Rafa Berrio - Grupo Deriva

Blog de Rafa Berrio, grupo Deriva

viernes, abril 20, 2007

Corral de las Cigüeñas, CACERES


21 de marzo. 2007

Por una llamada rutinaria a Cáceres, preguntando la dirección del hostal que nos han reservado, descubrimos la confusión de fechas a dos días del concierto. Desde allí me dicen que será el viernes. Yo insisto en que la cita es el sábado. Cerré este concierto para Artistas en Ruta hace meses, exactamente a mediados de diciembre, y ahora nadie está seguro de nada. De cualquier manera hay que tocar cuando el patrón del Corral de las Cigüeñas diga, pues no hay posibilidad de aplazar al día siguiente. Sale perdiendo Igor, que ha tenido que pedir el día entero libre en el trabajo, y todos nosotros en general, pues tendremos que viajar, llegar y tocar de seguido.

23 de marzo.2007
Viernes, 9 de la mañana.

Hoy estreno la furgoneta Peugeot de 6 plazas que he comprado de segunda mano a mi amigo el mecánico Javi “Doska”. Cuando llego a Larratxo a recoger a Igor y a Toni, éstos se ríen del trasto grande y oxidado que traigo conduciendo. Hacemos carga con facilidad pues la furgoneta, aunque mediana, bien pudiera contener 4 Derivas en directo. Salimos hacia las 10:00 de la mañana. La ruta es: Vitoria-Burgos-Valladolid-Salamanca y finalmente Cáceres. Tenemos por delante unos 780 kilómetros y un humor excelente.
Llegamos sin novedad a las 20:00 horas al centro de Cáceres. Luis, el patrón del Corral de las cigüeñas, que nos ha brindado todo tipo de atenciones, está atento con el móvil a nuestra entrada. Ahora nos dice que nos hemos confundido de ruta y hemos venido desde Salamanca por el antiguo puerto del Manzano (o algo así), que ya nadie toma desde que existe la autovía. ¿pero qué autovía? ¿dónde estaba la autovía?, nos preguntamos. Ya me extrañaba a mí que tuviéramos que atravesar unas aldeas tan desiertas guardadas por perros ladradores que salían al encuentro del furgón, y esa carretera llena de curvas al pie de los embalses. Eso sí, el paisaje era maravilloso, y el sol se hundió por aquellos parajes, rojo y gigante, en el espejo retrovisor.

Uno de los encargados del Corral viene a buscarnos a la glorieta donde nos encontramos. Estas son las anchas avenidas de la ciudad nueva. Con él a mi lado vamos metiendo la Peugeot por las callejas del casco antiguo espantando a los pobres transeúntes hasta llegar a la plaza de Santa María, justo a unos metros de la entrada del Corral, en la Cuesta de Aldana. Una vez más Cáceres nos admira con sus piedras viejas y sus torres llenas de cigüeñas perezosas. Por estas calles se filman películas renacentistas sin necesidad de trucar nada y parece que fuera a salir de cualquier cancela el señor de Toledo-Moctezuma con su paño negro y su golilla de gasa blanca.
Nada más llegar al corral pregunto a los camareros por Alexandra Whitaker y su niña. Les digo: ¿han visto ustedes por aquí a una chica con aspecto de guiri acompañada por una niña muy rubia de ojos azulísimos? Alexandra ya anda por aquí. Ha dejado recado de que volverá más tarde.
No tenemos tiempo de nada. Hay que montar rápidamente y acto seguido tocar. ¿ antes, puedo tomarme un güisqui... para el polvo del camino? Igor y y Toni me miran aprensivos. Tiene que ser de trago y arreando.

El Corral es un verdadero y antiguo corral a cielo abierto. Es un patio completamente cercado por un muro alto colonizado por hiedra muy verde. En el centro se levanta un ejemplar de palmera colosal y magnánima, y hay vegetación diversa por los rincones. Da una sensación de frescor y de acogimiento muy agradable. Hay mesas altas con sus taburetes repartidas por toda la superficie empedrada y de cuando en cuando un alto brasero calefactor en forma de sombrilla. Hay un mostrador abatible, como de playa, que se extiende en uno de los costados, y sí, es allí donde sirven el güisqui. Otro edificio bajo que se levanta a continuación contiene el bar “a cubierto”, una especie de pub de copas con su pequeño escenario. Pero esta noche permanecerá cerrado y sólo se abrirá el corral y la barra exterior.
Al otro extremo del portón de entrada al patio, junto a una esquina del muro, está el otro escenario, el de esta noche al aire libre. Es un semicírculo elevado de piedra desde el que se domina todo el pintoresco cuadro. Ya han puesto los tres monitores y dos técnicos de sonido están cableando cacharros diversos, de esos tan inevitables en el mundo del rock. Y también hoy estreno, además de furgoneta, amplificador para mi guitarra. Un Mesa-Boogie que he comprado de saldo en Kirol Music de la calle Zabaleta. Viene con su “carcasa de vuelo” toda compacta y plateada. Una cosa muy bella.
A Toni le hace ruido el ampli. Parece que tienen problemas con el retorno y hay un zumbido constante. Los técnicos dicen que será el envío a mesa. Será el “line”. Será la caja de inyección. ¿quién sabe? Toni parpadea incrédulo.
Igor monta su cajón flamenco pero se le ha roto la palomita que sujeta la pandereta al pie metálico. Se ha quedado mirando la rosca por un momento. Debemos arreglarlo con cuatro vueltas horribles de cinta americana. Empieza a caer el frío sobre el Corral y estoy un poco tembloroso, destemplado como las viejas. Echo de menos un chal.

Aparecen por el portón Alexandra y su niña Stella. Por el gesto entiendo que no les dejaban pasar a las pruebas de sonido. Hacía tres años que no veía a Sasha. Mi mejor amiga, mi fraternal amiga a través de los años y las ciudades. Mi semejanza, mi otro yo. Hoy ha tenido el detallazo, el bello gesto, de venir desde Sevilla en autobús, reservar noche de hostal, y mañana pasaremos casi todo el día juntos haciendo turismo y charlando por esta ciudad de Cáceres. Sasha está más guapa que la última vez que la ví. Con un semblante relajado y muy sereno. A veces es muy tímida, pero esa reserva sólo esconde una personalidad arrolladora. La niña Stella es un caso aparte. Ha crecido mucho en estos tres últimos años, y sus grandes y enigmáticos ojos azules me miran en silencio, sin perder detalle. Ella fue clarividente cuando aún no tenía 4 años y una tarde en Oronoz-Mugaire me señaló con el dedo y dijo apenas: “Drink-man”. Luego ya enmudeció como es su costumbre. De ella tengo también otro recuerdo: en mi casa hay un único adorno en las paredes y es su dibujo. Un dibujo suyo con una dedicatoria por mi cumpleaños que representa las montañas y el valle de Santa Engracia en Zuberoa. He dado un gran abrazo a Sasha, pero tengo que alejarme y seguir con el montaje del equipo. Con una cerveza y un refresco de naranja les he pedido que esperen sentadas en una de las mesas del patio, bajo los braseros encendidos de butano, y más tarde hablaremos con tranquilidad.

Por si fuera poco el ruido del ampli de Toni y el incidente del pedal de Igor, ahora mi nuevo ampli Mesa Boogie se va y se viene. De nuevo el terror sobre el escenario. Quiero decir que suena la guitarra y de pronto se va desvaneciendo, y de nuevo vuelve el sonido. ¿será una lámpara? Los técnicos lo miran fijamente como intentando resolver por ciencia infusa el problema. Todos rodeamos el trasto en un estúpido corro de las patatas. Finalmente alguien aprecia una lámpara estallada. Yo meto la mano y con cuidado, pues es cristal roto y muy fino, hago la extracción. La noche no está precisamente de nuestro lado. Ahora parece que suena de manera normal. La lámpara que le he quitado tal vez sea apenas un ornamento, un adorno inútil y engorroso, o sea, pura fanfarronería de la casa Boogie, pero no me fío, no me fío. El técnico decide colocarme también por línea en previsión de que vuelva a fallar y aplaudo esa cautela. La desconfianza se abate sobre nuestros hombros. Empezamos a sentirnos empequeñecidos, señalados por un augurio siniestro, y eso es el principio de un fracaso seguro.
La gente empieza a entrar en el Corral. Las mesas se van ocupando. Damos por finalizada la prueba de sonido y ya sólo queda tiempo de cambiarse de camisa en el bar interior que nos sirve de camerino, encender un puro y abandonarlo, dar un trago desesperado al vaso y ahí vamos. Si cierro los ojos aún puedo ver con claridad las rayas blancas de la carretera y la cinta gris del asfalto en movimiento hacia mí. Tengo el cerebro un poco calcinado, estoy aturdido de verdad y no me acuerdo con qué canción empezamos los conciertos. Toni me asiste como suele tener a bien hacerlo. En el escenario Igor se ha colocado mal. Está con su cajón de tal manera que no le logro ver con un vistazo rápido, sino que tengo que girar la cabeza... pero ya no tiene arreglo. Distingo en las sombras de la gente a Alexandra y a Stella en una mesa central del patio, sonriendo. Conozco muy bien esa bella sonrisa. Al fin un poco de serenidad... No sé por qué, me viene a la mente el área de pic-nic donde hemos comido esta tarde en la autopista, cerca de Burgos, y luego la cara precisa del gasolinero de Plasencia, y el sol rojo sobre el embalse... Dicen que cuando uno va a morir, en un accidente predecible, por ejemplo, el cerebro desvía la atención hacia cosas tontas, como que te has olvidado las llaves, o el bolsillo roto que tienes que coser... Déjalo ahí. Comenzamos.

lunes, abril 09, 2007

Ultravioleta



Hacia las navidades del 2006 me llamó Mikel Iturria para encargarme un espectáculo para su programa ERAKUSLEIHOA. El patrón del Centro de Cultura Ernest Lluch quería que uniera poesías de Iñaki Berrio y canciones mías, añadido a “todo lo que se nos ocurriera”. Días después le llamaba para aceptar el encargo, tras haber consultado la opinión –favorable- de Iñaki. Pasé el mes de enero y febrero imaginando (en los ratos de la siesta, a la caída de la tarde, en el insomnio ocasional) cómo debería ser aquello. En los primeros días de marzo la actividad fue absorvente y definitiva.
La función, o la performance, iba cobrando forma efectiva, y pasando del mundo de lo abstracto a lo concreto. En ULTRAVIOLETA intervendrían numerosas personas en distintos apartados. Mikel Iturria se lamentó del lío en que me estaba metiendo.
En el Ernest Lluch de Anoeta, el día 15 de marzo de 2007, a las siete y diez de la tarde, todas ellas, en un admirable trabajo de equipo, (eso sí, un poco anárquico, pero eficaz) llevaron a cabo, en 57 minutos exactos, el “evento irrepetible”, delante de un público compuesto, aproximadamente, de unas 75 personas.
Este es el elenco:

Jorge Carrero: El actor profesional, el dandy, el caballero pálido, habitante de otro siglo, como escapado de una novela de Marcel Proust. De constitución delicada pero con una energía arrebatadora en la voz, leyó con maestría 12 poemas en directo ¡ sin -un- solo- error- en- absoluto! como si el lenguaje fuera una propiedad exclusivamente suya, y él, un marqués paseando atentamente por sus dominios. Unas semanas atrás había recitado los poemas frente al micrófono del estudio de Zulaika y el técnico y yo nos mirábamos admirados. En la grabación, al final de cada poema, se escucha al fondo un “¡bravo!” incontenible de mis labios. El cuaderno que trajo al espectáculo estaba todo lleno de “rayitas” y signos diminutos.
Me dijo que era una guía de acentos y silencios.


Félix Garbayo: El “otro” actor. La voz en off de las videoproyecciones que hiciera Jean Condé. Leyó 5 poemas en el estudio de Zulaika y se puso tan nervioso que no podía parar de pedir perdón por su supuesta torpeza. Y sin embargo ni él mismo sospechaba que lo que hacía era “sublime”. Hay una emoción desbordada en su voz, un timbre ambiguo (¿es mujer, es hombre?) una coloratura misteriosa... hay clarividencia, hay un arte tal en el recitado que no podía haber elegido a mejor actor para los poemas en off. Y son tan diferentes los dos actores que no puede haber conflicto de registros. Félix, además de actor aficionado, escribe poesías muy hermosas, tiene el pelo lleno de caracolas, es bohemio, lunático y buena persona.


José Puerto: Después de muchísimos años sin tocar juntos se produjo el reencuentro, y lo hizo con su guitarra eléctrica Gibson les Paul. José Puerto hizo el contrapunto a mis acordes en las siete canciones que compuse para los textos de I. Berrio. Como estaba un poco desentrenado tuvimos que cambiar las viejas cuerdas a sus guitarras con gran disgusto suyo, pues las prefiere roñosas y destempladas, pero yo le obligué haciendo el papel de hombre cabal. Hicimos tres ensayos matinales en mi local de Larratxo y su gran preocupación fue el sonido que quería conseguir. Finalmente con una gran distorsión y un pedal de vibrato de la Vox tonelab lo dejamos fijado. José Puerto es sobre todo intuitivo y libre, tiene a la guitarra ese estilo insolente y despreocupado, sangre directa del punk, que convierte lo que toca en un pasaje lleno de vida a borbotones.


Imanol Solores: acompañó al violín las siete canciones de Ultravioleta. Fue el tercer elemento del trío que montamos expresamente para el Evento. Solores es un muchacho jóven del cual me habló el profesor de violín Jorge Bruschi, como alumno aventajado suyo cuando niño. La sorpresa es que ahora toca la guitarra en un grupo de Metal, pero aún así accedió sin saber quiénes éramos nosotros, ni de qué extravagancia final se trataba. Con una sonrisa y una suavidad silenciosa permanente, se aplicó a mis notas y mis indicaciones y supo ponerle el toque Velvet a los temas. Como es músico de carrera no hay que preocuparse por él. No falla: “siempre” tiene la nota colocada en su sitio.


Mabel: Esta es la chica que siempre quedará en mi memoria resplandeciendo de blanco bajo la luz negra. Bailó un poema, ¿? un solo poema titulado “Simultáneas” flotando en el aire justo detrás de Jorge Carrero y recitado por éste mismo. Cuando el poema terminó, ella desapareció por detrás del telón de terciopelo dejando en la retina del público una mancha fosforescente. Quizá fuera sólo un sueño.


Jean Condé: Llegó de París (Francia) como Holly de Florida. Apareció en la estación de Hendaya con un trípode y dos maletas de aparatos ópticos, unos cinco días antes del Evento. Pero semanas atrás ya hablábamos por teléfono cada semana para saber uno del otro y de sus ideas, pues yo había confiado en él todo lo referente a las imágenes y la videoproyección. En su Mac traía los 5 bocetos (auténticas joyas de videoarte) montados sobre la voz del actor Félix Garbayo y sólo quedaba darles el último toque en nuestra buhardilla de Zabaleta. Además tenía que filmar en San Sebastián y montar las imágenes de I. Berrio para la presentación y el final del acto. Tenía sencillamente las horas medidas y apretadas. Había que ponerse a trabajar “casi” sin descanso. Pero Jean es profesional y lo tiene controlado. El adora una buena y animada charla frente a una botella, devorando cigarrillo tras cigarrillo. Las conversaciones con Jean nunca acabarían si no se interpusiera la madrugada de por medio. Y nunca tiene sueño. Con barba de tres días y unas sandalias a guisa de zapatillas montó en la buhardilla frente al ordenador y nunca perdió el optimismo, pese a dormir apenas 5 horas por noche. Su visión de las cosas fue definitiva para llevar a cabo Ultravioleta.


Iñaki de Lucas: Fue el técnico de sonido y factótum del espectáculo. Apenas pisó la sala y ya se sabía el guión de Ultravioleta mejor que nadie. Tomó más responsabilidades de las que se le podían pedir y eso demuestra su gran generosidad. Todo funcionó OK: con de Lucas no puede ser de otra forma, y los que le conocen, lo saben.


Eneka (y Clara) Esta pareja con la que ya había colaborado en la presentación de mi videoclip (veáse el blog del Ondarra) y en la actuación de la Universidad de San Sebastián, pusieron parte del equipo de video y de proyección y Eneka hizo de brazo derecho necesario de Jean Condé. Qué pena que Clara no pudo llegar sino al final del Evento.


Cruz Larrañeta: La fotógrafa del pop y el rock de Donosti por excelencia. A las órdenes de Jean, Cruz filmó el ensayo general (la italiana como dicen los del oficio) y filmó el espectáculo con una cámara móvil, mientras Eneka controlaba otra fija. Sacó fotografías y nos trajo a su niño Samuel enfurruñado la tarde anterior al Evento. Ambas cintas están en París ahora, a la espera de que Jean confeccione un montaje.


Fidel: Técnico de luces de la sala. Fidel había venido para montar y encender un equipo de luz y se encontró con un fulano como yo que le estaba preparando un listado de ¡27 escenas diferentes que se sucedían consecutivamente y sin solución de continuidad! 27 puntos que debían ir sincronizados, uno tras otro, con las imágenes, las canciones, la lectura en directo, etc, etc. Al principio me odió. Luego creo que se sintió satisfecho, al decir de Jean, que era el que “cantaba” las escenas y dirigía la línea de técnicos.


Juan Zulaika: Patrón del estudio “La ventana indiscreta”, en el corazón del barrio del Antiguo. El se encargó de grabar a los actores semanas antes del evento, editar las voces, convertir los formatos para Jean, etc, etc. Zulaika es un hombre cuya característica principal es la eficiencia, la solvencia. Y no está nada mal en un mundo lleno de personas negligentes.


Gemma Amiama: Ella se encargó de pasar al ordenador la versión definitiva de los poemas, uno tras otro hasta 25, y más tarde, -cuando monté la maqueta del librito y encargué las fotocopias-, de hacer los plegados de las hojas, atinar con la grapadora, grapar, y, finalmente, estamPAR con un golpe de puño el sello de la portada. Gemma hizo estas operaciones y dio forma a la mayoría de los 100 ejemplares que hicimos de Ultravioleta en formato “plaquette”, y que luego regalamos en la entrada al público asistente al Evento.
La plaquette Ultravioleta es un librito de unas treinta páginas fotocopiadas más una hoja suelta y manuscrita con 26 poemas de Iñaki Berrio.

Gemma Amiama también hizo “catering” vegetariano en las horas duras de Jean montando en Zabaleta, y aportó cuando quiso sus ideas y su humor bullanguero.


Sophie Benoits: la mujer de Jean Condé, que llegó a San Sebastián el día anterior y llegó desde París-Montparnasse hasta la mismísima puerta del Ernest Lluch ¡casi sin poner el pie en el suelo! ... gracias al topo.
En silencio e invisible en la zona de atrás, sus grandes ojos azules miraban todo lo que ocurría delante y detrás del escenario y, estoy seguro, nada se le ocultaba a su inteligencia. Con ella, Jean obtuvo en Donosti un cariño digamos que suplementario.


Nieves Berrio: mi hermana, que viajó desde su instituto en Tudela, donde enseña gramática a los chicos malos de la ESO, expresamente para ver Ultravioleta, y nos reprochó que no hiciéramos ninguna mención a su persona en las imágenes familiares que Jean filmó en la casa de mi madre. La noche acabó a hostias y a ella le tocó en nuestro bando. Cuando los bares cerraron, bebimos hasta la madrugada en Zabaleta.


Karmele: La segunda de a bordo en el Ernest Lluch, alter ego de Mikel Iturria. Ella supo tener la paciencia de asistirnos y darnos paso aquí y allá con nuestras exigencias. Supo hacer la vista gorda si vió alguna cerveza derramada por el suelo en las pruebas o algún farias apagado y abandonado en una esquina. Distribuyó la plaquette en la entrada. Se ocupó del papeleo. Nos dio bocadillos fríos de anchoa y mayonesa al término.


Mikel Iturria: El promotor de todo esto, incluso indirectamente, de las desavenencias familiares. Gracias por confiarnos la oportunidad y el dinero.