Rafa Berrio - Grupo Deriva

Blog de Rafa Berrio, grupo Deriva

domingo, octubre 22, 2006

En El Juglar de Lavapiés.

De la barra del Kursaal partió esta ola
y en Lavapiés rompió. Pero sin fuerza ninguna.
Madrid, rompeolas de las españas:
Me debes una.


Jueves 12 octubre. 2006

Aún no ha rayado el alba y ya estoy haciéndome un té chino en la cocina. He quedado con Igor y Antonio a las 8,oo de la mañana en la estación del Norte de San Sebastián para tomar el tren que sale a y media, y voy cargado como un dromedario del desierto. En la mano derecha la guitarra eléctrica, sobre los hombros la mochila de viaje con la ropa, y en la mano izquierda el maletín con la nueva Tonelab que simula un amplificador de guitarras, más los cables, la armónica, el atril, los cuadernos, juegos de cuerdas y demás impedimenta necesaria para esta farsa de los conciertos. Veo el amanecer cruzando el paseo de Francia.
Hay una temperatura cálida y un aire denso típico de octubre. Mi base rítmica ya está rondando el café de la Estación. También ellos parecen de mi caravana touareg. Igor carga con su cajón flamenco y una gran mochila con los herrajes para su pandereta accionada añadido a sus cosas personales para estos tres días; Antonio sale mejor parado: el bajo en la mano y una bolsa de viaje en la otra. Somos una banda de rock en sus fundas. Cualquier amante del látex se pondría caliente de pensarlo. Nos da tiempo justo para tomar un café.

Hemos llegado a Chamartín a las 3 y cuarto. El viaje no ha tenido novedad excepto el áspero cruce de palabras que he tenido con el revisor después de que me llamara la atención, ladrándome a la salida del lavabo, en el rellano del vagón, porque ha supuesto que yo he fumado ahí adentro. Como quiera que no había prueba ninguna de ello me he indignado y le he levantado el dedo índice, más que nada por el tono que ha empleado, porque ciértamente había dado dos o tres chupadas al farias y luego lo había guardado de nuevo en el tubo hermético. Por lo demás he ído leyendo todo el trayecto a Raymond Chandler. No quiero olvidar que una vez más la madre de Antonio nos ha confeccionado una estupenda tortilla de patata que hemos devorado una hora antes de llegar a Madrid.

Hemos tenido suerte con el metro siendo día festivo. Debemos hacer el viaje de Chamartín a Gran Vía y nunca había viajado con tanto desahogo. En Gran Vía buscamos la calle Valverde donde está nuestro hostal. Veo con sorpresa que el bar inmediato al portal ya lo conocía de otras veces aún siendo anodino y nada memorable, excepto por su nombre, “El Cochifrito”, que ya tiene gracia. Subimos con nuestros trastos al hostal, situado en el último piso de la casa. Una señora de mediana edad nos recibe. He formalizado el pago y nos ha enseñado las habitaciones. Como de costumbre mi base rítmica en comandita y el cantautor a solas con su miedo. El hostal es un piso antiguo de largo pasillo. Parece limpio y resulta acogedor. Las habitaciones tienen estrechos balcones a la calle Valverde. Mirando desde el mío, en la hora de descanso que nos hemos dado antes de salir por ahí, veo la parte de atrás que descuida el coloso de la Telefónica recortado sobre un cielo azul purísimo, y calle abajo la suave cuesta de Valverde jalonada de bonitas casas burguesas decimonónicas. Un coche pasa despacio con la música a todo volúmen. La voz de Eva Amaral llena de pronto la calle y lentamente se desvanece.

Salimos a media tarde a caminar sin rumbo. Decidimos visitar Malasaña para que lo conozcan mis compañeros. Nuestro plan primigenio es no hacer nada, tomar cañas frescas y a la noche hacer una visita al Rincón del Arte Nuevo, donde he medio quedado con Juan Garvia, el Patrón. También quiero llamar por teléfono a Tontxu Ipiña, el cantautor bilbaino que llegó a Madrid hace 10 años y se asentó con cinco LP,s y cierto éxito a partir de sus recitales en el Libertad-8. Los amigos con Sanchís y Jocano - concretamente Santi Gasca- me han facilitado su teléfono y su referencia mo contraseña de entrada a ese café-cantante que algunos llaman “Templo del Cantautor”. Todo queda entre artistas.

Tomando tono con unos moscateles por la calle de la Palma y después de visitar la Plaza del 2 de Mayo, hemos cruzado y subido San Bernardo hacia la glorieta de Bilbao. Como primera lección, el azar ha querido que entremos en la taberna Sagasta, justo a la vuelta del café Comercial, para que nosotros, vascos desaboríos, (eso sí: honestos a carta cabal) sepamos lo que es la cordialidad y el trato de gentes de los madrileños. He pedido un vino dulce y el patrón me ha propuesto un vino hecho en casa con genciana y canela, embotellado en frascas de boca ancha. Igor ha aceptado otro, pero la ronda primera era sólo para probar el vino. Relamiéndonos, hemos terminado nuestro vasito y de nuevo los ha llenado, esta vez acompañados de tres tapas de sobrasada extendida en pan. Charlando con este señor acerca de todo y de nada, ha vuelto a llenar los vasos por tercera vez y nos ha colocado un plato de zarzaleñas sobre el mostrador.
El vino ha resultado ser glorioso y la cuenta final irrisoria: menos de tres euros.

Acercándonos a la sala Clamores, sólo por echar un vistazo, discuto con Igor acerca del dilema Eléctrica-Acústica. Parece que tenía guardado este problema y ahora a iniciativa suya me veo rebatiendo inutilmente. Para él, un autor como yo debería tocar necesariamente con guitarra acústica, “porque es lo normal”,”es lo que hacen todos”. Yo le respondo que de hecho poseo una acústica bien buena, pero no me importaría nada tirarla al río Urumea, o ponérsela entre los brazos a un pobretón de la calle, porque me aburre sobremanera el sonido domesticado e inofensivo de las acústicas. Cuando le hablo a Igor de “mainstream” o de “concepto” parpadea al infinito y mira como pidiéndo ayuda a Antonio que calla prudentemente. La controversia nos ha llevado hasta Clamores sin darnos cuenta. En la puerta hay una pareja que han reconocido a Igor. Son amigos de Pamplona y están pasando el puente del Pilar por los madriles. Parece ser que mañana visitan un parque temático llamado Labarner (o algo parecido) que hay por los alrededores .
Clamores está aún cerrado al público pero haciéndonos pasar por músicos hemos podido espiar un poco la sala para deleite de mis compañeros. Cuando salimos amablemente expulsados por la reponsable es ya de noche sobre Madrid.

Juntando coraje finalmente decido llamar por teléfono a Tontxu tal y como habíamos quedado que hiciera recién llegara a la ciudad. Parados los tres en una esquina de la calle Luchana mis compañeros esperan atentamente a que la comunicación se produzca. Después de 18 minutos de charla, mientras caminábamos a tontas por cualquier acera, he colgado el móvil avisando con una sonrisa de satisfacción a Antonio e Igor que tenemos una cita importante esta noche en el Libertad-8 con el famoso Bilbaino.

Se va haciendo tarde y es necesario comer algo aunque sólo sea para seguir bebiendo en pie. Caminando y charlando llegamos hasta Valverde para recoger un par de discos de la mochila y decidimos cenar en el Cochifrito, justo debajo del Hostal. Yo que llevo régimen cuasi-vegetariano se me van los ojos tras las fuentes rojas de callos y menudillos expuestos en la barra y no puedo resistirme. Pedimos también ración de ensaladilla rusa, pulpo al ajillo y cervezas Mahou. Hay un público de santos obreros algo bebidos en su día de fiesta y una atmosfera en general muy acogedora de fútbol, solecismo y pueblo llano.
He subido un momento a mi habitación para recoger un disco Harresilanda y otro de Canción de mala muerte para regalar a nuestro anfitrión. Inmediatamente nos hemos puesto en camino por Infantas hacia la cercana calle Libertad.

El Libertad-8 es un bar iluminado suavemente con una larga y alta barra que corre a la izquierda y pequeños bancos y mesas junto a la pared derecha. Los muros están repleto de carteles firmados por artistas parroquianos. En el rellano de la entrada un expositor vende los CD,s de los cantautores asiduos (adictos iba a decir). Entre ellos distingo a uno de los de mi Compañía Hotsak: Rogelio Botanz, medio vasco medio canario. Al fondo del bar, del otro lado de una cortina se abre otra sala perpendicular, más grande y proporcionada, repleta de veladores de mármol donde se desarrollan los conciertos. Más al fondo aún están los baños. Son las 23,oo de la noche, y llegamos puntuales a la cita. Cuando entramos está sonando por los altavoces el concierto de Kiko Tovar que en ese momento actúa en la sala del fondo. Es una canción realmente bonita. Pido un vino dulce y busco con la mirada entre la gente el perfil de nuestro amigo Tontxu. Efectivamente, tenía que haberlo imaginado: Los de casa, se trate del bar que se trate, se acomodan siempre al fondo de la barra, al contrario de los recién llegados que buscan la cercanía de la puerta.
Me he acercado a él y nos hemos saludado a la manera del norte, como dos muchachos jatorras que se encontraran en el Astelena y no se vieran desde hace mucho tiempo. Inmediatamente me ha presentado al encargado de programación del bar, Julián (innecesariamente, porque yo he estado mandando correos a su dirección durante los últimos tres meses y me conoce de sobra) y contrastando agendas, el encargado ha ajustado por fin una fecha conmigo: el 25 de Enero de 2007, jueves para más señas. Las siguientes cuatro horas y media han transcurrido inmóviles en ese fondo de barra, sentados a veces en los taburetes, otras en los bancos de la pared, hablando sin parar del “oficio”: De las oportunidades, de las provincias y la capital, de las galas y los managements, de la obra (lo único que importa) y el catálogo, de la SGAE, de Operación triunfo, (de Bisbal y Alice Cooper o de Nina Hagen y Rosa de España). Hemos tenido la suerte que se añadiera a la conversación, acompañado por su novia, el cantautor Armando (de El expreso de Bohemia) que cambiando de tercio y provocándome con mucha inteligencia, me ha obligado, no sé de qué manera, a entrar al trapo y hacer distingos entre los anarquistas y los estalinistas en su papel durante la guerra civil española, (¡!) para acabar finalmente, metiendo ruido y levantando espumas, aunque ya sin clientela, dando sinceros vivas y goras a Buenaventura Durruti y a Miguel Hernández.

Tontxu y Armando son dos personas excelentes y de gran corazón. He sido acogido en su círculo por una noche con todo cariño y camaradería, pero hay una diferencia fundamental entre ellos y yo: Ellos son profesionales, viven de la canción, y yo no. Quizá esté en un error, pero por lo que adivino de ellos, sólo pido una cosa: Virgencita, Virgencita: que me quede subterráneo como estoy.
A las 4,oo am todavía había una fiesta en una casa particular pero en el portal de entrada me debió dar un ataque de extrema lucidez y las últimas palabras de Tontxu sonaron entonces decisivas: “Si mañana tienes concierto, es mejor que te retires ahora”


Viernes 13 octubre.


He desayunado un té Hornimans en el Cochifrito a mediodía. Por el espejo del mostrador sé que no tengo hoy mi mejor cara. Sin embargo y a pesar de todo me siento fuerte y animoso. Acostumbrado a la cruda como estoy, sólo me molesta la terrible sequedad en los labios de este clima madrileño mezcla de meseta y polución. El día luce como ayer purísimo y de temperatura más que agradable. El cielo azul incomparable hace honor a la leyenda de Felipe segundo. De pronto siento que estoy en Madrid, oigo rugir cerca la Gran Vía y el corazón me da un vuelco de emoción.

Paseamos la calle Valverde arriba por la plaza de San Ildefonso y Corredera Alta buscando distraídamente un restaurante por los rincones mientras hacemos hambre. Igor y Antonio van comentando los acontecimientos de ayer, las anécdotas y los extravíos. Lentamente, a medida que comienza a fluir lo que tengo en las venas me voy recuperando de la papa y sintiéndome mejor. Vemos que muchos balcones y miradores conservan de la fiesta del Pilar de ayer banderas y mantones engalanando las forjas. No conocía esta tradición popular y me ha gustado mucho observarla. Quizá en uno de esos balcones viva aún (me digo) Fortunata o Max Estrella, quién sabe.

Igor ha propuesto una pequeña taberna de las nuestras a 8 euros el menú para comer. No me gusta demasiado pero tampoco tengo hambre suficiente, la verdad. El comedor está en una sala ciega al fondo y nada más entrar se detecta el olor dulzón y barato de los ambientadores: esto ya es malum signum. Dos obreros en dos mesas separadas miran en la tele los resultados del partido de ayer frente a su cáscara de plátano correspondiente. El camarero es un señor grueso y calvo con cara de hogaza de pan. Y buena persona, a juzgar por la calma con que se ha tomado mi queja acerca del ambientador. Finalmente lo ha desenchufado y ha encendido el aire acondicionado durante un momento. No he podido comer sino un poco de caldo de marmitako y una diminuta pechuga. El resto me lo he envuelto en colhogar, incluído el plátano, y lo he guardado en el bolso. Mi base rítmica tampoco estaba muy en forma.

Después de la sagrada siesta en el hostal hemos quedado para repasar como siempre el orden de las canciones y las incidencias de repertorio (cejillas, coros, nuevos arreglos) en la habitación doble de Igor y Antonio. Me gusta mucho este momento de intimidad reconcentrada con mis compañeros. De pronto las colchas, los espejos, las mesas, todo lo que es ajeno y remoto en la habitación se llena de mis títulos y mis folios de letras. Las guitarras tan familiares y cotidianas se apoyan en esquinas de cuartos que apenas significan un tránsito desapercibido para nosotros. Además esto me hace sentirme muy de gran ciudad. No es el caso, pero la composición en los hoteles o en las pensiones tiene un no sé qué de romanticismo que quizá sea tonto pero ciertamente efectivo. (Por un momento he recordado cuando me alojé durante treinta oscuros días en el Hostal Fernando ¡de mi propia ciudad! con el único objetivo de escribir todas las letras de “Planes de fuga” y ciertamente salí con el cuaderno lleno de textos). Otra cosa es componer a la guitarra en una habitación con tabiques de cartulina. Eso nunca podría hacerlo y ni siquiera lo he logrado superar en ninguna de mis casas, en las que siempre he sospechado neuroticamente el fisgoneo de las paredes.

A las 18,30 salimos cargados con todos los bultos hacia el metro de Callao, que tiene línea directa con Lavapiés. Apenas son cuatro o cinco manzanas pero ahora el tráfico humano de la Gran Vía es insoportable. El mástil de la guitarra estorba por todos lados. Una muchedumbre movida por infinitas voluntades y destinos parece dispuesta a arrollarme contracorriente. Finalmente la estación de metro y apenas dos paradas bajamos en Lavapiés.

El encargado de la sala, Tomaso, ya está dentro del bar en penumbra cuando llegamos. He hablado varias veces por teléfono con él pero no nos conocíamos cara a cara. Es un chico serio, de indumentaria discreta y estatura menuda, y luce un fino bigotito, signo de alguna extravagancia interior. Tiene un habla castiza y ese pronunciado acento de los madriles que convierte las eses en ges.
A punto de desmontar del escenario el tinglado de los Dj,s, ha llegado el ténico de sonido de la sala. Entre él y Tomaso van cableando y disponiendo monitores y jirafas, en un trabajo conjuntado y eficaz. Se ve que tienen una práctica diaria en esto. Como no es cuestión de estorbar he estado haciendo tiempo leyendo la multitud de inscripciones en las paredes de los camerinos. Fechas lejanas, frases sin aparente sentido, nombres de bandas. Yo mismo he estampado melancólicamente mi nombre y la fecha sobre un pequeño hueco que queda aún en el estuco verde, quién sabe para qué o con qué motivo.
También me he dedicado a montar los tornillos del porta-armónica, que por primera vez voy a usar en un concierto para los intermedios de la canción La, la, la. Sólo tengo la armónica de Re Mayor y aunque lo hago fatal, me hace ilusión colocarme este aparato al cuello a la manera de Dylan. Quiero comprarme cuando regrese a Donosti la armónica de La y de Sol en Kirol Music. Y practicar, claro está; pedir consejo al amigo Charli González o al mismo Diego Vasallo que lo hacen de maravilla.

Ha llegado a la sala Cris Monge, habría que decir mejor Julia-Cristina, que es su nombre actual. Ella tenía cosas que hacer en Madrid y ha aprovechado el puente del Pilar. Una vez más podrá esta noche cantar con nosotros “Bronca”. Así mismo estamos esperando también la llegada de Cruz Larrañeta e Iñaki Valcárcel que viajaron ayer con su hijo Samuel para visitar a la familia. Cruz nos ha visto infinidad de veces y no sé cómo no se aburre, pero su naturaleza inquieta y su enorme capacidad de seguimiento y asombro “a pesar de todo”, le obliga a estar presente, cámara en mano, de manera inevitable en donde quiera que algo en relación con el universo musical se mueva.

El escenario ha quedado montado de maravilla y en la prueba de sonido el técnico afina de lo lindo. Es un hombre exigente y se toma su labor muy en serio. Hemos querido ajustar bien el sonido de mi Hofnner porque no he traído amplificador de guitarra sino un “simulador” o un “modulador” de amplificación Vox Tonelab que he comprado en Donosti a Javi Otxoa. Una máquina digital de tamaño y peso similar a una caja de bombones y que permite enchufar a línea simulando el grano y la cremosidad de los viejos amplificadores de válvulas. En teoría. Y realmente no está mal del todo.

Son las 21,ooh. Ya Tomaso me ha advertido que “la peña llega tarde”. Tenemos algo más de una hora para tomar algo por el barrio y he calculado que hacia las 22,15 daremos comienzo. Hay que terminar el concierto a medianoche exactamente para que monten de nuevo sobre el escenario el tinglado de los DJ,s. Mi repertorio dura hora y media y ese es el cálculo.

Ya en las calles de Lavapiés nos juntamos con Iñaki y Cruz acompañados de Julia-Cristina y tenemos todas las cocinas del mundo en oferta en nuestras manos. La noche es agradablemente cálida, las terrazas de la calle hierven con un bulle-bulle multiracial, los locutorios están repletos de colorido y banderas exóticas, en los bares castizos tintinean los vasos de caña de cerveza, las teterías orientales están llenas de misterio y olor a sándalo... la elección es realmente difícil y no sabría decidirme por uno o por otro. Callejeando recibo llamada de Gemma desde Donosti para darme ánimos. Está acompañada por sus amigas Vega y Miren que también intervienen en el coloquio alentándome a voces por detrás. Grande peligro.

Finalmente la hora llega. Abandono a nuestros acompañantes en la taberna donde hemos picoteado medias raciones, y con un raro sentido del deber me encamino hacia El Juglar, seguido de Igor y Toni. No hay nadie. Ni siquiera en la barra próxima a la entrada. No digamos ya en la sala del fondo donde está el escenario.
Tomaso me propone esperar hasta las 22,30, o incluso un poco más. Salimos los tres de nuevo al bar más próximo un poco alarmados. Recuerdo a mis compañeros el caso similar que nos pasó en Vitoria: Tiempo estupendo de terrazas; Sala muy profesional pero afterhours; DJ,s al término del concierto; Pequeña tasa de pago a la sala por los servicios de equipo y técnico. Y lo más importante: TODO EL PUBLICO debe correr por tu cuenta. Nadie “de paso” o que tenga asiduidad o costumbre. ¿y qué le vamos ha hacer si somos unos perfectos desconocidos, aquí y en Vitoria?

Regresamos; junto a la barra veo caras conocidas. Parpadeo asombrado: los dos hermanos donostiarras Fausto y Juan Gaiztarro acompañados por Silvia y por Goenaga en carne y hueso, están en el Juglar y no son hologramas. Ahora comprendo que el músico y periodista Quique Mingo me tendió un lazo preguntándome hace días por la fecha, hora y lugar del concierto. Fausto Gaiztarro, estaba detrás de todo ese interrogatorio y conociéndo su legendaria impetuosidad y golfería ha debido de arrastrar a su hermano Juan, a la novia de éste, Silvia (que también es de armas tomar) y al propio Xabier Goenaga hasta este barrio de Madrid recorriendo 500 kilómetros del ala del mismo modo que si se fueran de excursión a tomar unas copas a Orio.

A pesar de la actitud marcadamente remisa de Tomaso, ya no podemos suspender el concierto. Comprendo al encargado de la sala, pero Fausto es capaz él solo de levantarnos por las solapas a cada uno y ponernos en su sitio. Porque Fausto es terriblemente terco. Tanto como animoso. Hay un cruce de opiniones enfrentadas, pero finalmente Fausto gana. Y aún, en el remoto caso de que hubiera tenido un mal día, una debilidad, un desmayo, la cosa más improbable del mundo, ahí estaba también Silvia, el nervio firme y decidido de Silvia para poner el punto sobre la íes. ¿y qué decir de Cruz? ... De manera que, para la parte claudicante, la partida estaba perdida de antemano.

Los 6 invitados donostiarras, los que precisamente no deberían haber pagado entrada, son los que hacen taquilla esta noche. Ellos sumados a dos misteriosos desconocidos ¡que han cotizado! y la chica rubia de la barra que parece estar muy atenta y muy desocupada forman el aforo. Además veo al técnico de sonido en lo alto de la mesa de control y alguien más del staff de la sala que merodea por la penumbra. He conocido ensayos en el local en los que había más gente mirando.

Sólo tenemos tres cuartos de hora para medianoche, hora límite del concierto y sé que debo tocar temas de Amor a Traición con letras de mi hermano Iñaki para complacer a los Gaiztarro, así que el orden previsto no sirve para nada. En fin... ahí voy, con mi Hofnner y mi armónica. Toni a mi derecha, Igor a mi izquierda: La, la, la. (Re-Mim-Sol) “Hay una mulata haciendo striptis en el Apolo del barrio La Paz, luego está la Reina de Rentería que guarda en el escote un puñal...”

2 Comments:

  • At 11:14 PM, Anónimo said…

    Eres un monstruo Rafa, de veras.

     
  • At 11:14 PM, Anónimo said…

    Eres un monstruo, repito. Iñaki Baldini

     

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