foto por Jean Condé
14 de junio (aprox.) de 2007
Yo sé muy bien que hay dos tipos de resaca: La resaca común y la resaca severa. Es interesante. En el primer caso uno siente cuando despierta que la cosa, aunque molesta y paralizante, será pasajera mal que bien. Requiere unos cuantos litros de té verde muy ligero, algo de acetil-salicílico (opcional) con que despejar el dolor alojado detrás del ojo, la promesa de una siesta tras una comida rica en ingredientes yang... incluso permite darle unas chupadas no más al pitillo sabiendo que al caer la tarde remitirá acaso con el revulsivo del primer sorbo de cerveza.
En el segundo caso, en la resaca severa, o resaca rigurosa, las cosas cambian. Aquí no valen los fármacos, ni las medidas paliativas. Lo primero y más sorprendente es que el dolor en la cuenca ocular no se manifiesta a pesar de que el cuerpo amanece sepultado bajo toneladas de escombro (¿?). Lo segundo, la conciencia: Sabemos que será imposible remontar y ya entonces todo queda en “suspenso” a merced de Cronos. Excepto esa conciencia, ningún órgano hará el menor movimiento o trabajo hasta nueva orden por la sencilla razón de que “adentro” no hay nadie que se lo proponga buenamente. Las pupilas, las cuerdas vocales, las articulaciones, el cerebro lógico, las tripas... Todo el organismo se encuentra replegado sobre sí mismo y así permanecerá durante largas y agónicas horas. Quizá incluso días. Es el embrutecimiento. Las personas se convierten en larvas. Si somos elegantes y sabemos sufrir, en crisálidas. Ahora ya hablamos de convalecencia en términos serios.
No quiero extenderme mucho. No quiero revivir este estado que recién he logrado superar. Gemma me ha traído un caldo de alcachofas, cebollas y miso. Será lo primero que tome en las últimas 30 horas. Más que nada para quitarme el sabor de la bilis inagotable y la baba. La cama está revuelta, con una humedad insana y caliente como de pantano. La almohada se ha vuelto de mármol blanco. A ratos siento los nervios erizados y tensos que suben desde las piernas hasta alcanzar la mandíbula. El frío y las tiritonas se vienen y van. Otras veces alcanzo una cierta paz que me permite seguir con vida apenas y entonces descabezo un sueño negro que me coloca en el limbo de la inopia hasta que me despierta de nuevo la náusea. Además de las olas de la Zurriola, oigo un cierto bullicio urbano afuera, o el eco de una radio, pero me es indiferente todo lo que no sean mis propias exequias. Como suele ser habitual tengo algún vago pensamiento erótico, y digo “habitual” porque ya he observado que este es un truco de distracción que practica el cerebro siempre que se encuentra en estado de mucho sufrimiento.
La memoria es atroz, sádica, morbosa, actúa con maldad, con delectación en la ceremonia del suplicio. ¡Ah, si! A ella le gusta hundir la hoja cortante y diseccionar a lo vivo, rajando sin piedad...
La memoria se busca a sí misma, necesita encontrarse, regresar por el mismo camino, volver al punto de partida obstinadamente. Cuando todo está entumecido, ella aún trabaja como si fuera una máquina tuneladora imparable hasta arrojar luz cegadora a las situaciones. ¿Y para qué? ¿Para qué querríamos saber?
Ha pasado un tiempo indeterminado, quizá tres o cuatro días, desde que regresé de Jaén. No sé porqué me viene esa imagen desoladora del enorme aparcamiento de Garbera, ya en San Sebastián, donde dejamos el coche de alquiler y la despedida en plena noche entre Igor, Antonio y yo. Cada cual se fue a su casa. Yo tenía mi furgoneta cerca y conduje como pude hasta el barrio de Gros. Incluso tuve la suficiente entereza de ánimo como para colocar el ticket de la OTA en el parabrisas. Me ví reflejado con grandes ojeras violetas. El pantalón me bailaba en la cintura.
Gemma vino al poco para cuidarme al tiempo que me abroncaba por mi pulsión autodestructiva y bla, bla, bla... ella que es tan moderada en todo menos en la carcajada.
¿Y qué pasó hacia atrás? ¿Qué hay de las horas previas? ¿Qué ocurrió “realmente” en los conciertos de Córdoba y Jaén?
No puedo contarlo. No tengo fuerzas ni ganas. Es demasiado lioso.
1º de agosto de 2007.
Sin embargo voy a reconstruir las jornadas con dos documentos que lo explicarán por mí.
El primero es de mi amiga (mi hermana) la novelista Alexandra Whitaker. Ella junto con Andrew N. K. se vinieron de Sevilla para ver el recital de Córdoba y se regresaron a la mañana siguiente, apenas dormidas breves horas. Le he pedido a Sasha que escriba por mí sus impresiones de esa noche del 10 de junio en Córdoba, a sabiendas del esfuerzo por cuanto que lo hace en un idioma que no es el suyo. El texto es muy bueno y compararme con el Rey-Sol es una sátira que sólo se le podía ocurrir a ella.
El segundo documento es un largo mail privado que yo mismo le envié a Alexandra y que explica muy por encima los sucesos que ella no vio de Jaén referentes al 11 y 12 de junio. Como se verá, está escrito a modo de inventario, un poco de mala gana y como pasando por encima, sólo por el mero hecho de darle ese placer a mi amiga ante su interés y curiosidad. En esta versión he tenido que ocultar algunos de los nombres propios del relato por respeto a la intimidad de los aludidos. Por último, y como aclaración, el “Juantxo” de Alexandra es la misma persona que mi “Jean”.
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Córdoba, 11 junio 2007.
por Alexandra Whitaker
Me despierto con sed, dolor de cabeza, y la dulce sensación de que mi alma flotaba, que son los ingredientes de mis resacas. Desde esa cama desconocida, miro por la ventana el balcon combado de la casa de enfrente – las macetas descuidadas, el canario saltando en su jaula -- y espero tranquilamente a que las trizas de mi memoria vuelvan a unirse para formar el cuadro de lo que yo hice anoche. El pájaro echa la cabeza atrás y canta, largo y ondulado, y las piezas del mosaïco caen en su sitio: Córdoba, Rafa, manjares, tejado. Ya. Eso es. Estoy en Córdoba, en la Plaza del Potro. Acompañada por Andrew, Juantxo y Sophie. Anoche vimos un concierto de Rafa. En un bar en la orilla del Gualdalquivir. Claro.
El sutil distanciamiento empieza durante la cena, servida al aire libre, en una terraza con vistas al río. Rafa sigue animado y cordial, pero siento que se aleja. En el postre se disculpa de la mesa y va en búsqueda de puros, y cuando vuelve, la diferencia entre nosotros es palpable: hemos pasado de ser ocho amigos cenando a ser: Rafa Berrio; sus músicos, Igor y Antonio; y su entourage.
Es que todos nosotros – los músicos, Pablo del bar, los fans y demás clientes del bar aquella noche– estamos allí por él, por Rafa, el gran causante. En realidad, porque él, un tiempo atrás, se tumbó en su cama y miró el techo, que es como compone la música. No hablemos, pues, de igualdad; cuando tú y yo miramos el techo, nadie lo celebra comprando billetes a Córdoba desde París, Londres, Madrid y Jaén.
Durante el concierto, el familiar dolor. Empieza con ‘Te Quiero’ – nada de juegos preliminares. Entre canciones nos habla, showman hasta la médula, en esta voz tan bajita, tan bajita --“Qué? ¿El gran causante, yo?” – que para oírle primero tenemos que callarnos, luego retener la respiracion. Es una chulería inversa que le perdonamos, apretando los dientes y queriendole, si cabe, más. El canta y le contemplo bajo los focos. Me fijo en sus rasgos curiosamente orientales. Su voz se me adentra y me dejo llevar por el dulce consuelo de su letra, hasta que, al borde ya del trance, en autodefensa mi admiración desborda en irritación: “¡Una copa, joder!” Mis repetidos viajes a la barra me permiten ver que todo el público conoce la letra. Ellos también la van susurrando, y comprendo que la certeza de que cada canción fue escrita ‘justo para mí’ está compartida por todos aquí. El pensamiento de que todos los presentes podríamos tener en común algo tan íntimo, por una vez no produce repulsión en mi corazón misántropo. La mía es casi, casi una sensación de fraternidad con los demás – sin llegar a tanto, claro.
Copas y más copas. Más copas. Y entonces ocurre algo insólito. Como en un cuento de hadas, aparece una pareja que nos hace una solemne señal de acompañarla. Perplejos, y agarrando los vasos por si acaso, les seguimos en silencio, caminanado en fila india por la orilla del río. Nuestros anfitriones se paran, abren una puerta, y aparece una magnífica mesa puesta con cubiertos de oro y cálices enjoyados, para exactamente el número de personas que somos. Como en un sueño, cenamos platos finos y licores exquisitos que llegan volando a la mesa traídos por una suave corriente de aire perfumado de azahar. Mientras mastico, pienso en lo crítica que he sido siempre con estos parásitos oportunistas que rodean a los famosos y viven a su coste, idiotizándoles con halagos baratos y recrudeciendo sus vicios para poder así manipularles mejor; pienso en esta gente sanguijuela sinvergüenza -- y ya me cae mejor. Esta noche me alimento, literalmente, del genio de Rafa, y a esto, la verdad, me podría acostumbrar. Cuando ya estamos saciados, repletos de viandas y vinos, sin poder ni recordar ni razonar, ni enfocar ni enunciar, suenan estas aciagas palabras: “Y ahora, vamos a una fiesta.”
Mis recuerdos se vuelven puntillistas: Una casa con patio. La de Pablo. Escaleras. Tejado. Vistas. Cerveza. Risas. Sueño. Sueño. Camino a casa. Largo camino a casa.
Y por la mañana, el balcón, el canario y mi placentera resaca. Juantxo, Sophie, Andrew y yo desayunamos al sol. Fiel a la promesa hecha en el tejado anoche, Juantxo me hypnotiza. “No son las condiciones idóneas,” dice, la mano en la frente, tragando dos aspirinas con su tercer café. “Pero, venga, haré lo que pueda.” Y así, en la Plaza del Potro, bajo el sol matinal cordobés, guiada por la voz algo ronca de Juantxo, me desprendo del tabaco.
Es la hora de irnos. Pero primero, de despedirnos de Rafa.
Somos seis personas con maletas en el frondoso patio de la pensión. Los fieles músicos, Igor y Antonio, están sentados tranquilamente bajo unos helechos, leyendo el periódico a la espera de nuevas órdenes. Nosotros cuatro estamos de pie, intercambiando miradas preocupadas cuando Rafa no contesta a nuestra tímida llamada a su puerta. Juantxo mete la mano entre las rejas de la ventana y llama a la persiana. Nada. Otro golpecito. La persiana chirría, se abre un pelín, se vuele a cerrar. La puerta se abre. ¡Rafa Berrio! Pálido, el pelo de punta, pero espléndido en su camisón. Inspiramos hondo. No hubo cortesano del Rey Louis XIV que se sintiese más privilegiado que nosotros al estar presentes en este lever. Con la cortesía impecable que le caracteriza, Rafa va distribuyendo besos y apretones de manos entre nosotros, con una gentil palabra para cada uno.
Y nos separamos. Sophie vuelve a París; Andrew y yo a Sevilla. Juantxo se queda, va a acompañar a Rafa en su siguiente actuación. Por si acaso, le regalo las aspirinas que me quedan.
Pero de muy poco les va servir un par de aspirinas contra lo que les espera en Jaén.
Copyright©2008Alexandra Whitaker
Donostia, 21 de junio, 2007.
Mi querida Alexandra Rodovna,
Esta es la relación de sucesos: Desayunamos juntos en la terraza de la calle peatonal cerca del Amapola hacia las 11 de la mañana. Me dio mucha pena despediros así. Yo tan dormido, tan temprano. Como sabes, Jean ya estaba despierto e iba por su quinto café. Se estaba realmente bien en aquel sitio, bajo el sol, con un olor acre a aceitunas. Yo me escapé a buscar un estanco y por pura casualidad dí con el Mercado Central (en la gran plaza aquella de La Corredera), aunque siendo lunes estaba desolado y con muy poco género.
Regresé a la terraza. Hacia las dos de la tarde vino R..., la novia de nuestro amigo cordobés P... y cargamos los instrumentos en el coche. El Amapola no había sido limpiado y permanecía del mismo modo en que se dejó la noche anterior. Eché un vistazo en derredor no sin nostalgia.
Decidimos salir sin comer hacia Jaén. Juantxo, Igor, Toni y yo en nuestro coche de alquiler. Hicimos el viaje por la carretera comarcal entre mares, océanos de olivos. Se tarda algo más de una hora. En Jaén capital paramos el coche junto a una cafetería con terraza y comimos flamenquines con ensalada. Había un ambiente dominguero a pesar de ser lunes. Era el último día de las fiestas patronales.
Intentamos buscar el bar Azulejo y nos perdimos en una ciudad caótica y circular, endemoniadamente compleja de direcciones de tráfico. Finalmente Jean se quedó guardando el coche en un sitio indeterminado y nosotros tres decidimos continuar la búsqueda a pie por el casco viejo. Hay que decir que G..., el dueño del azulejo, NO contestaba a mis llamadas al móvil. En el azulejo la peña estaba a cubata y gintonic. Me quedé extrañado porque aún no eran ni las cinco de la tarde. Pregunté en la barra pero G... no estaba. Me dijeron que tal vez en el CAFÉ DEL DEAN, otro café de su propiedad no lejos del Azulejo. Bajamos al Deán y la encargada nos comunicó que G... estaba desaparecido. Creo que un poco avergonzada nos dio 30 euros para un taxi y los billetes reserva del hotel Europa, (esa previsión si había tenido).
En taxi regresamos donde Jean y el mismo taxista nos regresó al Deán, donde descargamos los instrumentos. El taxista nos esperó para llevarnos al hotel, nuestro coche siguiéndole audazmente por detrás a la carrera.
Nos dimos hora y media de siesta, ya muy tardía pero necesaria. Al término mi teléfono recibió llamada de G.... Me pilló de mal humor y muy dolido con su recepción inexistente, con su desplante. Le dije cuatro cosas, o tres. Se excusó con el asunto de las fiestas de Jaén y la hora intempestiva en la que acaban de servir copazos al público. En realidad estaba durmiendo.
Recibí también llamada de mis amigos P. T... y M. A... Estos son mis valedores en Jaén, y los causantes de todo el revuelo, incluso el de Córdoba. Son dos “notables”, como dijo Jean. Uno, abogado, nieto de alcalde, enciclopedia viviente del rock español y persona culta y agradable, aunque de un run-run verbal excesivo; el otro empresario de éxito relacionado con inmobiliarias, dueño de un olivar tradicional y pequeño productor de aceite. Dos personajes de Jaén, buenísimas personas, campechanos y dados a la buena vida. Gourmands a la fine crème versión Andalucía, ventripotentes y bien tiraos palante, al menos el olivarero, que el otro es un poco más melancólico y llorica.
Lo primero que hicimos después de la siesta fue ir a ver el Café del Deán.
G... me había dicho que el concierto íba a ser allí, y no en el Azulejo. El Deán está en una plaza muy noble de Jaén. El edificio de la diputación, etc. Quizá el “puro” centro de la ciudad. Frente al bar hay unos jardines públicos, arbolados, con dos fuentes y escultura incluída. Allí está la terraza del café. 15, quizá 20 mesas. Alguien me señaló el sitio donde se toca habitualmente: Allí, al pie del muro circular de la fuente. Las mesas alrededor. No me hizo mucha gracia pero no tenía remedio. El interior del Deán es pequeñísimo, apenas la barra y los baños.
Los jiennenses nos llevaron de tapeo por la ciudad vieja al anochecer. Según ellos, tuvimos la mala suerte de encontrar cerradas muchas de las tabernas más célebres de Jaén. Yo quería cosas muy añejas, ya sabes. Recalamos en una que debía de tener dos siglos. Las tapas eran cosas del estilo: sangrecillas, morros, patitas, higadillos fritos. Mi debilidad. Con nosotros venía también G... y el que imaginé era su pareja: un chico con aspecto magrebí, aunque español de pura cepa.
G...tiene algo de sacerdote. Es algo engolado, solemne y ceremonioso, y habla como susurrando. No diría que es una persona que cae simpática, aunque fue muy cortés conmigo. Mantiene una reserva, una distancia que no es pertinente franquear.
Nos reímos mucho aquella noche en las terrazas con los amigos de Jaén. A hora temprana (quizá la 1 a.m.) nos fuimos al hotel.
Día 12 martes.
El bueno de M. A... nos vino a buscar, tal y como prometió, a las 11 h. a la cafetería del hotel. Es un hombre de negocios pero sacó generosamente su tiempo y se agradece enormemente el cariño.
En su coche, Jean, Igor, Toni y yo, nos fuimos a visitar la fábrica de aceite donde produce “Piedras ...”, que es el nombre de su finca de olivos. La fábrica está en un pueblo de nombre difícil a unos 12 kilómetros de Jaén. Nos explicó, paso a paso, todo el proceso del aceite, desde que entra en los camiones hasta la planta de embotellado. Es una factoría pequeña y había muy pocos trabajadores. Nos impresionaron las naves donde están los depósitos gigantes de acero inoxidable reflectante. Jean hizo fotos allí dentro.
M. A... nos regaló de corazón una caja de 6 latas de tres litros para todos. Su “Piedras ...” es exquisito y lo vende caja a caja sobre pedido en la más alta gama de los aceites. Ya antes me había enviado por correo, como regalo, unas frascas de cristal a Donosti.
Tras la visita regresamos a la ciudad y subimos con él a La Cruz, un punto panorámico en lo alto del monte que guarda Jaén. La visión es extraordinaria. Vista la judería vieja desde lo alto, no nos extrañó que nos perdiéramos con el coche a nuestra llegada. Un verdadero laberinto medieval, caótico y bastante extenso por cierto. Junto a La Cruz está el Parador Nacional y nuestro anfitrión nos invitó a un aperitivo en los salones lujosísimos de ese antiguo castillo árabe.
Teníamos cita con G... en el Azulejo, donde estábamos invitados a comer . La comida fue de platos compartidos muy diversos y con ínfulas, muy a la moda, de presentación original. La cocinera, una señora de la edad de mi madre, vino a la mesa a saludarnos.
Nos fuimos a la siesta todos. Jean aprovechó para ir a RENFE y consultar su horario de trenes para el día siguiente. Yo creo que logré dormir 15 minutos, pero la mayor parte del tiempo lo pasé leyendo Ross McDonald, “The instant enemy”. Por cierto, te lo aconsejo.
A las siete teníamos la prueba de sonido con Ayala, el técnico. Tardaron una eternidad en montar los altavoces y la mesa, y no me extraña: aquello es una plaza y hay que construir todo. Desde las tomas de luz hasta los apoyos de la mesa mezcladora, etc. Mientras tanto las mesas de la terraza llenas de mamás y niños. En el puro cemento, sin tablado que valga, bajo un sol brillante por encima de la fronda del castaño de indias que teníamos encima, montamos el back-line nuestro. Aquello era tan surrealista como todo lo que ocurre en esta tierra tuya de adopción.
Vino la televisión andaluza con sus cámaras. Tuve que atender a dos tontas que me entrevistaron junto a la fuente. A su vez Jean tomaba imágenes de la interviú. Muy cerca de mi amplificador había un surtidor de agua, una especie de concha de hierro accionada con el pie, donde bebían los viejos jubilados que se acercaban por allí. Teníamos que tapar con un cartón el ampli cada vez que venían para prevenir salpicaduras. Y te aseguro que llegaban en grupos. ¡Pero qué increíble afán por beber agua fresca el de los jiennenses! Finalmente David clausuró la fuente con cinta americana, y ¡aún protestaron los siguientes!
Un hombre de mediana edad, desequilibrado sin duda, se empeñó en beber de la fuentecilla. Pasaba por encima de las fundas de nuestras guitarras. Los niños corrían alrededor o se paraban a mirar fijamente, curiosos como son, el mástil de mi Hofner o las luces del afinador cromático. Aquello era el delirio.
Llegó P... con la francachela cordobesa; entre ellos, Mario, un veterinario que conocimos la tarde del Amapola y un chico inglés, pelirrojo, que también estaba en la fiesta de la casa de P... Con ellos, y con Jean, y los ilustres jiennenses nos retiramos de la plaza a una taberna - charcutería cercana. Hubo rondas de cerveza. Yo apenas probé una. Estaba preocupado con mi garganta. En Córdoba acabé muy afónico y aún tenía la voz mate y rugosa.
Dieron las diez y diez. HA LLEGADO LA HORA me dije.
Dejé en la taberna a los chicos y me dirigí en solitario a la plaza. ¡La soledad!
Igor y Toni estaban “guardando” los instrumentos de las salpicaduras y las manos infantiles, sentados ya en sus puestos.
Dimos comienzo al concierto con todas las mesas repletas de público: frente a mí, a los costados e incluso detrás, alrededor de la fuente. Anochecía apenas. Había una luz dulce. El público estaba en verdad expectante.
El concierto fue muy aplaudido. Incluso la canción “No sólo de amor, del aire también se vive” que G... la tiene colocada en su particular hit-parade del Azulejo y el Deán, fue (atención) COREADA por una mesa de chicas jóvenes que levantaban los brazos en una especie de danza aprendida. Lo mejor de todo: la cara de satisfacción de nuestro olivarero y su esposa (una señora muy burguesa), sentados enfrente. La cara de satisfacción también del abogado T... de pie en un costado. La cara del cordobés P... al fondo, tarareando todas las letras, comparando quizá lo que escuchaba con lo que hicimos en su bar dos noches antes. En deferencia a los amigos yo cambié ligeramente el repertorio y atacamos algunas canciones inéditas en Córdoba.
Tras el recital tuve una avalancha de gente mareante y tuve que firmar quizá una docena de discos. Lo gracioso es que varios de los que firmé estaban destinados como regalo a sus parejas o a sus novias o novios ausentes. Como no conocen mi nombre me pedían que firmara como : El chico de “No sólo de amor”. En la barra vendieron TODOS los que llevábamos y me consta que hubo quien se quedó sin él. No pensaba pasar de 5 ó 6 y trajimos de Donosti una sola caja de 20. Hoy mismo tengo en el correo electrónico un pedido de dos que estuvieron esa noche.
¿Qué ocurrió despues del concierto? Dios mío, G...seguramente olvidó o no tuvo el detalle de darnos de cenar, un bocadillo siquiera. Según me contaron, Igor y Toni fueron en busca de un hamburger abierto, comieron algo y se retiraron al hotel más o menos pronto. Me los estoy imaginando, ellos solitos. Pero a mí se me olvida cenar siempre que hay tragos de por medio. Es algo que no aprendo, en realidad me gusta beber de vacío. Sólo logro cenar si estoy solo y tranquilo o en compañía íntima. Es el temperamento.
Jean y yo fuimos arrastrados por la peña en comandita una vez que cerraron el Deán y la plaza quedó desierta.
Algiuien tomó del bar de G... dos o tres botellas de whisky, cocacolas, tónicas y bolsas gigantes de hielo.
Por supuesto había farlopa a discreción. Gramos y más gramos. Fuimos a una discoteca. Yo me enfrenté a un portero forzudo que quería echar a un señor subnormal que venía con nosotros. Este pobre era ese tipo de persona con las piernas torcidas hacia fuera, los brazos rígidos y atrofiados, los dedos escapando unos de los otros, el labio belfo y adelantado, que le obligaba a hacer horribles esfuerzos para articular cualquier palabra. Total, que quiso agradecerme la galantería y subsiguiente bronca con el portero y no se despegó de mí en toda la noche. ¡Y cómo le gustaba el whisky al muy cabrito!
Cuando ya cerró todo hicimos botellón de lujo con cristal y hielo en una plaza céntrica. Más tarde aterrizamos en el salón de la casa de una muchacha muy punk que me daba el coñazo con “La buena racha” y a la que tocaba el culo el señor subnormal. Ya sólo existía la farlopa.
Amaneció y Jean estuvo a punto de desistir del viaje a Sevilla, perder el avión a París y lo que fuera. Decía: No importa, ya iré otro día. Yo le hice entrar en razón. No sé cómo, Jean y yo aparecimos solos en la habitación de nuestro hotel, recogiendo sus bolsas de fotografía y sus trípodes. Debían ser algo más de las siete de la mañana porque Jean tomaba el tren a las 8 en punto. Llamaron en recepción a un taxi. Algo pasó también con el recepcionista. Algo oscuro, violento. No me acuerdo... Algo de una fuerza maligna inusitada en la recepción de un hotel, aunque fuese de tercera categoría...
Abracé a Jean en el taxi, nos dimos dos besos y se marchó. Yo regresé a mi habitación. Sonó el teléfono: el recepcionista me AMENAZABA a muy malísimo tono con facturarme el día siguiente si no abandonaba de inmediato la habitación. Eran “ya” las doce y media del mediodía. Realmente enfermo, severamente enfermo, bajé y mantuve una discusión. Yo apenas tenía voz. De mi garganta salía apenas una resonancia áspera y apagada, como el ruido de una lavadora sobrecargada.
Igor y Toni estaban sentados en el hall de entrada y me miraban con horror. Yo sabía que tenía los ojos como llagas.
Cogimos el coche a la puerta, Igor al volante, nos perdimos en Jaén durante 60 minutos bajo un sol de justicia. Desesperado, tomé un taxi que guiara nuestro coche igual que la vez primera. Nos dejó en el Deán. Cargamos los trastos y las guitarras, y en la terraza, bajo el castaño de indias, “ví” a la peña de Córdoba tomando tranquilamente unas cañitas de cerveza con aceitunas y sonriendo al sol. No me lo podía creer. No me despedí de ellos. Les saludé brevemente y nos hicimos los despistados. Le grité a Igor: ¡Arranca y sal!. Más bien porque me temo, me doy miedo y me veo venir si me dan convoy.
Pero estaba realmente enfermo.
Llegamos a Donosti a las 22:30. Pasé el viaje sentado en la parte de atrás sin articular una sola palabra. Leyendo a ratos y durmiendo cabezadas. Sólo un bulto oscuro de 59 kilos en la parte de atrás. Tampoco mi grupo decía nada, intrigados sin embargo como estaban con mi letargo mudo y ciego. (Recuerda que ellos NO estuvieron conmigo en toda la noche)
Supe de Jean a los dos días: Al llegar en tren a Sevilla tomó un taxi y, en vez de ir a tu casa, pidió al aeropuerto directamente: Durmió tumbado en un banco las tres horas de espera que tenía por delante, abrazado a las bolsas de fotografía. Me dice que le apenó mucho no poder llamarte tal y como había planeado el día anterior. Me dijo que te pidiera excusas. También él estaba afónico cuando me llamó. Con una voz como de goma quemada.
Y eso es todo querida Sasha. Pasé cuatro, cinco días laborables en la cama. Cuidado por Gemma. Tomando sopas de cocido y té blanco entrehoras. Aún no me he recuperado del todo y se me sube muy prontamente el vino a la cabeza.
Con respecto al plan de Sta. Engrace-Mosset, ya digo desde ahora que SI. Lo pasaremos de maravilla, y estoy pensando, si viniera Gemma, en llevarme a mi sobrino Adrián. Quizá sea descabellado. Ya veré.
Un abrazo muy fuerte y mandamos desde aquí energía de la buena para el exámen de Andrew, aunque ya se ve de lejos que lo va a aprobar con holgura.
Rafa.
21 de junio 2007