Rincón del Arte y crónica para Kaput
MADRID. Rincón del Arte Nuevo
para “Artistas en Ruta”
9 de febrero de 2007
A primera vista hay pocas novedades en este viaje. Quizá el cambio de pensión, desde la calle Valverde al segundo piso de la calle Libertad, en la pensión Iberia, esa que nos recomendó el patrón del Libertad-8 en nuestra anterior visita.
9 de febrero de 2007
A primera vista hay pocas novedades en este viaje. Quizá el cambio de pensión, desde la calle Valverde al segundo piso de la calle Libertad, en la pensión Iberia, esa que nos recomendó el patrón del Libertad-8 en nuestra anterior visita.
El precio es el mismo que en otras pensiones que hemos estado, pero estas habitaciones tienen baño privado, y no hay que salir descalzo y en camisón al pasillo común con la mirada recelosa. La diferencia es importante.
El patio interior que puedo ver desde mi ventana tiene algo de novela de Galdós, con su tiempo detenido, con sus palmeras, sus begonias en tiestos, los cachivaches de algún vecino del principal... sin embargo Toni e Igor tienen balcón a la calle, justo encima del famoso Templo del Cantautor.
La prueba de sonido en el Rincón del Arte es una entelequia. A las 20 horas nos abren la puerta para montar los trastos, pero un poco más tarde llega también el grupo que tocará esta noche justo antes que nosotros, de manera que debemos dejarles el escenario más o menos libre y volver atrás en el trabajo realizado. De cualquier modo, mucho mejor que la vez anterior, pues nos da tiempo a descablear y presentar amplificadores con el bar aún vacío de público y sin ajetreo histérico.
(El Rincón de Arte tiene una magia que se improvisa y nosotros ya vamos aprendiendo a “dejarla hacer”).
Despreocupadamente hemos salido del bar para dar una vuelta antes del concierto, que será hacia las 23 horas. Justo en la puerta, junto al panel donde se exhiben los carteles de promoción, (hay una foto mía esta noche, qué cosa más rara), nos hemos encontrado con la gran sorpresa de la jornada. Dos varones de edad indefinida, corpulentos, vestidos con ropa aseada y discreta, nos han abordado con cierto acento andaluz, preguntándonos por la hora del concierto de DERIVA.
Venían sin aliento...
Una hora y media más tarde estamos en una tasca encantadora de las inmediaciones de la calle Segovia rodeados de un nutrido grupo de personas, hombres y mujeres, que son, o bien jiennenses o bien madrileños venidos en su día de Jaén, brindando vasos de cerveza y picando con los dedos jamón serrano. -¡La leyenda de la peña de Jaén... era cierta entonces! -No paro de decirme a mí mismo, como si hubiera descubierto la Atlántida.
Pedro Tomás Colmenero y Manolo Arjona han viajado expresamente para ver este concierto y demuestran conocer de parte a parte y con profundidad las canciones de “todos” mis discos. Por su parte, Paco Fuentes ha hecho de nexo entre la ciudad andaluza y la peña madrileña de su entorno, presentes ahora en esta taberna, a los que sin duda ha aleccionado y convertido (quizá por la fuerza) al “misterio” de Amor a Traición y Deriva. La sensación de irrealidad se acentúa a medida que las cañas de cerveza deambulan... Igor y Toni charlan y a veces me miran como si yo tuviera la culpa de este revuelo inaudito de “seguidores”. Estoy atónito, asombrado de la conexión y el “alcance”. Asombrado del hechizo.
Por eso, creo que es mejor que cuente el resto de la noche otro de los miembros del grupo de jaeneros-gatos de los madriles, Luis Boullosa, que con precisión y admirable elección de los adjetivos describió así el concierto y las horas previas que yo en vano intento contar. Esta es su crónica:
Deriva: Arrancando el corazón de las canciones
No es que no crea en la magia. Es que no creo en esa puta palabra: “magia”. Mierda, la usan tanto en las series de televisión que ya no se qué significa. Así que me quedo con “milagro”, que es más cercano a nuestro hermoso pasado católico de monasterios, incienso, inquisiciones y reliquias. Y es que a veces ocurren cosas que andan cerca del milagro: Una serie de casualidades hizo que me enterase, a última hora, de que Rafa Berrio tocaba el otro día en la ciudad.
¿Y quién es ese Rafa Berrio del que nos hablas?, me preguntará la parroquia, mientras apura el trago. Pues Rafa Berrio es uno de los mejores letristas de rock de este país de todos los tiempos, así para ir entrando en calor. Músico vasco de peculiar sensibilidad que a principios de los 90 lideró a los nunca bien ponderados Amor a Traición a través de dos discos tan imprescindibles como difíciles de encontrar ahora mismo, y que ahora continúa su andadura a la cabeza del grupo Deriva (con dos trabajos no menos esenciales).
El caso, que aquella acogedora noche de viernes de febrero, nos juntamos unos cuantos colegas en el diminuto Café del Arte Nuevo para ver que quedaba de todo aquello. Deriva venían con la batería reducida a cajón, bajo eléctrico y guitarra también eléctrica (Berrio la sigue prefiriendo a la acústica, elección que apoyo plenamente a la vista de los resultados).
Abrieron fuego con “Te Quiero”, estremecedora en su sencillez, y de ahí en adelante, perla tras perla, la sala fue entrando progresivamente, con segura lentitud, en ese estado gomoso y cristalino a la vez en el que el tiempo se dilata y deviene narcótico. Ese ralentizado asombro de darse cuenta de que (¿hace cuanto no me pasaba?) algo extraordinario está sucediendo.
A favor de que el concierto fuera excelente jugaban ya de entrada varias bazas: el local pequeño pero lleno de devotos, las canciones mismas, estoicas reflexiones de lenguaje noble y honda resonancia sin parangón por aquí; temas de dolorido amor de enorme recorrido, historias sobre ciudades más misteriosas quizá que las ciudades mismas...
Un cancionero mayúsculo, en fin, clásico en su aparente modestia, en el que Berrio hace corpóreos los fantasmas de Dylan, Reed, Pessoa y, supongo, otros cuantos poetas clásicos (Luis Cernuda, Gil de Biedma, Galdós y Baroja son favoritos reconocidos) sin que por un instante la voz deje de ser puramente suya. Pero en directo, además, lo que en disco se aprecia con cariño, alcanza una corporeidad y una cercanía que, simplemente, puede atravesarte la carne hasta tocarte las mismas vísceras.
Esa figura diminuta y austera, más bien silenciosa y amable, que una hora antes del pase se tomaba con nosotros unas cañas, pasa sobre las tablas a ser una personalidad silenciosamente magnética, acerada, irónica, con carácter; las riendas del concierto perfectamente sujetas, la medida de la emoción contenida -porque exagerar el ademán en unas letras tan demoledoras como las suyas sería convertirlo todo en melodrama-, hasta conseguir ese punto justo en el que uno asiente, escuchando las verdades del barquero envueltas en poesía, como si le estuviesen cantando exactamente lo que lleva todo el día pensando. Y eso cura.
Posee, Berrio, esa rarísima capacidad sanadora que sólo algunos músicos excepcionales llevan consigo. Se extendieron generosos los bises. Cayeron la maravillosa “La misma mujer distinta” y ese único canto de amistad tabernaria que es “El principio de una buena racha”. Y hasta los fallos ocasionales, el borracho que tiraba el atril del bajista cada dos por tres, la incomodidades del lugar, parecieron ser parte de una noche cristalizada con naturalidad bajo astros propicios. Creo que más de uno y más de dos salimos de allí bendecidos por el poder transfigurador de la expresión, llámesele poesía, rock, o lo que nos venga en gana. Con más ganas de vivir, muchas más. Y eso es casi un milagro, hermanos. Os lo creáis o no.
Proximamente entrevista con el vadeador de palabras profundas
(Publicado en Kaputmagazine. Versión digital)

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