Rafa Berrio - Grupo Deriva

Blog de Rafa Berrio, grupo Deriva

domingo, junio 25, 2006

MADRID.Rincón del Arte Nuevo.


Miércoles 24 de Mayo de 2006.

A las siete de la tarde, en el umbral de Arcco, he recibido una llamada de Elsa diciéndome que ha ocurrido algo terrible. El apartamento que le he alquilado por teléfono, hace ya quince días para mañana en Madrid, lo han reservado y pagado por internet otras personas hoy mismo. Se encuentra también en la web de una agencia que ofrece reserva y pasarela de pago con tarjeta. No puede hacer nada al respecto. Es consciente que lo ha alquilado “dos veces” pero como yo no he puesto señal, soy el que salgo perdiendo. El alto edificio de Arcco me da vueltas en la cabeza, las escaleras mecánicas me zumban en los oídos. De pronto todo se viene abajo. Elsa me pide tiempo para conseguirme otra cosa. Al menos no me deja colgado, pero yo sé que es dificilísimo a estas alturas, con menos de 24 horas por delante. Por mi parte vuelvo a sacar con cara de cretino mi agenda de apartamentos y pensiones de Madrid mientras a mi alrededor todo se vuelve borroso.
Nueva llamada de Elsa: podemos ir a casa de su novio, pero me advierte que vive en las afueras, en una urbanización. Está esperando la respuesta también de una amiga suya que vive en piso compartido. Me pide más tiempo. Las horas pasan. Nueva llamada de Elsa: Parece que ha encontrado una pensión en el barrio de Tribunal, junto a la Audiencia. No es lo mismo hostal o pensión que apartamento, pero ya no puedo ni tengo fuerzas de exigir nada. (En el intervalo, todas mis gestiones han sido desesperadamente inútiles). A dos teléfonos habla simultáneamente conmigo y con la encargada del hostal. Finalmente se arregla todo. El precio por cuatro días (de jueves a domingo) no varía gran cosa. La pena es que el apartamento que ella alquilaba estaba a pocas manzanas del Rincón del Arte Nuevo y ahora en ese barrio de Tribunal, la calle Segovia nos queda excesivamente alejada como para movernos sin coche, por no hablar de desayunos, comidas y cenas, que en un apartamento están aseguradas a precio de supermercado. Respiraciones; estoicismo.
Desde las siete de la tarde hasta las diez de la noche mis nervios han sido sometidos a pruebas y trabajos más dignos de un semidiós como Hércules que a un pobre tipo delgadito y menudo como yo. En la terraza del Lagar he quedado con Gemma. Estoy tan agotado que ni siquiera le cuento nada cuando llega.

Jueves 25 de Mayo. 2006.

He quedado con Igor y Antonio a las 10 de la mañana en el local de ensayo; una cita a la que llego tarde porque tengo mi vida desperdigada en tres casas distintas, y debo recoger elementos de cada una de ellas para completar el equipaje. También la furgoneta me ha dado quehaceres. A pesar de la revisión que me hicieron ayer, es sospechosa de todo tipo de cuelgues funestos y calamidades... pero es lo que hay.
Quiero pasar antes de salir, por el centro de internet de Alza para ver en la página de Campsa la manera de llegar a nuestro hostal, una vez en la entrada de Madrid. Como no quiero rebeliones a bordo, de momento me callo el lío del apartamento ante Igor y Antonio, que aún piensan que vamos a alojarnos en La Latina. He tenido que rellenar una hoja odiosa con mis datos personales para acceder a los ordenadores, y una vez conectado he apuntado las indicaciones que ofrece campsa.com. Un fárrago complicadísimo de M-30 y A-14. No sé si nos servirá para algo. A las doce en punto salimos los tres en dirección Madrid.
Llevamos el cajón flamenco, el ingenio de pandereta accionada por pedal; el ampli de bajo y el ampli de guitarra, las dos guitarras, la bolsa de cables y el equipaje de cada uno de nosotros. Hay una bolsa de plástico grande con la comida que la madre de Antonio nos ha preparado amorosamente para el viaje.
Ya en Tolosa, demasiado lejos para cualquier intento sedicioso, les cuento el brusco cambio de planes que ayer se produjo. Exceptuando unos pequeños y lastimosos ayes de Antonio, no parece que les haya importado mucho la historia del apartamento.
Paramos a comer justo a mitad de camino, provincia de Burgos, en el descampado de un mesón de carretera, junto a una fuente de agua no potable que al menos refresca los sentidos en este día radiante y caluroso. Un pequeño parterre y dos arbolitos nos cobijan. Las amapolas de los márgenes lucen una sangre espléndida de mes de mayo. Antonio reparte la tortilla de patata con precisión ecuánime y algo maniática, y nos sirve el agua de Mondáriz que ha traído. Tomamos café en el mesón viendo el telediario de las tres.
Atravesamos Somosierra; mi mirada clavada en el indicador de temperatura de la furgoneta, con el miedo metido en el cuerpo, anticipando en la imaginación grúas y servicios de asistencia bajo este sol implacable. Pero el motor finalmente responde.
Hemos llegado al laberinto de Madrid y nos hemos perdido sin remedio en una pesadilla de circunvalaciones. Como era de esperar, las indicaciones que llevamos de la Campsa no sirven para nada ante semejante lío formidable. Apenas somos tres donostiarras despistados y torpes, desprovistos de ese instinto y esa fiereza que hace falta para andar por estas periferias de asfalto. Mejor para el taxista que finalmente tomamos en Chamartín, ya claudicantes y agotados. (Cosa estúpida, porque lo más fácil, me doy cuenta, es bajar y bajar la Castellana)

La calle Santa Teresa está muy cerca de la plaza Alonso Martínez. Es una calle simpática, cortita y con edificios nobles de poca altura. No permite el aparcamiento en doble fila porque es estrecha, así que he tenido que dejar el coche esquinado y de mala manera en Argensola. Tenemos que subir todos los trastos a las habitaciones. Dejarlo en mi coche sería insensato porque todo queda a la vista y el concierto no será hasta mañana a medianoche.
Nos recibe la encargada del establecimiento, una mujer jóven y guapa, delicada como una porcelana y de un hablar suave y lleno de dulzura. Igor y Antonio se instalarán en una habitación doble con lavabo ( bajo y batería siempre deben ir juntos ), y yo tomaré una habitación individual en mi condición de compositor y cantante estelar. Nos damos una hora para la ducha y los arreglos personales antes de salir a merodear las calles.
Hemos bajado fresquitos y con los pelos húmedos a tratar de encontrar el parking del barrio. Por el camino vemos una pequeña multitud rodeada de policia. Estamos justo al lado de la sede de Afinsa, y esta gente grita con rabia por la estafa de los sellos. Un poco más adelante vemos la sede del Partido Popular, con sus letronas gemelas y su gaviota cursi, y claro, estamos en la célebre calle de Génova. Parece que aún estuviéramos viendo el telediario de las tres.
Muy cerca del parking hay también Policia Nacional de blanco por parejas en cada esquina, junto a grandes barreras a bandas rojas y blancas que se abren en cada extremo de la manzana. El caso es que la calle nos suena de “algo” pero no entendemos nada. Hemos dejado el coche finalmente en el piso 4.
Queremos pasar por el Rincón del Arte Nuevo para concretar la hora de prueba de sonido para mañana y de paso que lo conozcan mis compañeros. Sentir esta tarde libre por delante, en estas maravillosas calles de Madrid, es algo muy parecido a la felicidad. Igor y yo lo celebramos con nuestras primeras cañas de cerveza admirablemente servidas, con esa insuperable flor de espuma compacta y persistente, marcando el vaso con sucesivos círculos a medida que se trasiega. Antonio, como es su costumbre, se abstiene incluso de agua, y se mantiene un paso por detrás de nosotros, tomando su distancia de la barra.
El anochecer nos pilla en la calle Segovia, frente al club donde mañana tocaremos. Bajando los escalones reconozco a la pareja de chicos encargados de la sala, y ellos a mí. Les saludamos:

-Pues aquí estamos. Hemos llegado esta tarde de San Sebastián.¿ no está Juan, el patrón?
-No. El llegará mañana a la tarde. Está fuera de Madrid. -dice uno de ellos con acento cubano.
-¿Y sabéis algo de la prueba de sonido, a qué hora es, cuándo podemos montar los trastos? –El otro chico de gafas me mira con extrañeza.
-¿Prueba de sonido?; ¿tocan ustedes mañana? ¿en qué posición les ha dicho Juan? –pregunta el cubano.
–Ay, Dios... –Oigo decir a Antonio.
Entre ellos echan cuentas de los grupos que esperan para el viernes. Parece que no entramos en su lista. Lo que es seguro es la actuación de la cantante Connie Philp acompañada por su pianista.
-Juan me dijo por teléfono que a las doce y media o una de la madrugada -les digo.
-Entonces mal lo veo para la prueba.- Es seguro que la Connie Philp se pasará toda la tarde probando. Pero ustedes no se preocupen. Mi compañero y yo lo montamos volando. Dos amplis y una voz.
-Dos amplis, la voz y “un cajón flamenco” –añade con viveza Igor.
-Bien, eso no es nada. No se molesten en venir antes de su hora porque no podrán probar estando la Connie. Mi compañero y yo... ustedes no se preocupen.
-¿Puedo poner un cartel en la puerta? –les digo. -No habéis puesto nada. Ni siquiera salimos en la programación de vuestra web. Nadie sabrá que tocamos aquí si no lo pongo.

Antonio me mira con fijeza, como preguntándome mil cosas. Igor busca en el escenario la forma de colocar nuestro material. He pegado en el tablón de la puerta mi imagen con el vaso y el atril que fotografiara Susana Rico.
Nos hemos despedido, un poco desolados, un poco confundidos. Apenas tres donostiarras subiendo la calle Toledo arriba.


Viernes 26 junio 2006

Me despierto sin resaca porque por muchas cervezas que uno beba, es imposible emborracharse en este Madrid tan caluroso. Lo mismo pasa en Sevilla. Puedes estar en verano bebiendo desaforadamente cubalibres y al día siguiente tan fresquito. Es el clima y la transpiración, supongo. Recibo a las diez y media llamada de la madre de Antonio. Ellos deben estar todavía durmiendo. La tranquilizo como buenamente puedo.
Después de desayunar en el café de enfrente me voy a buscar por ahí un cíber para mirar mi correo y sacar de mis archivos el cartel que me preparó Cruz Larrañeta. Justo a la vuelta del hostal he descubierto un Loreak Mendian. Asomo la cara con la tonta esperanza de ver a Ibon Errazkin, pero quizá mis datos estén confundidos o sean obsoletos, pues hay una muchacha que me mira indiferente desde el mostrador.
He paseado sin prisas y con placer infinito las calles efervescentes de Chueca y en un comercio de erótica gay me han indicado un punto cercano de internet. Leo un mail de Cristina Monge que me anuncia su llegada para el concierto de esta noche. Hay también en mi correo una noticia triste: Ha fallecido el aita de Jabier Muguruza; Ya Mikel Iturria me lo comunicó anteayer por teléfono. En mala hora embromé a Muguruza pidiéndole que me mandara público para el concierto de esta noche. Nunca sabes lo que está ocurriendo del otro lado.
Vagabundo por las calles me he llegado sin querer hasta el Café Gijón, sagrado como un templo para los que creen que la literatura es lo más valioso de la existencia. No puedo pasar de largo sin hacer una pequeña parada como el peregrino devoto que se sienta en los bancos de la ermita románica para orar un momento.
Recibo llamada de mis músicos. A su vez han estado haciendo turismo por Sol y Gran Vía y ahora deberíamos juntarnos para comer. Yo ruego que sea muy cerca del hostal para que la siesta no tenga demora. De paso aprovecho para hacer un recado a mi hermana Nieves, que encargó un libro raro de Galdós para el trabajo que está haciendo sobre el mito de Electra, y me ha pedido que pregunte por ello en una librería de esta calle de Hortaleza.
Me reúno hacia las dos y media con mis chicos en el café que hay frente al hostal. Igor (que se está enamorando de la camarera guineana que nos sirve) me cuenta con placer sus hallazgos de la mañana. Antonio, más pragmático, ya ha fijado las tres opciones que tenemos para comer en los alrededores: una pizzería espaciosa de menú barato, un típico bar obrero con menú del día y un restorán asturiano muy antiguo de mármoles blancos y gastados, con plato de fabada bien barato. La opción última se nos cae porque está completo. La pizzería nos hace torcer el morro un poco; el bar obrero se lleva el gato al agua. Y qué menú, señores. Sólo la tele gigante encendida empaña un poco nuestra felicidad. Extiendo un billete de los grandes a mis compañeros y apenas tomo el postre, consciente de mi mala educación, me voy a paso ligero, calle abajo, a mis aposentos.
Quizá como castigo a la codicia del sueño no he dormido ni pizca. Pero al menos he emitido tranquilizadoras ondas beta.
La tarde la hemos dedicado a ensayar en la habitación doble de mis compañeros. Ajustando el repertorio, fijando las cejillas de cada tema, escribiendo las hojas de orden. Incluso hemos llegado a cantar muy bajito para comprobar el dúo de Antonio en “La misma mujer distinta”, mientras Igor golpeaba el asiento sordo de un sillón.
Tenemos mucho tiempo por delante y quiero enseñarles algunos de los clubs donde tocaremos el próximo otoño. Cristina Monge ha venido en avión a Madrid desde Barcelona para el concierto y debemos ir a su encuentro a la puerta de la SGAE donde nos hemos citado por mensaje. Una vez con Cris, le recuerdo cómo nos vimos en parecidas circunstancias en el Mercado Central de Valencia y ahora, de nuevo en ciudad extraña, recibimos su apoyo caluroso. Ha venido cargada con una cámara de video y su pretensión es filmar cada detalle de nuestra correría madrileña. Ha sido menester repetir dos veces, como si se tratara de una película, la pegada del cartel con mi fotografía que hemos puesto en plena plaza de Chueca abarrotada de gente, para que la filmación no desmerezca.
El Buho Real está cerrado a causa de una fiesta privada de guiris. Al menos Igor y Antonio han visto la puerta. Un nuevo cartel ha sido fijado en el muro y convenientemente filmado por Cris. El Libertad-8 está recién abierto, pero no está el encargado. Nos acercamos al escenario para que vean lo que es bueno. Quiero ponerles los dientes largos, y, efectivamente, Igor lo ha encontrado interesante, pero el comentario de Antonio ha sido desfavorable por ¡el aire acondicionado! Tiene un miedo atroz a enfriarse y no se desprende de su cazadora vaquera ni bajo este sol ardiente de los madriles que Sabina comparó a “una estufa de butano”.
Para ir a El Juglar tomamos metro hasta Lavapiés. Es nuestro primer viaje en lo que va de estancia y mis compañeros van un poco abrumados por el trajín subterráneo. También está cerrado todavía El Juglar, de modo que nos tomamos nuestras cañitas en la cercana y maravillosa Casa Montes esperando la apertura. Cada botella de vino expuesta tiene allí su leyenda y su moraleja, escrita a mano por el patrón en versos populares. Las cañas corren de mano en mano derramando humedad en torno a los grupos de amigos que beben gozosamente. Las tapas que sirven como complemento a la consumición son sencillamente sublimes además de generosas y variadas. Nos ha tocado en la primera ronda unas tostadas de queso azul con aceitunas negras y en la segunda unos embutidos muy curados y deliciosos. ¡Y esto es gratis! Para colmo el patrón nos permite colocar nuestro cartel sin problema en los muros de esta taberna bendita. Ojalá que permanezca por siempre, mi cartel y la taberna.
Hemos recalado en el Café Barbieri para terminar nuestra visita a Lavapiés. La última vez que estuve no pude visitarlo y es imperdonable. Siempre digo a mis amigos poetas que si una estrofa se les resiste y una vez sentados en el Barbieri se les sigue negando, o bien desechen el poema, o bien abandonen la poesía. Todo el mundo debería tentar la musa sentado en estos increíbles veladores de mármol y bajo los grandes espejos turbios del Barbieri. Una copa de brandy creo que es lo perfecto para empezar un nuevo soneto, o retomar la rima difícil que tenemos pendiente, bien acomodado en las bancadas de raído terciopelo púrpura, pluma en mano, y conscientes de la banalidad de todo lo que nos rodea (los espejos turbios) y de las generaciones de poetas muertos y caídos en el olvido que una vez escribieron también en este viejo café maravilloso.
Está anocheciendo. Debemos acercarnos a nuestro barrio, sacar el coche del parking para cargar el equipo y llegarnos hasta el Rincón con tiempo por delante. No quisiera perder la oportunidad de una prueba de sonido previa, a pesar de las advertencias disuasorias de los encargados. Cuando he llegado al parking he reconocido por fín el enigmático edificio rodeado de policía. Es el Tribunal Supremo (o Palacio de Justicia, no sé muy bien) y enfrente el Consejo General del Poder Judicial. Un estremecimiento de horror me corre por el cuello, espalda abajo, seguido de una contracción involuntaria de los testículos.

Salgo cabreado del parking haciendo cuentas, escandalizado con lo que he tenido que pagar por 24 horas, mucho más que el coste de “una persona” una noche en el hostal, por ejemplo. Ya en el portal me esperan mis compañeros con los trastos. Cargamos la Espace y salimos a la plaza Bárbara de Braganza.
En realidad no tenemos ni idea de cómo llegar a la calle Segovia. Despliego el plano. Justo en ese momento de zozobra nos viene en nuestra ayuda un aparcacoches oficial y uniformado de un club próximo. Ante su pregunta de adónde nos dirigimos le contesto que quién es él y qué le importa. Una grosería imperdonable por mi parte pues ha venido con su mejor voluntad. Aún no me acostumbro a este amabilísimo pueblo de Madrid. Nos hace la explicación de la ruta y ya con mejores modos le agradezco las indicaciones.
Igual que ayer, tampoco nos sirven de nada las referencias, malogradas ante la primera bifurcación compleja que se nos presenta. Ahí vamos, lanzados por nuestro carril, sabiéndonos perdidos, con la esperanza que nuestra calle aparezca por arte de magia ante nuestras narices. He detenido el coche en una rotonda, le he hecho salir a Igor, y le he metido en el primer taxi con luz verde que ha parado. Al chófer le he advertido que voy detrás de él en mi Espace y que no corra como un demonio. Es un taxista cubano ya de cierta edad, rozando la vejez.
De momento ya ha girado sospechosamente remontando todo aquello que habíamos recorrido. Por grandes avenidas llegamos a unas calles algo más pequeñas. Me da la sensación que está haciendo el camino más largo. De pronto nos vemos envueltos entre una multitud de gente paseando las calles semipeatonales. Descubro con horror la plaza Santa Ana, al fondo, que sé perfectamente que hay que evitar a estas horas de la noche del viernes. La marcha lenta se convierte en atasco inmóvil. Entre una cosa y otra han dado ya las doce y diez de la noche. Veinte minutos para el principio del concierto. Salgo de mi coche, me acerco al taxi y por la ventanilla abronco al taxista cubano. Veo a Igor en la penumbra del asiento de atrás, sin habla y con cara de asustado.
Regreso a mi Espace; la cola de coches ha recorrido cinco metros y de nuevo el freno de mano. Los porteros de las discotecas nos miran despreocupados. El gentío abarrota las terrazas de los cafés. La gente pasea. Las músicas de los locales se mezclan como en una pesadilla. Salgo del coche; la cola llega hasta el final de la plaza y aún nos quedan 150 metros al menos. Empiezo a sentirme realmente enfermo.
De nuevo voy hasta el taxi. Esta vez le ruego por todos los SANTOS, por la VIRGEN, y por lo que más QUIERA que nos saque de ESTE atasco responsabilidad suya. El cubano me mira con sus grandes ojos redondos, defendiéndose con un acento meloso. Nuevos quince metros avanzados. Antonio, a mi lado, amarrado a su cinturón de seguridad, está enmudecido y alerta, devorado por ansiedades... Recorremos otro pequeño tramo.
Por tercera vez, ciego y loco, salgo de mi coche hacia el taxi. Le explico con un deje desesperado que tenemos un concierto esta noche muy importante y que DEBE sacarnos de esta maldita plaza donde EL nos ha metido. No me importa pagar más o menos. En diez minutos DEBEMOS estar en la calle Segovia. El taxista recomienza sus explicaciones anteriores. Le corto en seco. DEBE sacarnos de allí. ESO ES TODO. Regreso al coche comprendiendo la inutilidad de mis palabras. Subido de pie a la puerta de mi furgoneta, atisbo, cinco vehículos en cola más adelante, un coche de la policía municipal también retenido. Decido llegarme hasta él, imaginando ya la conversación y la excusa que voy a poner para que NOS ESCOLTE con SIRENA hasta la salida. En ese momento la cola avanza, parece que estamos cerca ya. Yo conduzco contra las normas de la cortesía, le doy luces a mi taxi para que espabile, empujo. Al fin salimos de Santa Ana.
A las 12,33 horas llegamos a la puerta del Rincón del Arte Nuevo jadeando.

Las cosas no son nunca como uno piensa. Cuando abro la puerta aún escucho música en directo proviniente del escenario. Le hago una seña al barman. Me hace con las manos unos signos traducibles por: “Aún quedan quince minutos de bises y luego tranquilamente vosotros”. Flaqueándome las piernas, con las orejas calientes y la mente embrutecida, le pido también por señas un whisky seco que me bebo de trago. En la calle está Igor contando sus impresiones a Antonio acerca de mis “visitas” al taxi.
El coche en doble fila, abierto el portón trasero, nos sirve de camerino. Cristina Monge nos estaba esperando. Por fortuna veo que no hay nadie más conocido por los alrededores. Disponemos las guitarras, afinamos y preparamos los cables en el maletero. Cristina ha filmado una escena en la que yo canto para calentar la voz “Quién lo impide”, recorriendo a grandes pasos las inmediaciones del Rincón, guitarra en mano.
En el club aún se oyen aplausos y nuevos bises. Una salva de aplausos más sostenidos nos indica que quizá haya terminado la actuación.
Me adentro entre la gente y me dicen los encargados que hay que esperar a que recojan y retiren los aparatos del escenario, pero veo al pianista que sin ninguna prisa está en la barra, copa en mano, recibiendo saludos y efusiones de su público. Veo a Igor intentando montar su humilde cajón flamenco entre el piano electrico del escenario (en realidad sólo hay eso y un pie de micrófono) pero parece que el pianista se ha sentido molesto por nuestra prisa impertinente. ( No tendría ninguna si mi equipo estuviera montado ya y la prueba de sonido asegurada, señor. Pero lo cierto es que tocar un repertorio de hora y media es ya de por sí muy cansado, usted lo sabe; cuánto más no será hacerlo inmediatamente detrás del montaje y las fastidiosas pruebas. Añada usted los nervios. Y advierta usted que ha pasado más de media hora de la hora inicial anunciada, y aquí seguimos, señor, en la puta calle y afinando en la parte de atrás de la furgoneta en doble fila.)

El escenario del Rincón es una plataforma de 1 metro cuadrado algo elevada. Inmediatamente veo que Igor no luce nada bien subido ahí encima. Decido colocar los amplis del bajo y la guitarra a modo de bancos donde sentarnos y buscar un sitio en el suelo al cajón y la pandereta. En tan poco espacio las cabezas se nos chocan tratando de encontrar el cable de corriente o la punta del jack. Los cables se amontonan inútiles en su largura. Cuando coloco mi guitarra dejo sin movimiento a Antonio. Cuando Antonio logra al fin desplegar el pie de micrófono, me deja a mí esquinado y de perfil, y con peligro para el cuello de Igor. Para montar aquí, de este modo improvisado y entre el público que entorpece, hay que ser al menos Houdini el mago. Igor ha colocado su ingenio en el suelo, junto al único reservado vacío, pero en vano: el camarero le pide que deje libre el espacio porque necesita la mesa inmediatamente. Igor le mira incrédulo. Haciendo ejercicios de imaginación logramos colocar la percusión en su sitio, con un márgen de tolerancia en la medida igual a cero, tal es de reducido el espacio.
La prueba se reduce a decir dos veces “SI; VA; SI; VA. UNO-DOS” . Decidimos, a falta de micrófonos, sacrificar los dúos de Antonio para emplear el único existente, además del mío, en el cajón flamenco. Sin solución de continuidad me preparo para dar comienzo el recital. Busco un sitio y realmente no sé dónde dejar el cubalibre que he pedido. Quizá por asociación de ideas pienso con aprensión en el coche, que sigue en doble fila. No quiero imaginar que alguien quiera salir y se ponga a tocar la bocina durante el concierto.
En el último momento vemos que la mesa que tenía reservada el camarero es ocupada por nuestros amigos Diego Vasallo y Joserra Senperena, acompañados de Eva Amaral y Juan Aguirre. Imposible reunir mayor talento en una misma mesa, y un honor grande para nosotros.
En un velador del fondo está solitaria Cris Monge. Veo también al donostiarra Gonzalo Rández, fan ultra de Deriva y segunda voz de “Perfecto en soledad”, en el disco Planes de fuga, como cantante que fue del grupo 2AM. Cámara en mano, está sentado junto a su mujer en un velador que queda a mi derecha. A mi izquierda distingo a los también donostiarras ciudadanos de Madrid, Arantza y Esteban, una pareja muy distinguida que yo he conocido desde los tiempos del Donosti-Sound por las calles de San Sebastián. Juan Garvia, el patrón de este club, nos observa desde un rincón escondido de la derecha. Algunas personas ocupan el ámbito separado de la barra.
Justo debajo de mí, hay una mesa numerosa de gente jóven atenta al discurso de uno de los chicos. A plena voz está interpretando las cartas de un tarot desplegado en la mesa. Como quiera que se refiere a una chica muy atractiva del grupo, el muchacho está embriagado con sus propias predicciones y augurios. La chica en cuestión lo escucha con toda su alma. Otra chica, también sobrecogedoramente guapa, con unos grandes ojos caramelo, se da cuenta de pronto que algo pasa en el escenario: hay tres músicos que esperan amablemente a que concluya la sesión de tarot, esbozando en suspenso las notas ascendentes de “Te quiero-escríbelo en una barra de hielo”. (Tal vez por hacer tiempo, Antonio me dice al oído que la chica de los ojazos color ámbar es Olivia Molina, la hija de Angela. Al principio no he comprendido bien.)
Finalmente el oráculo se levanta inesperadamente y sin despedirse atraviesa la sala desapareciendo. “Siempre hace lo mismo” oigo decir a uno de ellos. “Muy interesante”, pienso.

Por fin puedo encadenar los acordes plenamente, sintiendo toda la atención sobre la canción que canto. Ya somos felices: el concierto ha dado comienzo.

1 Comments:

  • At 10:30 PM, Jimmie Rodgers said…

    ¡Queremos más!

     

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