Los 14 destinos de Madrid
Sábado 29 de abril de 2006.
El azar ha querido que Yolanda y Endika viajaran a Madrid el mismo día y a la misma hora. Ellos bajarían en coche y yo casi había reservado mi talgo de las nueve cuando me llamó mi hermano Iñaki para hacerme cambiar de idea. Soy claustrofóbico y neurótico para los viajes por carretera, pero la compañía y la economía pudieron con todo. Gemma me dijo: -Vas a ir de maravilla con ellos, ya verás-, y así ha sido. Yolanda no ha parado de hablar de las cicaterías de su trabajo, de la situación desfavorecida de mi hermano en la oficina y de la amistad inquebrantable de ambos. De su nuevo piso... de sus niñas. Tampoco yo me he quedado corto largando y poniendo de grana y azul a todo titirimundi y repasando amistades comunes. De pronto estábamos en la M-30. Por Embajadores hemos entrado en Lavapiés y la calle Amparo, siempre con el silencio obstinado pero nada hosco de Endika que apenas habla cuando conduce y hace bien.
Qué gracia ver que el piso de su hija Nagore se encuentra encima de “mi taberna”, la taberna de mármol y barricas de plástico donde yo me emborrachaba allá por el año 2000, cuando pasé 30 días solitarios viviendo en Lavapiés gracias a mi hermana Nieves. ¿Habré mirado esta misma ventana entonces sin saber lo que me deparaba?
El piso de Nagore y Martín es de techos altos y corredores estrechos y largos aunque muy luminoso. Está decorado al modo casual de quien trabaja mucho y lejos de casa, algo muy común en Madrid y es de alquiler y compartido, lo cual ya entra en la categoría de piso a la bohemia, como diría mi madre. Nagore es una muchacha pausada y dulce, guapa, con una mirada oceánica, algo delicada, algo delgada quizá –como Yolanda- y con una voz acariciadora y de bonita coloratura. Martín es argentino a no dudar por el acento, de barba descuidada y mirada inteligente, cortés y atento con los invitados donostiarras, la impresión general es de un hombre atractivo.
Hemos comido en el salón de la casa una ensalada de pasta con canónigos y queso fresco. Para la ocasión han abierto una botella de Cune mientras veíamos el programa grabado donde trabaja Nagore para Globomedia, la productora de Emilio Aragón. La madre, o sea, Yolanda, no ha parado de ponderar la belleza y el talento de su hija, mientras pasaban imágenes surrealistas de Argiñano entrevistado por su propio hijo.
A las cinco de la tarde me he despedido de todos. Les he explicado mi cita con un tal Pablo, que me espera en el hostal o residencial o lo que quiera que sea el sitio donde se encuentra la habitación de 18 euros la noche que he alquilado por teléfono desde San Sebastián. El metro me deja directo: Lavapiés, Sol y Callao. Según el plano, mi habitación se encuentra a pocas manzanas detrás de este enclave de la Gran Vía, que a estas horas se encuentra llena de gente, como siempre, y particularmente desagradable de muchedumbres y tráfico. Encuentro mi portal finalmente, subo al primero. Hay obras de electricidad en la escalera. Llamo al portón. De la penumbra interior aparece un hombre alto, de barba blanca amarilleada, gruesas gafas, vestido con un chaleco de aventurero del Sahara y calzado con sandalias abiertas. Me franquea la puerta con misterio. Hay un tufo rancio a pieza cerrada en el hall de la casa. A derecha e izquierda se extienden pasillos estrechos y oscuros. Por las primeras palabras de Pablo, por su acento, entiendo que es cubano. En realidad parece un sabio nigromante, o un profesor de ciencias ocultas, o un intelectual trostkista, o algo así. Me señala mi habitación. Con decepción compruebo que es completamente ciega, sin ventana alguna y muy pequeña. Tiene, no una cama, sino una litera de dos pisos. También el cuarto huele igual que huelen los cestos de la ropa sucia. Una mezcla de calcetín y humedad. Aunque disgustado, la acepto con estoicismo y pago mi primer día. El brujo cubano me muestra la cocina, a la que tengo derecho, y el baño de tres piezas. Parece que todo se encuentra bastante limpio en lo que cabe. De la ducha sale un hombre desnudo de gran altura con una toalla a modo de minifalda, saluda con naturalidad y atraviesa el pasillo perdiéndose en la penumbra. Me encierro en mi celdilla para tumbarme un rato y pensar en mis planes inmediatos. Saco de la maleta mis 14 compact disc de Harresilanda y mis 14 dossieres de prensa que he recopilado a lo largo del año pasado, con respecto al disco. Extiendo el plano de Madrid a mi lado. Saco del portafolio la hoja de ruta con el listado de 14 clubs en directo que me han pasado por internet Iranzu valencia y Javi Sánchez, de La Buena Vida, y a los que yo he ído poniendo al cabo de cada línea el metro que debo tomar para llegar hasta ellos. Hay unos cuantos, la mayoría en la zona Centro y otros pocos más alejados, en la zona norte, o sureste, etc, y por eso más complicados de abordar.
Creo que he dormido un poco, quizá unos minutos, pero no estoy seguro. Dándome coraje para comenzar mi jornada, me he levantado con brío, tan animosamente que el golpazo que me he dado en el cráneo con la inesperada litera de arriba me ha vuelto a tumbar sobre la cama. Empiezo bien. Son buenos augurios.
A las seis y media de la tarde atravieso Gran Vía hasta la Red de San Luis y por la calle Caballero de Gracia me llego a mi destino nº 1, el Club Costello. Por suerte está abierto. No hay nadie en toda la sala. Sólo el camarero, un chico jóven y muy solícito. Le he explicado que vengo de San Sebastián y que me gustaría hablar con el programador del club. He puesto sobre la barra el CD y el dossier. Me ha asegurado que se lo hará llegar en cuanto regrese del puente del primero de mayo. Me ha permitido ver la sala de conciertos en el piso bajo. Un escenario perfecto, muy bien dispuesto al fondo de una pieza franca, sin columnas, más pequeña que grande y con techo de bóveda de cañón. Una vez arriba he terminado mi cocacola. Para mi sorpresa invita la casa. He ahí un detalle generoso (y hasta respetuoso) por parte del Costello.
Mi destino nº 2 es el Bar&Co, en la calle Barco. Apenas cinco o séis manzanas andando. Pero está cerrado. esto ya es un club nocturno. Ningún cartel que anuncie horarios. La empleada de un videoclub frente al Bar-Co me indica que abren “tarde” y prosigue su labor tras la mesa.
Atravieso la Corredera Alta de San Pablo y tomo la estrecha y larguísima calle de la Palma, en dirección a Malasaña. Aquí el comercio es de género alternativo. Entre Punk, House y moda revival de los ochenta.
Llego a mi destino nº 3, el Café de La Palma. Está abierto, aunque también bastante vacío. Hay chico y chica en la barra. La misma secuencia. Yo vendiéndome como un mero comercial de mí mismo, plantificando el dossier y el álbum en la barra y el camarero tomando en sus manos el atadillo. “¿Ah, de San Sebastián? Pues mira ésta es de Bilbao”. “¿Ah, de Bilbao, eh?” “Si, bai...de Deusto”. “Oye, pues encantado”. “Agur, agur”. “¡Gero Arte. Milla Ezker!” Me ha gustado mucho el escenario, muy parecido al de mi destino nº 1. También aquí me han recibido con deferencias y atenciones. Me está gustando mucho esto. En 15 días me aseguran que me responderá el programador de la sala.
Con una pequeña p
El azar ha querido que Yolanda y Endika viajaran a Madrid el mismo día y a la misma hora. Ellos bajarían en coche y yo casi había reservado mi talgo de las nueve cuando me llamó mi hermano Iñaki para hacerme cambiar de idea. Soy claustrofóbico y neurótico para los viajes por carretera, pero la compañía y la economía pudieron con todo. Gemma me dijo: -Vas a ir de maravilla con ellos, ya verás-, y así ha sido. Yolanda no ha parado de hablar de las cicaterías de su trabajo, de la situación desfavorecida de mi hermano en la oficina y de la amistad inquebrantable de ambos. De su nuevo piso... de sus niñas. Tampoco yo me he quedado corto largando y poniendo de grana y azul a todo titirimundi y repasando amistades comunes. De pronto estábamos en la M-30. Por Embajadores hemos entrado en Lavapiés y la calle Amparo, siempre con el silencio obstinado pero nada hosco de Endika que apenas habla cuando conduce y hace bien.
Qué gracia ver que el piso de su hija Nagore se encuentra encima de “mi taberna”, la taberna de mármol y barricas de plástico donde yo me emborrachaba allá por el año 2000, cuando pasé 30 días solitarios viviendo en Lavapiés gracias a mi hermana Nieves. ¿Habré mirado esta misma ventana entonces sin saber lo que me deparaba?
El piso de Nagore y Martín es de techos altos y corredores estrechos y largos aunque muy luminoso. Está decorado al modo casual de quien trabaja mucho y lejos de casa, algo muy común en Madrid y es de alquiler y compartido, lo cual ya entra en la categoría de piso a la bohemia, como diría mi madre. Nagore es una muchacha pausada y dulce, guapa, con una mirada oceánica, algo delicada, algo delgada quizá –como Yolanda- y con una voz acariciadora y de bonita coloratura. Martín es argentino a no dudar por el acento, de barba descuidada y mirada inteligente, cortés y atento con los invitados donostiarras, la impresión general es de un hombre atractivo.
Hemos comido en el salón de la casa una ensalada de pasta con canónigos y queso fresco. Para la ocasión han abierto una botella de Cune mientras veíamos el programa grabado donde trabaja Nagore para Globomedia, la productora de Emilio Aragón. La madre, o sea, Yolanda, no ha parado de ponderar la belleza y el talento de su hija, mientras pasaban imágenes surrealistas de Argiñano entrevistado por su propio hijo.
A las cinco de la tarde me he despedido de todos. Les he explicado mi cita con un tal Pablo, que me espera en el hostal o residencial o lo que quiera que sea el sitio donde se encuentra la habitación de 18 euros la noche que he alquilado por teléfono desde San Sebastián. El metro me deja directo: Lavapiés, Sol y Callao. Según el plano, mi habitación se encuentra a pocas manzanas detrás de este enclave de la Gran Vía, que a estas horas se encuentra llena de gente, como siempre, y particularmente desagradable de muchedumbres y tráfico. Encuentro mi portal finalmente, subo al primero. Hay obras de electricidad en la escalera. Llamo al portón. De la penumbra interior aparece un hombre alto, de barba blanca amarilleada, gruesas gafas, vestido con un chaleco de aventurero del Sahara y calzado con sandalias abiertas. Me franquea la puerta con misterio. Hay un tufo rancio a pieza cerrada en el hall de la casa. A derecha e izquierda se extienden pasillos estrechos y oscuros. Por las primeras palabras de Pablo, por su acento, entiendo que es cubano. En realidad parece un sabio nigromante, o un profesor de ciencias ocultas, o un intelectual trostkista, o algo así. Me señala mi habitación. Con decepción compruebo que es completamente ciega, sin ventana alguna y muy pequeña. Tiene, no una cama, sino una litera de dos pisos. También el cuarto huele igual que huelen los cestos de la ropa sucia. Una mezcla de calcetín y humedad. Aunque disgustado, la acepto con estoicismo y pago mi primer día. El brujo cubano me muestra la cocina, a la que tengo derecho, y el baño de tres piezas. Parece que todo se encuentra bastante limpio en lo que cabe. De la ducha sale un hombre desnudo de gran altura con una toalla a modo de minifalda, saluda con naturalidad y atraviesa el pasillo perdiéndose en la penumbra. Me encierro en mi celdilla para tumbarme un rato y pensar en mis planes inmediatos. Saco de la maleta mis 14 compact disc de Harresilanda y mis 14 dossieres de prensa que he recopilado a lo largo del año pasado, con respecto al disco. Extiendo el plano de Madrid a mi lado. Saco del portafolio la hoja de ruta con el listado de 14 clubs en directo que me han pasado por internet Iranzu valencia y Javi Sánchez, de La Buena Vida, y a los que yo he ído poniendo al cabo de cada línea el metro que debo tomar para llegar hasta ellos. Hay unos cuantos, la mayoría en la zona Centro y otros pocos más alejados, en la zona norte, o sureste, etc, y por eso más complicados de abordar.
Creo que he dormido un poco, quizá unos minutos, pero no estoy seguro. Dándome coraje para comenzar mi jornada, me he levantado con brío, tan animosamente que el golpazo que me he dado en el cráneo con la inesperada litera de arriba me ha vuelto a tumbar sobre la cama. Empiezo bien. Son buenos augurios.
A las seis y media de la tarde atravieso Gran Vía hasta la Red de San Luis y por la calle Caballero de Gracia me llego a mi destino nº 1, el Club Costello. Por suerte está abierto. No hay nadie en toda la sala. Sólo el camarero, un chico jóven y muy solícito. Le he explicado que vengo de San Sebastián y que me gustaría hablar con el programador del club. He puesto sobre la barra el CD y el dossier. Me ha asegurado que se lo hará llegar en cuanto regrese del puente del primero de mayo. Me ha permitido ver la sala de conciertos en el piso bajo. Un escenario perfecto, muy bien dispuesto al fondo de una pieza franca, sin columnas, más pequeña que grande y con techo de bóveda de cañón. Una vez arriba he terminado mi cocacola. Para mi sorpresa invita la casa. He ahí un detalle generoso (y hasta respetuoso) por parte del Costello.
Mi destino nº 2 es el Bar&Co, en la calle Barco. Apenas cinco o séis manzanas andando. Pero está cerrado. esto ya es un club nocturno. Ningún cartel que anuncie horarios. La empleada de un videoclub frente al Bar-Co me indica que abren “tarde” y prosigue su labor tras la mesa.
Atravieso la Corredera Alta de San Pablo y tomo la estrecha y larguísima calle de la Palma, en dirección a Malasaña. Aquí el comercio es de género alternativo. Entre Punk, House y moda revival de los ochenta.
Llego a mi destino nº 3, el Café de La Palma. Está abierto, aunque también bastante vacío. Hay chico y chica en la barra. La misma secuencia. Yo vendiéndome como un mero comercial de mí mismo, plantificando el dossier y el álbum en la barra y el camarero tomando en sus manos el atadillo. “¿Ah, de San Sebastián? Pues mira ésta es de Bilbao”. “¿Ah, de Bilbao, eh?” “Si, bai...de Deusto”. “Oye, pues encantado”. “Agur, agur”. “¡Gero Arte. Milla Ezker!” Me ha gustado mucho el escenario, muy parecido al de mi destino nº 1. También aquí me han recibido con deferencias y atenciones. Me está gustando mucho esto. En 15 días me aseguran que me responderá el programador de la sala.
Con una pequeña p