetes de 20 euros para que tenga a mano para los posibles compradores. He preparado un cartelón grande que anuncie el punto de venta. "HARRESILANDA: 10 EUROS. Gemma, que en el fondo tiene un alma comercial y pragmática, está encantada con su papel. Es seguro que de niña jugó a tiendecitas, con mercadería de cantos rodados y caracolas.
Vemos que van llegando a este bar de La Cata, tan cercano a La Taberna de Egia, un cierto público que irá a ver nuestro concierto. Por aquí está mi amigo Juan Agirre, fan recalcitrante de Deriva y asesor fiscal de mis chanchullos; Cruz larrañeta, que ha dejado a su niño Samuel con su padre y no para de mirar con angustia el teléfono celular; mi hermana Nieves y su amigo Juan Carlos; por aquí anda Txua, patriarca del rock en Donosti, con su mirada líquida, el bigotito cano y el corpachón imponente y erguido tal que un mástil; por ahí he visto también al gran artista Diego Matximbarrena, huidizo y como conspirando contra el mundo; estas dos chicas mismas que no conozco tienen pinta de venir a mi concierto...y son guapas por añadidura.
Amigos míos, son las ocho; tomen ustedes su última cervecita tranquilamente, sin prisa; en breve iremos todos en grave procesión a La Taberna, como los toreros o como los cofrades. Apenas hay que andar la calleja, cruzar la carretera, tomar la puerta y atravesar la sala, doblar a la izquierda y subir a la tarima del escenario. Cuando las luces se apaguen y el presente discurra hacia el futuro, tendremos un recuerdo más que añadir a la lista de recuerdos. Triste, si el momento es alegre; Deleitable si el momento es triste.
Sábado 13 de mayo de 2006
Esta es La Taberna de Egia. El local donde yo he tocado con Amor a Traición tantas veces en el pasado; el antiguo escenario obligado de todo grupo donostiarra de mi quinta, en gira de bares; la casa de Alfredo, el patrón, músico de jazz y big-band también en sus tiempos. Esta es la misma sala cuyo aforo reventé en la presentación de Canción de Mala Muerte, con Paúl Zubillaga y Cheli Lanzagorta, me acuerdo, allá por el noventayalgo, cuando éramos jóvenes y aún podíamos beber a lo largo de la noche entera, este barrio de Oscoz..., esta calle Virgen del Carmen... (mi batería y mi bajista me miran suspensos, esperando que continúe) ...Uff, qué desgana, muchachos... Qué desgana y qué grima dan estos recuerdos.
Hay que descargar el material. Basta de sensiblerías. Ahora toca el trabajo duro del rock y hay que darse prisa porque la furgoneta está en doble fila.
Arkaitz, el técnico de equipo externo ya ha montado lo suyo cuando entramos. Nosotros vamos metiendo el material. Son las cuatro de la tarde y algunos clientes toman café en la barra. Hay miradas displicentes y curiosonas ante esos tres tíos que pasan con bultos negros de amplificación. El escenario está delimitado por una barandilla de madera y ligeramente elevado del suelo. Hay sitio suficiente para una banda entera, cuánto más para nosotros que hoy venimos en formación de trío y apenas con un cajón rumbero en vez de batería. Igor ha montado un ingenio de percusión con el cajón y un pedal que acciona una pandereta. Por lo demás, Antonio y yo como siempre: guitarra eléctrica y bajo eléctrico. Ha venido a saludarme desde el fondo de la sala el catalán Jordi Rue Cumellas, periodista y estudioso del Donosti-Sound, una eminencia sabionda en grupos locales de esta ciudad. Lo extravagante y paradójico es que nació y ha vivido siempre en Reus. Jordi ha venido especialmente en el tren expreso de anoche para presenciar este concierto y yo le he dejado mi habitación en mi buhardilla de Zabaleta, para que pase el fin de semana.
De la cocina sale con delantal el Patrón del bar, Alfredo. Quién sabe porqué extraña razón ha querido que toquemos nosotros cuando ya hace años que nadie sube a este escenario. Ha tenido problemas con los vecinos y ahora esta excepción conmigo, naturalmente, me halaga. Alfredo tiene un hablar suave y bondadoso, con una timidez que le nace dentro, pero hay un punto de ironía burlona en sus frases cortas. No pone ningún inconveniente a nuestros requerimientos. Viene también a saludar Marta, y no la esperaba aquí. Bella como siempre, alegre y más que expresiva, apasionada, observo los visajes de su rostro cuando me habla, los ojos en blanco por segundos, los labios en raras curvas. Es del gremio del baile, pero acaso sea también gran actriz. La bailarina me cuenta que ha montado una tienda de cultura Hip-hop justo enfrente de La Taberna. Luego le visitaremos.
Igor y Antonio están terminando de montar el back-line. Nos ha costado realmente colocarnos y posicionar el escenario, quizá por la misma sencillez que plantea un trío. También es cierto que lo hacemos así por primera vez, sin Yone, sin Virginia, sin Josetxo al piano, probando un poco el concepto que llevaremos a Madrid a finales de mes, hasta el Rincón del Arte Nuevo.
La prueba de sonido ha concluído hacia las seis. Arkaitz ha trabajado de maravilla atento a todos mis remilgos y mis quejas. Me ha dicho si tengo algún inconveniente en hacer el concierto sin su asistencia. Está con su novia, es sábado, y quiere tomarse la noche libre. Vendrá después, al término, para recoger su equipo. Me parece raro, me parece un exceso de romanticismo, pero acepto. Ha llegado a mi lado mi querido Joshemari Huarte, la lealtad encarnada, discreto y diligente como acostumbra y qué hermosa virtud. Tenemos dos horas antes del bolo para dar una vuelta por el barrio. En la tienda de Marta se venden camisetas, pantalones, rotuladores gruesos para el graffiti, accesorios para la marihuana, gorras de béisbol, y en fin, el equipo necesario para poder rimar un rap haciendo cuernos con las manos y que resulte creíble, para uno mismo al menos. Es un local pequeño con entreplanta muy bien montado y dispuesto. Estamos un buen rato de cháchara y francachela manoseando el género y probándonos gorras americanas. Marta nos enseña fotos suyas bailando break-dance en posturas imposibles. Ahora la admiración se multiplica. Quizá por esas sofocantes contorsiones alguien ha dicho que necesita un trago, y de lo fuerte. Decidimos salir a la Cata, el bar más castizo (o habría que decir jatorra) de los alrededores. Veo un cartel en la puerta que marca el 50 aniversario de esta taberna. Me lo van a decir a mí...Yo lo tengo en mis recuerdos de niñez y adolescencia, claro que sí. En los albores, por aquí, por esta misma plazoleta, por estos pasadizos oscuros, pasaba yo mis mañanas de novillos a clase. Acaso más numerosas que las jornadas de asistencia al colegio. Por esta misma calleja pasaba yo a diario cuando bajaba Jai-Alai camino del Corazón de María, ya con dieciséis. Muchos años después, también aquí en La Cata, nos reunimos la familia entera, una tarde de marzo, para comer tras el entierro de Papá en Polloe.
(Detesto venir a Egia. La sensación de fugacidad, de inanidad, de evanescencia, se me hace muy desagradable y melancólica).
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3 Comments:
At 3:29 AM, Anónimo said…
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At 2:53 AM, Anónimo said…
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