Rafa Berrio - Grupo Deriva

Blog de Rafa Berrio, grupo Deriva

miércoles, junio 25, 2008

Jaime Gil de Biedma (en la cama)

Cruz Larrañeta grabó aquella misma velada (ver más abajo) esta rareza que nunca, o casi nunca, tocamos, perteneciente al primer álbum de Amor a Traición. "Jaime Gil de Biedma. Veo a Jaime Gil de Biedma en la cama..." in aeternum.
http://es.youtube.com/watch?v=M_WH-aUbr40

sábado, abril 05, 2008

Cruz Larrañeta detrás de la cámara

Cruz Larrañeta (Txamarta) ha grabado parte del concierto que hicimos Toni, Igor y yo este jueves 3 de abril 08 en Lugaritz (Sala Imanol Larzabal) y lo ha colgado en su blog a tiempo real impagable. Este es el enlace para ver la última canción del repertorio que hicimos. Hay que notar el truco de los dos amplificadores simultáneos en los momentos de la distorsión. ¡Sólo hay un guitarrista y soy yo mismo!

http://es.youtube.com/watch?v=tB3CQFPWXKc

domingo, febrero 17, 2008

Córdoba y Jaén

foto por Jean Condé


14 de junio (aprox.) de 2007


Yo sé muy bien que hay dos tipos de resaca: La resaca común y la resaca severa. Es interesante. En el primer caso uno siente cuando despierta que la cosa, aunque molesta y paralizante, será pasajera mal que bien. Requiere unos cuantos litros de té verde muy ligero, algo de acetil-salicílico (opcional) con que despejar el dolor alojado detrás del ojo, la promesa de una siesta tras una comida rica en ingredientes yang... incluso permite darle unas chupadas no más al pitillo sabiendo que al caer la tarde remitirá acaso con el revulsivo del primer sorbo de cerveza.
En el segundo caso, en la resaca severa, o resaca rigurosa, las cosas cambian. Aquí no valen los fármacos, ni las medidas paliativas. Lo primero y más sorprendente es que el dolor en la cuenca ocular no se manifiesta a pesar de que el cuerpo amanece sepultado bajo toneladas de escombro (¿?). Lo segundo, la conciencia: Sabemos que será imposible remontar y ya entonces todo queda en “suspenso” a merced de Cronos. Excepto esa conciencia, ningún órgano hará el menor movimiento o trabajo hasta nueva orden por la sencilla razón de que “adentro” no hay nadie que se lo proponga buenamente. Las pupilas, las cuerdas vocales, las articulaciones, el cerebro lógico, las tripas... Todo el organismo se encuentra replegado sobre sí mismo y así permanecerá durante largas y agónicas horas. Quizá incluso días. Es el embrutecimiento. Las personas se convierten en larvas. Si somos elegantes y sabemos sufrir, en crisálidas. Ahora ya hablamos de convalecencia en términos serios.

No quiero extenderme mucho. No quiero revivir este estado que recién he logrado superar. Gemma me ha traído un caldo de alcachofas, cebollas y miso. Será lo primero que tome en las últimas 30 horas. Más que nada para quitarme el sabor de la bilis inagotable y la baba. La cama está revuelta, con una humedad insana y caliente como de pantano. La almohada se ha vuelto de mármol blanco. A ratos siento los nervios erizados y tensos que suben desde las piernas hasta alcanzar la mandíbula. El frío y las tiritonas se vienen y van. Otras veces alcanzo una cierta paz que me permite seguir con vida apenas y entonces descabezo un sueño negro que me coloca en el limbo de la inopia hasta que me despierta de nuevo la náusea. Además de las olas de la Zurriola, oigo un cierto bullicio urbano afuera, o el eco de una radio, pero me es indiferente todo lo que no sean mis propias exequias. Como suele ser habitual tengo algún vago pensamiento erótico, y digo “habitual” porque ya he observado que este es un truco de distracción que practica el cerebro siempre que se encuentra en estado de mucho sufrimiento.

La memoria es atroz, sádica, morbosa, actúa con maldad, con delectación en la ceremonia del suplicio. ¡Ah, si! A ella le gusta hundir la hoja cortante y diseccionar a lo vivo, rajando sin piedad...
La memoria se busca a sí misma, necesita encontrarse, regresar por el mismo camino, volver al punto de partida obstinadamente. Cuando todo está entumecido, ella aún trabaja como si fuera una máquina tuneladora imparable hasta arrojar luz cegadora a las situaciones. ¿Y para qué? ¿Para qué querríamos saber?

Ha pasado un tiempo indeterminado, quizá tres o cuatro días, desde que regresé de Jaén. No sé porqué me viene esa imagen desoladora del enorme aparcamiento de Garbera, ya en San Sebastián, donde dejamos el coche de alquiler y la despedida en plena noche entre Igor, Antonio y yo. Cada cual se fue a su casa. Yo tenía mi furgoneta cerca y conduje como pude hasta el barrio de Gros. Incluso tuve la suficiente entereza de ánimo como para colocar el ticket de la OTA en el parabrisas. Me ví reflejado con grandes ojeras violetas. El pantalón me bailaba en la cintura.
Gemma vino al poco para cuidarme al tiempo que me abroncaba por mi pulsión autodestructiva y bla, bla, bla... ella que es tan moderada en todo menos en la carcajada.
¿Y qué pasó hacia atrás? ¿Qué hay de las horas previas? ¿Qué ocurrió “realmente” en los conciertos de Córdoba y Jaén?
No puedo contarlo. No tengo fuerzas ni ganas. Es demasiado lioso.


1º de agosto de 2007.

Sin embargo voy a reconstruir las jornadas con dos documentos que lo explicarán por mí.
El primero es de mi amiga (mi hermana) la novelista Alexandra Whitaker. Ella junto con Andrew N. K. se vinieron de Sevilla para ver el recital de Córdoba y se regresaron a la mañana siguiente, apenas dormidas breves horas. Le he pedido a Sasha que escriba por mí sus impresiones de esa noche del 10 de junio en Córdoba, a sabiendas del esfuerzo por cuanto que lo hace en un idioma que no es el suyo. El texto es muy bueno y compararme con el Rey-Sol es una sátira que sólo se le podía ocurrir a ella.

El segundo documento es un largo mail privado que yo mismo le envié a Alexandra y que explica muy por encima los sucesos que ella no vio de Jaén referentes al 11 y 12 de junio. Como se verá, está escrito a modo de inventario, un poco de mala gana y como pasando por encima, sólo por el mero hecho de darle ese placer a mi amiga ante su interés y curiosidad. En esta versión he tenido que ocultar algunos de los nombres propios del relato por respeto a la intimidad de los aludidos. Por último, y como aclaración, el “Juantxo” de Alexandra es la misma persona que mi “Jean”.

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Córdoba, 11 junio 2007.
por Alexandra Whitaker


Me despierto con sed, dolor de cabeza, y la dulce sensación de que mi alma flotaba, que son los ingredientes de mis resacas. Desde esa cama desconocida, miro por la ventana el balcon combado de la casa de enfrente – las macetas descuidadas, el canario saltando en su jaula -- y espero tranquilamente a que las trizas de mi memoria vuelvan a unirse para formar el cuadro de lo que yo hice anoche. El pájaro echa la cabeza atrás y canta, largo y ondulado, y las piezas del mosaïco caen en su sitio: Córdoba, Rafa, manjares, tejado. Ya. Eso es. Estoy en Córdoba, en la Plaza del Potro. Acompañada por Andrew, Juantxo y Sophie. Anoche vimos un concierto de Rafa. En un bar en la orilla del Gualdalquivir. Claro.

El sutil distanciamiento empieza durante la cena, servida al aire libre, en una terraza con vistas al río. Rafa sigue animado y cordial, pero siento que se aleja. En el postre se disculpa de la mesa y va en búsqueda de puros, y cuando vuelve, la diferencia entre nosotros es palpable: hemos pasado de ser ocho amigos cenando a ser: Rafa Berrio; sus músicos, Igor y Antonio; y su entourage.

Es que todos nosotros – los músicos, Pablo del bar, los fans y demás clientes del bar aquella noche– estamos allí por él, por Rafa, el gran causante. En realidad, porque él, un tiempo atrás, se tumbó en su cama y miró el techo, que es como compone la música. No hablemos, pues, de igualdad; cuando tú y yo miramos el techo, nadie lo celebra comprando billetes a Córdoba desde París, Londres, Madrid y Jaén.

Durante el concierto, el familiar dolor. Empieza con ‘Te Quiero’ – nada de juegos preliminares. Entre canciones nos habla, showman hasta la médula, en esta voz tan bajita, tan bajita --“Qué? ¿El gran causante, yo?” – que para oírle primero tenemos que callarnos, luego retener la respiracion. Es una chulería inversa que le perdonamos, apretando los dientes y queriendole, si cabe, más. El canta y le contemplo bajo los focos. Me fijo en sus rasgos curiosamente orientales. Su voz se me adentra y me dejo llevar por el dulce consuelo de su letra, hasta que, al borde ya del trance, en autodefensa mi admiración desborda en irritación: “¡Una copa, joder!” Mis repetidos viajes a la barra me permiten ver que todo el público conoce la letra. Ellos también la van susurrando, y comprendo que la certeza de que cada canción fue escrita ‘justo para mí’ está compartida por todos aquí. El pensamiento de que todos los presentes podríamos tener en común algo tan íntimo, por una vez no produce repulsión en mi corazón misántropo. La mía es casi, casi una sensación de fraternidad con los demás – sin llegar a tanto, claro.

Copas y más copas. Más copas. Y entonces ocurre algo insólito. Como en un cuento de hadas, aparece una pareja que nos hace una solemne señal de acompañarla. Perplejos, y agarrando los vasos por si acaso, les seguimos en silencio, caminanado en fila india por la orilla del río. Nuestros anfitriones se paran, abren una puerta, y aparece una magnífica mesa puesta con cubiertos de oro y cálices enjoyados, para exactamente el número de personas que somos. Como en un sueño, cenamos platos finos y licores exquisitos que llegan volando a la mesa traídos por una suave corriente de aire perfumado de azahar. Mientras mastico, pienso en lo crítica que he sido siempre con estos parásitos oportunistas que rodean a los famosos y viven a su coste, idiotizándoles con halagos baratos y recrudeciendo sus vicios para poder así manipularles mejor; pienso en esta gente sanguijuela sinvergüenza -- y ya me cae mejor. Esta noche me alimento, literalmente, del genio de Rafa, y a esto, la verdad, me podría acostumbrar. Cuando ya estamos saciados, repletos de viandas y vinos, sin poder ni recordar ni razonar, ni enfocar ni enunciar, suenan estas aciagas palabras: “Y ahora, vamos a una fiesta.”

Mis recuerdos se vuelven puntillistas: Una casa con patio. La de Pablo. Escaleras. Tejado. Vistas. Cerveza. Risas. Sueño. Sueño. Camino a casa. Largo camino a casa.

Y por la mañana, el balcón, el canario y mi placentera resaca. Juantxo, Sophie, Andrew y yo desayunamos al sol. Fiel a la promesa hecha en el tejado anoche, Juantxo me hypnotiza. “No son las condiciones idóneas,” dice, la mano en la frente, tragando dos aspirinas con su tercer café. “Pero, venga, haré lo que pueda.” Y así, en la Plaza del Potro, bajo el sol matinal cordobés, guiada por la voz algo ronca de Juantxo, me desprendo del tabaco.

Es la hora de irnos. Pero primero, de despedirnos de Rafa.

Somos seis personas con maletas en el frondoso patio de la pensión. Los fieles músicos, Igor y Antonio, están sentados tranquilamente bajo unos helechos, leyendo el periódico a la espera de nuevas órdenes. Nosotros cuatro estamos de pie, intercambiando miradas preocupadas cuando Rafa no contesta a nuestra tímida llamada a su puerta. Juantxo mete la mano entre las rejas de la ventana y llama a la persiana. Nada. Otro golpecito. La persiana chirría, se abre un pelín, se vuele a cerrar. La puerta se abre. ¡Rafa Berrio! Pálido, el pelo de punta, pero espléndido en su camisón. Inspiramos hondo. No hubo cortesano del Rey Louis XIV que se sintiese más privilegiado que nosotros al estar presentes en este lever. Con la cortesía impecable que le caracteriza, Rafa va distribuyendo besos y apretones de manos entre nosotros, con una gentil palabra para cada uno.

Y nos separamos. Sophie vuelve a París; Andrew y yo a Sevilla. Juantxo se queda, va a acompañar a Rafa en su siguiente actuación. Por si acaso, le regalo las aspirinas que me quedan.

Pero de muy poco les va servir un par de aspirinas contra lo que les espera en Jaén.

Copyright©2008Alexandra Whitaker







Donostia, 21 de junio, 2007.

Mi querida Alexandra Rodovna,

Esta es la relación de sucesos: Desayunamos juntos en la terraza de la calle peatonal cerca del Amapola hacia las 11 de la mañana. Me dio mucha pena despediros así. Yo tan dormido, tan temprano. Como sabes, Jean ya estaba despierto e iba por su quinto café. Se estaba realmente bien en aquel sitio, bajo el sol, con un olor acre a aceitunas. Yo me escapé a buscar un estanco y por pura casualidad dí con el Mercado Central (en la gran plaza aquella de La Corredera), aunque siendo lunes estaba desolado y con muy poco género.
Regresé a la terraza. Hacia las dos de la tarde vino R..., la novia de nuestro amigo cordobés P... y cargamos los instrumentos en el coche. El Amapola no había sido limpiado y permanecía del mismo modo en que se dejó la noche anterior. Eché un vistazo en derredor no sin nostalgia.

Decidimos salir sin comer hacia Jaén. Juantxo, Igor, Toni y yo en nuestro coche de alquiler. Hicimos el viaje por la carretera comarcal entre mares, océanos de olivos. Se tarda algo más de una hora. En Jaén capital paramos el coche junto a una cafetería con terraza y comimos flamenquines con ensalada. Había un ambiente dominguero a pesar de ser lunes. Era el último día de las fiestas patronales.
Intentamos buscar el bar Azulejo y nos perdimos en una ciudad caótica y circular, endemoniadamente compleja de direcciones de tráfico. Finalmente Jean se quedó guardando el coche en un sitio indeterminado y nosotros tres decidimos continuar la búsqueda a pie por el casco viejo. Hay que decir que G..., el dueño del azulejo, NO contestaba a mis llamadas al móvil. En el azulejo la peña estaba a cubata y gintonic. Me quedé extrañado porque aún no eran ni las cinco de la tarde. Pregunté en la barra pero G... no estaba. Me dijeron que tal vez en el CAFÉ DEL DEAN, otro café de su propiedad no lejos del Azulejo. Bajamos al Deán y la encargada nos comunicó que G... estaba desaparecido. Creo que un poco avergonzada nos dio 30 euros para un taxi y los billetes reserva del hotel Europa, (esa previsión si había tenido).

En taxi regresamos donde Jean y el mismo taxista nos regresó al Deán, donde descargamos los instrumentos. El taxista nos esperó para llevarnos al hotel, nuestro coche siguiéndole audazmente por detrás a la carrera.

Nos dimos hora y media de siesta, ya muy tardía pero necesaria. Al término mi teléfono recibió llamada de G.... Me pilló de mal humor y muy dolido con su recepción inexistente, con su desplante. Le dije cuatro cosas, o tres. Se excusó con el asunto de las fiestas de Jaén y la hora intempestiva en la que acaban de servir copazos al público. En realidad estaba durmiendo.

Recibí también llamada de mis amigos P. T... y M. A... Estos son mis valedores en Jaén, y los causantes de todo el revuelo, incluso el de Córdoba. Son dos “notables”, como dijo Jean. Uno, abogado, nieto de alcalde, enciclopedia viviente del rock español y persona culta y agradable, aunque de un run-run verbal excesivo; el otro empresario de éxito relacionado con inmobiliarias, dueño de un olivar tradicional y pequeño productor de aceite. Dos personajes de Jaén, buenísimas personas, campechanos y dados a la buena vida. Gourmands a la fine crème versión Andalucía, ventripotentes y bien tiraos palante, al menos el olivarero, que el otro es un poco más melancólico y llorica.

Lo primero que hicimos después de la siesta fue ir a ver el Café del Deán.
G... me había dicho que el concierto íba a ser allí, y no en el Azulejo. El Deán está en una plaza muy noble de Jaén. El edificio de la diputación, etc. Quizá el “puro” centro de la ciudad. Frente al bar hay unos jardines públicos, arbolados, con dos fuentes y escultura incluída. Allí está la terraza del café. 15, quizá 20 mesas. Alguien me señaló el sitio donde se toca habitualmente: Allí, al pie del muro circular de la fuente. Las mesas alrededor. No me hizo mucha gracia pero no tenía remedio. El interior del Deán es pequeñísimo, apenas la barra y los baños.

Los jiennenses nos llevaron de tapeo por la ciudad vieja al anochecer. Según ellos, tuvimos la mala suerte de encontrar cerradas muchas de las tabernas más célebres de Jaén. Yo quería cosas muy añejas, ya sabes. Recalamos en una que debía de tener dos siglos. Las tapas eran cosas del estilo: sangrecillas, morros, patitas, higadillos fritos. Mi debilidad. Con nosotros venía también G... y el que imaginé era su pareja: un chico con aspecto magrebí, aunque español de pura cepa.
G...tiene algo de sacerdote. Es algo engolado, solemne y ceremonioso, y habla como susurrando. No diría que es una persona que cae simpática, aunque fue muy cortés conmigo. Mantiene una reserva, una distancia que no es pertinente franquear.
Nos reímos mucho aquella noche en las terrazas con los amigos de Jaén. A hora temprana (quizá la 1 a.m.) nos fuimos al hotel.


Día 12 martes.
El bueno de M. A... nos vino a buscar, tal y como prometió, a las 11 h. a la cafetería del hotel. Es un hombre de negocios pero sacó generosamente su tiempo y se agradece enormemente el cariño.
En su coche, Jean, Igor, Toni y yo, nos fuimos a visitar la fábrica de aceite donde produce “Piedras ...”, que es el nombre de su finca de olivos. La fábrica está en un pueblo de nombre difícil a unos 12 kilómetros de Jaén. Nos explicó, paso a paso, todo el proceso del aceite, desde que entra en los camiones hasta la planta de embotellado. Es una factoría pequeña y había muy pocos trabajadores. Nos impresionaron las naves donde están los depósitos gigantes de acero inoxidable reflectante. Jean hizo fotos allí dentro.

M. A... nos regaló de corazón una caja de 6 latas de tres litros para todos. Su “Piedras ...” es exquisito y lo vende caja a caja sobre pedido en la más alta gama de los aceites. Ya antes me había enviado por correo, como regalo, unas frascas de cristal a Donosti.
Tras la visita regresamos a la ciudad y subimos con él a La Cruz, un punto panorámico en lo alto del monte que guarda Jaén. La visión es extraordinaria. Vista la judería vieja desde lo alto, no nos extrañó que nos perdiéramos con el coche a nuestra llegada. Un verdadero laberinto medieval, caótico y bastante extenso por cierto. Junto a La Cruz está el Parador Nacional y nuestro anfitrión nos invitó a un aperitivo en los salones lujosísimos de ese antiguo castillo árabe.
Teníamos cita con G... en el Azulejo, donde estábamos invitados a comer . La comida fue de platos compartidos muy diversos y con ínfulas, muy a la moda, de presentación original. La cocinera, una señora de la edad de mi madre, vino a la mesa a saludarnos.

Nos fuimos a la siesta todos. Jean aprovechó para ir a RENFE y consultar su horario de trenes para el día siguiente. Yo creo que logré dormir 15 minutos, pero la mayor parte del tiempo lo pasé leyendo Ross McDonald, “The instant enemy”. Por cierto, te lo aconsejo.

A las siete teníamos la prueba de sonido con Ayala, el técnico. Tardaron una eternidad en montar los altavoces y la mesa, y no me extraña: aquello es una plaza y hay que construir todo. Desde las tomas de luz hasta los apoyos de la mesa mezcladora, etc. Mientras tanto las mesas de la terraza llenas de mamás y niños. En el puro cemento, sin tablado que valga, bajo un sol brillante por encima de la fronda del castaño de indias que teníamos encima, montamos el back-line nuestro. Aquello era tan surrealista como todo lo que ocurre en esta tierra tuya de adopción.
Vino la televisión andaluza con sus cámaras. Tuve que atender a dos tontas que me entrevistaron junto a la fuente. A su vez Jean tomaba imágenes de la interviú. Muy cerca de mi amplificador había un surtidor de agua, una especie de concha de hierro accionada con el pie, donde bebían los viejos jubilados que se acercaban por allí. Teníamos que tapar con un cartón el ampli cada vez que venían para prevenir salpicaduras. Y te aseguro que llegaban en grupos. ¡Pero qué increíble afán por beber agua fresca el de los jiennenses! Finalmente David clausuró la fuente con cinta americana, y ¡aún protestaron los siguientes!
Un hombre de mediana edad, desequilibrado sin duda, se empeñó en beber de la fuentecilla. Pasaba por encima de las fundas de nuestras guitarras. Los niños corrían alrededor o se paraban a mirar fijamente, curiosos como son, el mástil de mi Hofner o las luces del afinador cromático. Aquello era el delirio.

Llegó P... con la francachela cordobesa; entre ellos, Mario, un veterinario que conocimos la tarde del Amapola y un chico inglés, pelirrojo, que también estaba en la fiesta de la casa de P... Con ellos, y con Jean, y los ilustres jiennenses nos retiramos de la plaza a una taberna - charcutería cercana. Hubo rondas de cerveza. Yo apenas probé una. Estaba preocupado con mi garganta. En Córdoba acabé muy afónico y aún tenía la voz mate y rugosa.

Dieron las diez y diez. HA LLEGADO LA HORA me dije.
Dejé en la taberna a los chicos y me dirigí en solitario a la plaza. ¡La soledad!
Igor y Toni estaban “guardando” los instrumentos de las salpicaduras y las manos infantiles, sentados ya en sus puestos.
Dimos comienzo al concierto con todas las mesas repletas de público: frente a mí, a los costados e incluso detrás, alrededor de la fuente. Anochecía apenas. Había una luz dulce. El público estaba en verdad expectante.

El concierto fue muy aplaudido. Incluso la canción “No sólo de amor, del aire también se vive” que G... la tiene colocada en su particular hit-parade del Azulejo y el Deán, fue (atención) COREADA por una mesa de chicas jóvenes que levantaban los brazos en una especie de danza aprendida. Lo mejor de todo: la cara de satisfacción de nuestro olivarero y su esposa (una señora muy burguesa), sentados enfrente. La cara de satisfacción también del abogado T... de pie en un costado. La cara del cordobés P... al fondo, tarareando todas las letras, comparando quizá lo que escuchaba con lo que hicimos en su bar dos noches antes. En deferencia a los amigos yo cambié ligeramente el repertorio y atacamos algunas canciones inéditas en Córdoba.


Tras el recital tuve una avalancha de gente mareante y tuve que firmar quizá una docena de discos. Lo gracioso es que varios de los que firmé estaban destinados como regalo a sus parejas o a sus novias o novios ausentes. Como no conocen mi nombre me pedían que firmara como : El chico de “No sólo de amor”. En la barra vendieron TODOS los que llevábamos y me consta que hubo quien se quedó sin él. No pensaba pasar de 5 ó 6 y trajimos de Donosti una sola caja de 20. Hoy mismo tengo en el correo electrónico un pedido de dos que estuvieron esa noche.

¿Qué ocurrió despues del concierto? Dios mío, G...seguramente olvidó o no tuvo el detalle de darnos de cenar, un bocadillo siquiera. Según me contaron, Igor y Toni fueron en busca de un hamburger abierto, comieron algo y se retiraron al hotel más o menos pronto. Me los estoy imaginando, ellos solitos. Pero a mí se me olvida cenar siempre que hay tragos de por medio. Es algo que no aprendo, en realidad me gusta beber de vacío. Sólo logro cenar si estoy solo y tranquilo o en compañía íntima. Es el temperamento.

Jean y yo fuimos arrastrados por la peña en comandita una vez que cerraron el Deán y la plaza quedó desierta.

Algiuien tomó del bar de G... dos o tres botellas de whisky, cocacolas, tónicas y bolsas gigantes de hielo.
Por supuesto había farlopa a discreción. Gramos y más gramos. Fuimos a una discoteca. Yo me enfrenté a un portero forzudo que quería echar a un señor subnormal que venía con nosotros. Este pobre era ese tipo de persona con las piernas torcidas hacia fuera, los brazos rígidos y atrofiados, los dedos escapando unos de los otros, el labio belfo y adelantado, que le obligaba a hacer horribles esfuerzos para articular cualquier palabra. Total, que quiso agradecerme la galantería y subsiguiente bronca con el portero y no se despegó de mí en toda la noche. ¡Y cómo le gustaba el whisky al muy cabrito!

Cuando ya cerró todo hicimos botellón de lujo con cristal y hielo en una plaza céntrica. Más tarde aterrizamos en el salón de la casa de una muchacha muy punk que me daba el coñazo con “La buena racha” y a la que tocaba el culo el señor subnormal. Ya sólo existía la farlopa.

Amaneció y Jean estuvo a punto de desistir del viaje a Sevilla, perder el avión a París y lo que fuera. Decía: No importa, ya iré otro día. Yo le hice entrar en razón. No sé cómo, Jean y yo aparecimos solos en la habitación de nuestro hotel, recogiendo sus bolsas de fotografía y sus trípodes. Debían ser algo más de las siete de la mañana porque Jean tomaba el tren a las 8 en punto. Llamaron en recepción a un taxi. Algo pasó también con el recepcionista. Algo oscuro, violento. No me acuerdo... Algo de una fuerza maligna inusitada en la recepción de un hotel, aunque fuese de tercera categoría...

Abracé a Jean en el taxi, nos dimos dos besos y se marchó. Yo regresé a mi habitación. Sonó el teléfono: el recepcionista me AMENAZABA a muy malísimo tono con facturarme el día siguiente si no abandonaba de inmediato la habitación. Eran “ya” las doce y media del mediodía. Realmente enfermo, severamente enfermo, bajé y mantuve una discusión. Yo apenas tenía voz. De mi garganta salía apenas una resonancia áspera y apagada, como el ruido de una lavadora sobrecargada.
Igor y Toni estaban sentados en el hall de entrada y me miraban con horror. Yo sabía que tenía los ojos como llagas.

Cogimos el coche a la puerta, Igor al volante, nos perdimos en Jaén durante 60 minutos bajo un sol de justicia. Desesperado, tomé un taxi que guiara nuestro coche igual que la vez primera. Nos dejó en el Deán. Cargamos los trastos y las guitarras, y en la terraza, bajo el castaño de indias, “ví” a la peña de Córdoba tomando tranquilamente unas cañitas de cerveza con aceitunas y sonriendo al sol. No me lo podía creer. No me despedí de ellos. Les saludé brevemente y nos hicimos los despistados. Le grité a Igor: ¡Arranca y sal!. Más bien porque me temo, me doy miedo y me veo venir si me dan convoy.
Pero estaba realmente enfermo.

Llegamos a Donosti a las 22:30. Pasé el viaje sentado en la parte de atrás sin articular una sola palabra. Leyendo a ratos y durmiendo cabezadas. Sólo un bulto oscuro de 59 kilos en la parte de atrás. Tampoco mi grupo decía nada, intrigados sin embargo como estaban con mi letargo mudo y ciego. (Recuerda que ellos NO estuvieron conmigo en toda la noche)

Supe de Jean a los dos días: Al llegar en tren a Sevilla tomó un taxi y, en vez de ir a tu casa, pidió al aeropuerto directamente: Durmió tumbado en un banco las tres horas de espera que tenía por delante, abrazado a las bolsas de fotografía. Me dice que le apenó mucho no poder llamarte tal y como había planeado el día anterior. Me dijo que te pidiera excusas. También él estaba afónico cuando me llamó. Con una voz como de goma quemada.

Y eso es todo querida Sasha. Pasé cuatro, cinco días laborables en la cama. Cuidado por Gemma. Tomando sopas de cocido y té blanco entrehoras. Aún no me he recuperado del todo y se me sube muy prontamente el vino a la cabeza.

Con respecto al plan de Sta. Engrace-Mosset, ya digo desde ahora que SI. Lo pasaremos de maravilla, y estoy pensando, si viniera Gemma, en llevarme a mi sobrino Adrián. Quizá sea descabellado. Ya veré.

Un abrazo muy fuerte y mandamos desde aquí energía de la buena para el exámen de Andrew, aunque ya se ve de lejos que lo va a aprobar con holgura.

Rafa.
21 de junio 2007

miércoles, agosto 22, 2007

DERIVA al TEATRE BARTRINA. REUS.



Domingo 22 de abril, 2007
15:00 h.


Precisamente le estaba diciendo a Igor: “Mucho cuidado porque estos son los famosos Monegros, el azote de los automovilistas. Aquí se quedan colgados montones de coches cada año, tío... El secreto es una falsa recta que en realidad es una pendiente cuesta arriba y un clima achicharrante, y bla, bla, bla.”. De pronto Igor –que era el que conducía- ha dado un brinco en el volante.
“¡¡No me responde, no sé qué pasa!!”. He pensado que era una broma. Después le he gritado:
¡Al arcén, al arcén, lánzate al arcén!”.

Y sí, aquí estamos, a la sombra de unos pinos, en los márgenes de la autopista, a la altura de Alfajarín y recién pasada Zaragoza, esperando a la grúa que parece que tarda un poco. A cien metros la Peugeot J5 con las tripas abiertas y humeando por la culata. Los tres tumbados en esta especie de talud alfombrado de agujas de pino secas y crujientes, yo con el chaleco fluorescente reglamentario, Igor y Toni a mi lado, en silencio, mirando el cielo azul entre las ramas. No sé porqué se me han ocurrido unos versos en estos momentos. Los apunto para no perderlos:

Permaneces
Como esa triste flor cuyo nombre ignoras,
En esta lenta sucesión de “ahoras”
Que es el presente a veces.

Inmutable,
Como una mosca inmóvil contra el espejo,
En este instante detenido y perplejo
De eternidad probable.

Permaneces
Inmutable.

Ahora estamos en el camión-grúa viajando hacia Bujaraloz, la base más próxima del servicio de autopistas. Miro con aprensión mi furgoneta que va detrás cabeceando. Los faros cuadraditos y la rejilla del radiador le prestan una “cara” de niña buena de ojos grandes. Va diciendo: “sí, sí, sí” Parece un perrito siguiéndome a pesar de todo. El conductor de la grúa apenas habla si no es por la radiofrecuencia. Tiene un acento marcadamente maño. De vez en cuando Toni, Igor y yo nos miramos sin decirnos nada, poniendo una mueca de circunstancias y una sonrisa taciturna.

Pina de Ebro, Bujaraloz... en mis pensamientos fantaseo con alguna loma lejana donde se me antoja una refriega o una escaramuza de insultos habida entre los milicianos de la columna Durruti y los nacionales. Elijo cualquier punto y me digo que no es imposible que precisamente “esa” vaguada o “aquella” arboleda hayan sido testigos mudos de las batallas del 36. Inutilmente trato de sentir, mirando este paisaje, lo que ellos sintieron entonces.

La base de servicio correspondiente a esta zona de la autopista A-2 está en un llano expuesto en medio de la nada. Estamos en abril. No quiero ni pensar lo que será esto en agosto. Hay un gran aparcamiento a merced de un viento desolador y varios edificios bajos y largos de bloque beige; Hay una fuentecilla artificial que mana en un pequeño charco de cemento sin sentido. Al fondo veo las cabinas de peaje de una de las salidas de la A-2.
Se huele el olor caliente y dulzón del asfalto. No se puede evitar un pequeño nudo de desamparo en la garganta.

Les explico a mis compañeros que la telefonista de la compañía de seguros no ha querido, en principio, hacerse cargo de los instrumentos y amplificadores que llevamos. En la segunda llamada el gruista ha intercedido por nosotros y muy sabiamente se la ha llevado a su terreno. “Son músicos; ¿Qué harán ellos en destino sin sus guitarras, señorita”? Después yo me he puesto al aparato y, tras un tira y afloja, ha cambiado el registro y me ha preguntado con una voz muy sexi por el nombre del grupo y mi dirección web.
“ Es bastante inusual vender discos de esta manera”, le he dicho.
Igor y Toni me miran con una gran interrogante por encima de su coronilla. “El sol pega fuerte. Ponéos a la sombra” les aconsejo.
Hay un infinito saber estar en la actitud paciente y callada de mis compañeros.

Midiendo con pasos el asfalto hasta la fuentecita seguimos esperando al taxi que nos llevará a cuenta de la compañía de seguros hasta Reus junto con todo nuestro equipo. El sol baila la danza de los cuchillos.


El taxi ha llegado. Es una Renault Space ultra-moderna con olor a coche nuevo. El back-line ha entrado y nuestro equipaje también ha entrado. Son las ventajas de ser un trío modesto.
Volamos por la autopista de nuevo después de tres horas de tribulación. El taxista es un hombre de mediana edad, macizo de cuerpo y hablador por los codos. Diría que es realmente simpático, con ganas de comunicarse. Está encantado con su maquinita de detectar radares y programar rutas. Le ha puesto una voz masculina admonitoria y un avisador que suena exactamente como las campanas de una catedral en domingo. Con chismes, bromas y veras vamos devorando los 200 kilómetros que nos separan de Reus. A menudo me cruza el pensamiento mi furgoneta abandonada en el área de servicio y cómo volveremos a Donosti después del concierto de mañana en el teatro Bartrina. Sólo puedo ahuyentarlo y decir “ya veremos”.

Jordi Rue nos está esperando desde hace tiempo subiendo y bajando la calle de su casa, en el centro de Reus. El taxi nos ha dejado justo enfrente del portal y aún con los trastos en la acera ha salido hacia un nuevo destino. “Con un poco de suerte hago el retorno a bandera bajada” ha dicho.
“Adiós, adiós, muchas gracias señor taxista... hasta nunca quizá, quién sabe”. Ya casi le había tomado cariño a este hombre, qué tontería.

Jordi Rue es un jóven profesor de matemáticas en el instituto de Reus, un romántico apasionado del pop donostiarra, hasta tal punto que diría que es el hombre que más sabe de nuestra propia historia, veinticinco años atrás hasta el presente. Antes que nada adora a los Duncan Dhu, pero si alguien le habla de La Cofradía o de La Dama se Esconde, por poner un ejemplo, sabrá dar datos y fechas con pasmosa seguridad.
Como es natural, Jordi ha conocido, en lo que respecta a mi aportación a esa historia, las maquetas de UHF, Amor a Traición y los últimos discos de Deriva. No se le escapan las apariciones ocasionales en discos ajenos como los de Sanchís y Jocano o Kike Mingo, etc. Comoquiera que Jordi es una persona ilustrada, de la escuela estoicista, amante de las artes bellas y de trato agradable, no nos ha sido difícil mantener una correspondencia fluida los últimos años. Puso su empeño en hacer la presentación de “Harresilanda” en su ciudad y para ello habló con tirios y troyanos. Apuntó alto y, sin ser “manager produccion” ni nada que se le parezca, consiguió su objetivo, su fecha y su contrato, con la junta que dirige el Teatre Bartrina. Empeño admirable, ciertamente. Y aquí estamos.

La casa de Jordi es un ático levantado en la azotea de un edificio del carrer de Sant Joan con vistas a los tejados y las antenas de Reus. Una especie de skyline provinciano con un encanto indecible. Los vencejos giran chillando en el cielo azul próximo. Suenan cercanas las campanadas de alguna iglesia. Un rumor de ciudad en marcha se escucha por debajo y sin embargo el terrado permanece a salvo, caliente y en calma íntima, como un claustro gótico elevado. Nuestro anfitrión ha preparado dos habitaciones para nosotros y un frigorífico lleno de víveres para estos dos días. Como detalle de bienvenida nos ha regalado a cada uno un mapa callejero de Reus, camisetas impresas con la palabra DERIVA, una gran bolsa de avellanas, producto estrella de la tierra, y unas botellas de vino catalán de muy buena pinta. Lleno de un orgullo modesto nos ha enseñado también las hojas de mano que ha escrito con datos biográficos y discografía del grupo, etc, para la promoción del concierto de mañana.

Estamos deambulando por las calles de la ciudad. Jordi nos explica la historia del caballo de bronce del general Prim, en la plaza de su nombre, que tiene la grupa vuelta hacia Tarragona, como símbolo de una rivalidad eterna entre las dos ciudades. Me fijo en la cara del general, impávido sobre el caballo a tres patas. He leído muchas páginas acerca de este gran hombre nacido en Reus. Me ha gustado leer historia pura y dura sobre el desembarco y la revolución de 1868. He sido un lector empeñado en los Episodios Nacionales de Galdós en la que tantas veces aparece. Incluso he leído un libro viejo y raro que me regaló el mismo Jordi acerca de su asesinato misterioso en 1870, seguido de una gruesa biografía minuciosa (que he salvado un poco con lectura diagonal, lo confieso). He sido un ... cómo lo diría: un fan de Prim, en una palabra. Fue un héroe popular, un folletín. Ahora es polvo, humo y nada, como dicen los místicos. Peor que nada: Apenas un bronce oscuro frente al Fortuny.

Las Terrazas de los cafés bullen en este atardecer mediterráneo. Las muchachas enseñan generosas las carnes. Los comerciantes del domingo cuadran la caja. Los viejos charlan en corros. Es una ciudad pequeña, hacendosa y ordenadamente limpia. Cruzando la plaza del Mercadal nos acercamos hasta el Teatro Bartrina para curiosear el entorno y seguimos nuestra tournée de callejas y plazuelas. La noche termina en la cervecería Ferretería, una de las sorpresas que Jordi se reservaba, sabiendo con cuánto fervor había de admirar yo esta taberna tan pintoresca.

Sobre la azotea de la casa de Jordi, con el torso desnudo, la noche caliente, una cerveza última en la mano, mirando distraidamente los tejados y el vago resplandor del cielo, disfrutando de este momento de intimidad y silencio, espero a que el sueño me llegue finalmente.

Lunes 23 de abril de 2007. Día de Sant Jordi.
10:30 h.

Estamos desayunando los tres en la terraza de un café muy cerca de la casa de Jordi Rue. Curiosamente he encontrado té verde gunpowder (sin menta añadida, ni zarandajas) en la carta del bar y además servido en una hermosa tetera. Aprovecho el momento para hacer las gestiones del alquiler del coche que necesitaremos mañana para regresar a Donosti. He recordado que la Sociedad General de Autores tiene un descuento para los socios acordado con la firma Hertz. Con grandísima pereza me decido a llamar para ir reservando el vehículo. Pido una segunda tetera y enciendo mi primer farias del día.

Ha venido a nuestro encuentro Jordi luciendo su camiseta de DERIVA con la intención de enseñarnos la ciudad hoy en su ambiente festivo del día del libro y la rosa. Finalmente el asunto del coche de alquiler está solucionado. Nuestro anfitrión me salva el último escollo y nos llevará al aeropuerto de Reus donde mañana nos darán las llaves del vehículo, a entregar después en el centro comercial Garbera de San Sebastián. He alquilado un ford ranchera, ranchera o “space wagon”, como se dice en el horrible mundillo automovilístico. Hago las cuentas sorbiendo gravemente los últimos tragos de té. Por experiencia sé que las cifras de las teleoperadoras son engañosas y en un principio no incluyen seguros (opcionales, sí, pero ineludibles por la enorme franquicia que dejan al descubierto), ni kilometraje adicional, ni impuestos, ni apertura del contrato (otro absurdo). Toni se atraganta cuando oye el montante de lo que nos saldrá la broma del coche alquilado; Igor me mira con los ojos desorbitados: unos 320 euros todo incluído, a excepción de la gasolina. Hago un subrayado enérgico en el papel y tiro a la mesa el bolígrafo. Me reclino sobre la silla y me aguanto.

La ciudad está animada a más no poder. La plaza del Mercadal revienta de colorido y bullicio de gente. Hay puestos de libros bajo los soportales y en la extensión franca de la plaza. Cada partido político tiene su chiringuito con su logotipo y su colección particular. La gaviota del partido popular se enfrenta al rojo y negro de los anarquistas y los republicanos nacionalistas a los de la liga comunista internacional. Jóvenes estudiantes venden a 3 euros rosas de todos los colores envueltas en celofán a quien quiera que pase a su lado. Un gigante corpulento vestido de Elvis canta por un megáfono una cantinela grotesca y manicomial pidiendo el voto para sí en las próximas municipales. En el centro de la plaza hay un plató de televisión local retrasmitiendo en directo y por alta megafonía la entrevista con algún concejal de circunstancias. Todos nos perdemos un poco dando vueltas a la plaza.
Hojeo en un pequeño puesto unos libros con fotos sobre la guerra civil en Reus escritos en catalán. Hojeo unos libros sobre alimentación macrobiótica. Hojeo un volúmen acerca de Jacinto Verdaguer y la poesía de la Renaixença. Es una bonita mezcolanza. Finalmente no me compro nada. Ni siquiera la rosa que me ha ofrecido insistiendo la “bien plantada”: una muchacha preciosa, estudiante, con una pegatina troskista en el pecho. (¿Se puede pedir algo más sexi?). Le hubiera comprado el gran ramo entero.

Estamos comiendo con Jordi en un restaurante modesto de menú muy arreglado. Es una taberna con solera y con un patrón muy pinturero y atento, solemne, ataviado con gran delantal blanco que le alcanza los tobillos. Como diría un castizo, la manducatoria es flor de canela y se compone de tres platos donde entra una ensalada que se agradece mucho tras la menestra y el rabo de buey, ciertamente. Hoy me salto el vegetarianismo: quizá esté a falta de proteínas. Después de la comida, sufriendo un poco de desfibración y soñolencia, vamos caminando lentamente bajo el sol hacia el apartamento de Jordi para no perder la costumbre milagrosa de la siesta, ave fénix de los excesos.

De nuevo en la calle, a media tarde, visitando los vetustos salones del Centro de Lectura y la biblioteca magnífica que posée el Teatre Bartrina por su entrada histórica de la calle Mayor. Algunos pocos empollones clavan la mirada bajo las lámparas modernistas mientras una señorita encargada, de falda bien recta y entallada a la zaga poderosa, nos mira recelando tras las gafas sin montura. Paseamos las estancias de tarima crujiente: Se pide silencio. Altas vidrieras de libros; maderas de roble y bronces decimonónicos; mapamundis con mares nunca antes navegados y globos terráqueos; placas de mármol conmemorativas; cielos rasos historiados. Casi me ha parecido ver asomarse al ciego Borges.
¿Qué os parece? les digo susurrando a Igor y Toni.
Obedientes a los avisos se quedan en silencio, suspensos, torciendo el cuello hacia las alturas.
Creo... – pienso para mí- creo que es un sitio perfecto para abandonar un cadáver. Quiero decir, para intentar el arranque de una novela de intriga psicológica, a la manera de Dickson Carr o uno de estos británicos por el estilo. El entorno lo vale.

Se acerca la hora de la prueba de sonido. Jordi llama por móvil para convocarnos y bajar de su ático los amplificadores y las guitarras. A falta de ascensor hacemos una cadena escaleras abajo con los trastos, excepto para el gran bafle Sinmarc de Toni que ayer dejamos en un rincón del portal, escondido tras las cancelas entre hojas de periódico, como si eso pudiera disimular un bulto tan evidente.
Bajando las escaleras se me ha resentido el menisco roto. Ya se me pasará,
aunque algún día tendré finalmente que ponerlo en quirófano.

Entramos al Bartrina por el muelle de carga que da a la plaza trasera. La puerta enfrenta directamente un gran montacargas que salva apenas cuatro escalones hasta el nivel de las bambalinas. Todos los muros están pintados de negro mate y se alzan desde los cuadros de luces hasta los mecanismos altísimos de telón como sombras opresivas y apabullantes. De puntillas, conscientes de nuestra insignificancia, hemos recorrido este breve tramo tan lleno de misticismo y horror sagrado que son los bastidores. Los técnicos de sonido ya están en su trabajo de cableado. Unos pasos más allá, al doblar los lienzos laterales, descubrimos con los ojos embelesados el soberbio tendido, fulgurante de luces doradas, iluminado con todo su esplendor magnífico. Tres balconadas de platea recorren de lado a lado la media circunferencia alcanzando la alta bóveda suspendida sobre el patio de butacas. Todo está expectante, y aunque absolutamente vacío, no diría yo deshabitado. Me inquieta ver que todo está orientado hacia la escena donde me encuentro. Que tantas filas de butacas sólo tienen sentido por cuanto que existe este escenario. Me siento un agujero negro, un punto de fuga masivo. El corazón da un vuelco. Siento un vértigo mareante y por un momento me quedo mirando el espectáculo a la inversa: desde las tablas hacia las plateas iluminadas.

Santos Ionesco, Bretch, Sastre, el ruso del jardín de los cerezos que tanto me gusta, (ahora no me acuerdo de tu nombre), Santos Lope y Valle Inclán, San Buero, San Beckett, Santos cómicos de la legua, yo qué sé... derramad sobre mí la gracia de la musa y el deus ex máchina de la inspiración para el monólogo de esta noche. Os lo pido temblando, lleno de fervor y con dos lágrimas en las mejillas: una, la del amor y la gloria; otra, la del fracaso y la soledad.
Concededme …

Igor me despierta de las ensoñaciones. Me toca en el hombro y me pregunta dónde me parece que tiene que poner la pandereta y el cajoncito flamenco. Me quedo confundido: ¿Cajón flamenco? ¿No eran timbales y gongs? Estos baterías...¡ siempre tan terrenales!
Rafa Berrio.
ZBLT.





jueves, junio 21, 2007

Garufa de A CORUÑA. DERIVA




SALA GARUFA de A Coruña.
30 de marzo 2007. Viernes.





Foto Cruz Larrañeta
Con un día de antelación salimos a las 9:30 de la mañana hacia La Coruña para nuestro último concierto subvencionado por Artistas en Ruta.


En Carrión de los Condes, a mitad de camino entre Burgos y León paramos a comer nuestra tartera de tortilla española y beber el agua de Mondáriz que traemos. Austeridad a medida del paisaje.




A nuestro lado ha pasado un jóven pastor envuelto en una manta raída y detrás de él un pequeño rebaño de ovejas buscando tal vez las alamedas del río cercano. Un grupo de rock, parado aquí, resulta una incongruencia monumental. Casi siento vergüenza. Cambiando la realidad, por un momento se impone el Siglo de Oro, y nosotros debemos ser los sucesores del retablo de maese Pedro, sin duda.
En la ruta, me han impresionado los gigantescos viaductos de hormigón construídos sobre el Bierzo y las vertiginosas alturas que salvan, rozando apenas las laderas más vírgenes de las montañas. Hice este mismo camino en el 86, pero no recordaba nada de esto. Qué pena que España haya progresado tanto.
Por lo demás llegamos a La Coruña sin novedad, ya de atardecida. Es una visión maravillosa esta ciudad en su frente marítimo. El sol dorando los cristales de los miradores blancos, las arcadas de piedra en penumbra.
Igor y yo soñamos con nuestra primera cerveza. Toni no quiere nada. Dejando la furgoneta en cualquier lado, hemos venido a parar a la cafetería más burguesona de toda la capital a juzgar por lo que se ve, enfrente del teatro ****. Quiero fijarme bien en las caras y las maneras de estas señoras coruñesas que charlan, con su acento tan dulce y tan líquido, tomando a sorbitos tónica o una taza de café, servidas por adustos camareros uniformados, que a su vez nos vigilan a nosotros.
¡No me puedo creer que estemos de pronto en Galicia! Es extraño pensar que la vida ocurre simultáneamente “en todas partes” y que nosotros estemos ahora “de este lado” sorprendiéndola.



Siguiendo el litoral, y adentrándonos en las murallas hacia lo alto, no nos ha costado demasiado encontrar la calle ****. Marcos, el patrón del bar Garufa, ha salido a buscarnos al bodegón cercano donde finalmente hemos parado.
Marcos me ha recordado, así, de pronto, a un jóven Anthony Queen. Los ojos del color que lo tienen muchos gallegos, algo como entre gris verdoso y ámbar ; la expresión marcadamente amistosa con un punto de sarcasmo en la mirada, y un deje en la sonrisa de golfería irresistible. De esta manera no me ha extrañado nada que me dijera que hace trabajos de actor en la televisión gallega encasillado en los papeles de villano. Tampoco se me ha cambiado la expresión cuando me ha contado su pasado como cantante de boleros y tangos. El físico lo tiene y el carácter es el destino.


Hemos dejado los instrumentos en el almacén del bar, y a pie, acompañados por Marcos, nos hemos dirigido hasta el hostal que nos han reservado en la zona comercial de la ciudad, una especie de “Baixa” semipeatonal y en cuadrícula que desemboca siempre en la plaza de la heroína local María Pita.



La noche del viernes ha comenzado y todos los bares, todos los restaurantes, se ofrecen para nosotros, nuevos y desconocidos, en cada rincón, en cada callejuela, en cada esquina. Las pizarras anuncian pulpo a feira, navajas, berberechos, lacón y grelos, caldo gallego, morros y callos. Ya anticipo el ruido del Ribeiro jóven golpeando contra el cuenco de loza blanca formando espuma. Realmente los ojos no saben dónde parar la mirada. Las tabernas rivalizan en pintoresquismo. Deambulamos felices, dueños de nuestro tiempo y con el dinero quemándonos los bolsillos.





Sábado 31 de marzo.



Ayer noche Igor sintió su particular “diablo en el cuerpo” y nos despidió a Toni y a mí a la puerta del hostal prometiendo no volver demasiado tarde. Nos hemos dado todos la mañana libre y tenemos una cita para comer hacia las dos de la tarde.



Yo he ido a visitar en solitario el mercado central, después de desayunar en el bar donde toman su café con leche los tenderos de los puestos apenas cruzan la calle, o se lo llevan “take away” con una tapa de papel albal.


Me he quedado mirando fijamente, parado como un tonto en mitad de un camino, los grandes manojos de grelos, sintiendo ganas de hundir la cara en tal frescura, el pequeño tamaño de las coles, los nabos blancos y nabos morados –inexistentes en Amalur - , las grandes hogazas de pan campesino, las pescaderías repletas de marisco... una exuberancia como en pocos sitios he visto.




He intentado fijar en la retina las fisonomías de las pescateras y el habla de este chalaneo maravilloso de los mercados. Cuando me ha parecido que ya llamaba la atención y temiendo a estas brujas del mandil de hule, que te dan quince y raya y te venden un congrio por menos de nada , he salido y he agotado el centro de la ciudad tomando café aquí y allá, a veces resguardándome de los chubascos repentinos en alguna librería, en los soportales de algún teatro, lanzando con satisfacción el humo de mi farias a la vista de las chicas guapas coruñesas (por ejemplo), o frente a alguna plazuela encantadora algo apartada.
He sentido felicidad esta mañana.



A la hora de comer nos hemos encontrado bajo el sol en la plaza de María Pita. Ya he notado mudo y descompuesto a Igor. Con mala cara realmente tras las gafas negras.




Sentados los tres a la mesa del bar de menús que hemos elegido, ni siquiera ha probado la ensalada que le han puesto. Al tercer suspiro le he “mandado” de buen grado a su habitación sintiendo bien lo que siente por pura experiencia. No le ha hecho falta decírselo dos veces y ha salido trastabillando. Toni y yo hemos picoteado a los postres su primer plato aún intacto . Vete a saber lo que hizo ayer noche o con quién estuvo.



Tras la siesta de 90 minutos en el hostal, he salido con Toni a dar un paseo por el puerto hacia el mar abierto en dirección a la Torre de Hércules, aunque sin llegar a ella.




El aire de mar adentro levanta rizos al mar y azota la frente despejando la cabeza. Esta es la tierra de la familia de mi bajista y le supongo una emoción especial contemplando estas vistas marinas tan azules, aunque con Antonio nunca se sabe y es muy arriesgado aventurar lo que piensa.




Un poco más allá de la curva de la muralla, dejando la costa a nuestra derecha, hemos subido por los jardines escarpados hacia la ciudad antigua, entre cañones napoleónicos y anticarros del ejército de Juan Carlos I, buscando sin prisa el Garufa donde nos espera el montaje y la prueba de sonido.



Nos hemos parado a tomar un té en una de esas cafeterías que el ayuntamiento debería declarar intocable, sentados en una mesa esperando a Igor, que llegará del hostal y al parecer ya se está recuperando de la cruda rigurosa que padecía.
Llega subiendo la cuesta con una sonrisa de complicidad y unos ojillos maliciosos como ponderando la calaverada de ayer noche que todos imaginamos. De mí recibe algunas palmadas de compadreo en la espalda y de Antonio cierta reprimenda suave del tipo Ay, ay, ayy... Nos cuenta algo de lo que pasó en esas horas ignominiosas mientras se embucha dos botellines de agua como quien no respira.


El relato no me sorprende: la noche es la cosa más vulgar del mundo y siempre se repite.



Nos levantamos de la mesa. Ahora toca trabajar en lo nuestro, montar el retablo de papel maché, o el guiñol éste llamado Deriva (o Rafa Berrio Trío), que como trabajo, desde luego, es bien poco: Poner en pie la dramaturgia colorín y representar a la remanguillé, apenas un puñado de canciones de mala muerte; doblar un poco la espalda saludando al respetable al término; beber desaforadamente cien ginebras mientras se empaquetan y se apilan los amplificadores en la furgoneta, y, agitando la mano, salir pitando de nuevo a la autopista hasta que la junta de la culata reviente en algún kilómetro remoto.







EPILOGO:






El GARUFA es un bar muy recomendable para tocar. Un verdadero nido underground en el corazón del barrio viejo de La Coruña. Hay un equipo de sonido sencillo pero efectivo (mejorable) si no se es muy exigente, y un escenario excelentemente situado con relación al público y viceversa. Marcos, del que hablado más arriba, que nos atendió y nos cuidó de lujo, el otro Marcos, que nos arropó en todo momento también, Pepe Doré, (del grupo Los Doré), que estaba ausente esos días pero que nos facilitó por teléfono todo cuanto yo pedí desde Donosti; Alvaro Dorda, el disjockey “residente” y músico, que puso esa noche la música más increíble que haya escuchado en años, (¡ Roky Erikson, Los Only Ones !), todos ellos forman la comandita del Garufa, un bar y una gente que ya, sólo por el cartelón de Carlos Gardel Sonriente que tienen en la entrada, ya me caen de... puta madre, hablando en plata.

Universidad de Gasteiz. DERIVA


Pabellón Universitario. Vitoria-Gasteiz.
28 de marzo 2007. Miércoles.
22:30 h.

“Siempre sublime no se puede ser” me dice Toni medio en bromas cuando regresamos del concierto de la Universidad de Vitoria. Yo le miro ensayando una media sonrisa que más se parece a un puchero infantil.
Lo cierto es que la actuación ha sido un “bluff”. Salir a un escenario es una cosa muy complicada. Con una visión superficial alguien diría que se requiere un gran ego para pisar las tablas, pero todo este ego desmesurado se sustenta en nada: pequeñas menudencias en torno a uno, supersticiones... A veces algo falla y todo se va al traste. Yo no he querido ni he podido sacar adelante el concierto. He salido al escenario con la personalidad minada por un trabajo, se diría, de zapa subterránea.
Y es que en Vitoria han habido “antecedentes”, “gestos”, “circunstancias”... hechos absolutamente banales sin ninguna importancia, pero que unidos en una pu-ta ca-de-ne-ta, me han dejado de rodillas y vencido.
Ay... No quiero pensar en ello. La actuación ha sido una ful. Lo siento sobre todo por el público, por el poco público siberiano que había en la sala. (a pesar de la media página y la foto en la sección de cultura del Correo que ha escrito N. Artundo)

Nuestra vieja furgoneta Peugeot va recorriendo las largas rectas de Alava recién anochecida, camino de Donosti. David Soriazu, que esta noche ha tocado la guitarra en cuatro temas con DERIVA, conduce delante de nosotros su Ford Transit. Ha debido de pensar que estoy loco, o que soy un caprichoso. Lo siento, muchachos.

viernes, abril 20, 2007

Corral de las Cigüeñas, CACERES


21 de marzo. 2007

Por una llamada rutinaria a Cáceres, preguntando la dirección del hostal que nos han reservado, descubrimos la confusión de fechas a dos días del concierto. Desde allí me dicen que será el viernes. Yo insisto en que la cita es el sábado. Cerré este concierto para Artistas en Ruta hace meses, exactamente a mediados de diciembre, y ahora nadie está seguro de nada. De cualquier manera hay que tocar cuando el patrón del Corral de las Cigüeñas diga, pues no hay posibilidad de aplazar al día siguiente. Sale perdiendo Igor, que ha tenido que pedir el día entero libre en el trabajo, y todos nosotros en general, pues tendremos que viajar, llegar y tocar de seguido.

23 de marzo.2007
Viernes, 9 de la mañana.

Hoy estreno la furgoneta Peugeot de 6 plazas que he comprado de segunda mano a mi amigo el mecánico Javi “Doska”. Cuando llego a Larratxo a recoger a Igor y a Toni, éstos se ríen del trasto grande y oxidado que traigo conduciendo. Hacemos carga con facilidad pues la furgoneta, aunque mediana, bien pudiera contener 4 Derivas en directo. Salimos hacia las 10:00 de la mañana. La ruta es: Vitoria-Burgos-Valladolid-Salamanca y finalmente Cáceres. Tenemos por delante unos 780 kilómetros y un humor excelente.
Llegamos sin novedad a las 20:00 horas al centro de Cáceres. Luis, el patrón del Corral de las cigüeñas, que nos ha brindado todo tipo de atenciones, está atento con el móvil a nuestra entrada. Ahora nos dice que nos hemos confundido de ruta y hemos venido desde Salamanca por el antiguo puerto del Manzano (o algo así), que ya nadie toma desde que existe la autovía. ¿pero qué autovía? ¿dónde estaba la autovía?, nos preguntamos. Ya me extrañaba a mí que tuviéramos que atravesar unas aldeas tan desiertas guardadas por perros ladradores que salían al encuentro del furgón, y esa carretera llena de curvas al pie de los embalses. Eso sí, el paisaje era maravilloso, y el sol se hundió por aquellos parajes, rojo y gigante, en el espejo retrovisor.

Uno de los encargados del Corral viene a buscarnos a la glorieta donde nos encontramos. Estas son las anchas avenidas de la ciudad nueva. Con él a mi lado vamos metiendo la Peugeot por las callejas del casco antiguo espantando a los pobres transeúntes hasta llegar a la plaza de Santa María, justo a unos metros de la entrada del Corral, en la Cuesta de Aldana. Una vez más Cáceres nos admira con sus piedras viejas y sus torres llenas de cigüeñas perezosas. Por estas calles se filman películas renacentistas sin necesidad de trucar nada y parece que fuera a salir de cualquier cancela el señor de Toledo-Moctezuma con su paño negro y su golilla de gasa blanca.
Nada más llegar al corral pregunto a los camareros por Alexandra Whitaker y su niña. Les digo: ¿han visto ustedes por aquí a una chica con aspecto de guiri acompañada por una niña muy rubia de ojos azulísimos? Alexandra ya anda por aquí. Ha dejado recado de que volverá más tarde.
No tenemos tiempo de nada. Hay que montar rápidamente y acto seguido tocar. ¿ antes, puedo tomarme un güisqui... para el polvo del camino? Igor y y Toni me miran aprensivos. Tiene que ser de trago y arreando.

El Corral es un verdadero y antiguo corral a cielo abierto. Es un patio completamente cercado por un muro alto colonizado por hiedra muy verde. En el centro se levanta un ejemplar de palmera colosal y magnánima, y hay vegetación diversa por los rincones. Da una sensación de frescor y de acogimiento muy agradable. Hay mesas altas con sus taburetes repartidas por toda la superficie empedrada y de cuando en cuando un alto brasero calefactor en forma de sombrilla. Hay un mostrador abatible, como de playa, que se extiende en uno de los costados, y sí, es allí donde sirven el güisqui. Otro edificio bajo que se levanta a continuación contiene el bar “a cubierto”, una especie de pub de copas con su pequeño escenario. Pero esta noche permanecerá cerrado y sólo se abrirá el corral y la barra exterior.
Al otro extremo del portón de entrada al patio, junto a una esquina del muro, está el otro escenario, el de esta noche al aire libre. Es un semicírculo elevado de piedra desde el que se domina todo el pintoresco cuadro. Ya han puesto los tres monitores y dos técnicos de sonido están cableando cacharros diversos, de esos tan inevitables en el mundo del rock. Y también hoy estreno, además de furgoneta, amplificador para mi guitarra. Un Mesa-Boogie que he comprado de saldo en Kirol Music de la calle Zabaleta. Viene con su “carcasa de vuelo” toda compacta y plateada. Una cosa muy bella.
A Toni le hace ruido el ampli. Parece que tienen problemas con el retorno y hay un zumbido constante. Los técnicos dicen que será el envío a mesa. Será el “line”. Será la caja de inyección. ¿quién sabe? Toni parpadea incrédulo.
Igor monta su cajón flamenco pero se le ha roto la palomita que sujeta la pandereta al pie metálico. Se ha quedado mirando la rosca por un momento. Debemos arreglarlo con cuatro vueltas horribles de cinta americana. Empieza a caer el frío sobre el Corral y estoy un poco tembloroso, destemplado como las viejas. Echo de menos un chal.

Aparecen por el portón Alexandra y su niña Stella. Por el gesto entiendo que no les dejaban pasar a las pruebas de sonido. Hacía tres años que no veía a Sasha. Mi mejor amiga, mi fraternal amiga a través de los años y las ciudades. Mi semejanza, mi otro yo. Hoy ha tenido el detallazo, el bello gesto, de venir desde Sevilla en autobús, reservar noche de hostal, y mañana pasaremos casi todo el día juntos haciendo turismo y charlando por esta ciudad de Cáceres. Sasha está más guapa que la última vez que la ví. Con un semblante relajado y muy sereno. A veces es muy tímida, pero esa reserva sólo esconde una personalidad arrolladora. La niña Stella es un caso aparte. Ha crecido mucho en estos tres últimos años, y sus grandes y enigmáticos ojos azules me miran en silencio, sin perder detalle. Ella fue clarividente cuando aún no tenía 4 años y una tarde en Oronoz-Mugaire me señaló con el dedo y dijo apenas: “Drink-man”. Luego ya enmudeció como es su costumbre. De ella tengo también otro recuerdo: en mi casa hay un único adorno en las paredes y es su dibujo. Un dibujo suyo con una dedicatoria por mi cumpleaños que representa las montañas y el valle de Santa Engracia en Zuberoa. He dado un gran abrazo a Sasha, pero tengo que alejarme y seguir con el montaje del equipo. Con una cerveza y un refresco de naranja les he pedido que esperen sentadas en una de las mesas del patio, bajo los braseros encendidos de butano, y más tarde hablaremos con tranquilidad.

Por si fuera poco el ruido del ampli de Toni y el incidente del pedal de Igor, ahora mi nuevo ampli Mesa Boogie se va y se viene. De nuevo el terror sobre el escenario. Quiero decir que suena la guitarra y de pronto se va desvaneciendo, y de nuevo vuelve el sonido. ¿será una lámpara? Los técnicos lo miran fijamente como intentando resolver por ciencia infusa el problema. Todos rodeamos el trasto en un estúpido corro de las patatas. Finalmente alguien aprecia una lámpara estallada. Yo meto la mano y con cuidado, pues es cristal roto y muy fino, hago la extracción. La noche no está precisamente de nuestro lado. Ahora parece que suena de manera normal. La lámpara que le he quitado tal vez sea apenas un ornamento, un adorno inútil y engorroso, o sea, pura fanfarronería de la casa Boogie, pero no me fío, no me fío. El técnico decide colocarme también por línea en previsión de que vuelva a fallar y aplaudo esa cautela. La desconfianza se abate sobre nuestros hombros. Empezamos a sentirnos empequeñecidos, señalados por un augurio siniestro, y eso es el principio de un fracaso seguro.
La gente empieza a entrar en el Corral. Las mesas se van ocupando. Damos por finalizada la prueba de sonido y ya sólo queda tiempo de cambiarse de camisa en el bar interior que nos sirve de camerino, encender un puro y abandonarlo, dar un trago desesperado al vaso y ahí vamos. Si cierro los ojos aún puedo ver con claridad las rayas blancas de la carretera y la cinta gris del asfalto en movimiento hacia mí. Tengo el cerebro un poco calcinado, estoy aturdido de verdad y no me acuerdo con qué canción empezamos los conciertos. Toni me asiste como suele tener a bien hacerlo. En el escenario Igor se ha colocado mal. Está con su cajón de tal manera que no le logro ver con un vistazo rápido, sino que tengo que girar la cabeza... pero ya no tiene arreglo. Distingo en las sombras de la gente a Alexandra y a Stella en una mesa central del patio, sonriendo. Conozco muy bien esa bella sonrisa. Al fin un poco de serenidad... No sé por qué, me viene a la mente el área de pic-nic donde hemos comido esta tarde en la autopista, cerca de Burgos, y luego la cara precisa del gasolinero de Plasencia, y el sol rojo sobre el embalse... Dicen que cuando uno va a morir, en un accidente predecible, por ejemplo, el cerebro desvía la atención hacia cosas tontas, como que te has olvidado las llaves, o el bolsillo roto que tienes que coser... Déjalo ahí. Comenzamos.

lunes, abril 09, 2007

Ultravioleta



Hacia las navidades del 2006 me llamó Mikel Iturria para encargarme un espectáculo para su programa ERAKUSLEIHOA. El patrón del Centro de Cultura Ernest Lluch quería que uniera poesías de Iñaki Berrio y canciones mías, añadido a “todo lo que se nos ocurriera”. Días después le llamaba para aceptar el encargo, tras haber consultado la opinión –favorable- de Iñaki. Pasé el mes de enero y febrero imaginando (en los ratos de la siesta, a la caída de la tarde, en el insomnio ocasional) cómo debería ser aquello. En los primeros días de marzo la actividad fue absorvente y definitiva.
La función, o la performance, iba cobrando forma efectiva, y pasando del mundo de lo abstracto a lo concreto. En ULTRAVIOLETA intervendrían numerosas personas en distintos apartados. Mikel Iturria se lamentó del lío en que me estaba metiendo.
En el Ernest Lluch de Anoeta, el día 15 de marzo de 2007, a las siete y diez de la tarde, todas ellas, en un admirable trabajo de equipo, (eso sí, un poco anárquico, pero eficaz) llevaron a cabo, en 57 minutos exactos, el “evento irrepetible”, delante de un público compuesto, aproximadamente, de unas 75 personas.
Este es el elenco:

Jorge Carrero: El actor profesional, el dandy, el caballero pálido, habitante de otro siglo, como escapado de una novela de Marcel Proust. De constitución delicada pero con una energía arrebatadora en la voz, leyó con maestría 12 poemas en directo ¡ sin -un- solo- error- en- absoluto! como si el lenguaje fuera una propiedad exclusivamente suya, y él, un marqués paseando atentamente por sus dominios. Unas semanas atrás había recitado los poemas frente al micrófono del estudio de Zulaika y el técnico y yo nos mirábamos admirados. En la grabación, al final de cada poema, se escucha al fondo un “¡bravo!” incontenible de mis labios. El cuaderno que trajo al espectáculo estaba todo lleno de “rayitas” y signos diminutos.
Me dijo que era una guía de acentos y silencios.


Félix Garbayo: El “otro” actor. La voz en off de las videoproyecciones que hiciera Jean Condé. Leyó 5 poemas en el estudio de Zulaika y se puso tan nervioso que no podía parar de pedir perdón por su supuesta torpeza. Y sin embargo ni él mismo sospechaba que lo que hacía era “sublime”. Hay una emoción desbordada en su voz, un timbre ambiguo (¿es mujer, es hombre?) una coloratura misteriosa... hay clarividencia, hay un arte tal en el recitado que no podía haber elegido a mejor actor para los poemas en off. Y son tan diferentes los dos actores que no puede haber conflicto de registros. Félix, además de actor aficionado, escribe poesías muy hermosas, tiene el pelo lleno de caracolas, es bohemio, lunático y buena persona.


José Puerto: Después de muchísimos años sin tocar juntos se produjo el reencuentro, y lo hizo con su guitarra eléctrica Gibson les Paul. José Puerto hizo el contrapunto a mis acordes en las siete canciones que compuse para los textos de I. Berrio. Como estaba un poco desentrenado tuvimos que cambiar las viejas cuerdas a sus guitarras con gran disgusto suyo, pues las prefiere roñosas y destempladas, pero yo le obligué haciendo el papel de hombre cabal. Hicimos tres ensayos matinales en mi local de Larratxo y su gran preocupación fue el sonido que quería conseguir. Finalmente con una gran distorsión y un pedal de vibrato de la Vox tonelab lo dejamos fijado. José Puerto es sobre todo intuitivo y libre, tiene a la guitarra ese estilo insolente y despreocupado, sangre directa del punk, que convierte lo que toca en un pasaje lleno de vida a borbotones.


Imanol Solores: acompañó al violín las siete canciones de Ultravioleta. Fue el tercer elemento del trío que montamos expresamente para el Evento. Solores es un muchacho jóven del cual me habló el profesor de violín Jorge Bruschi, como alumno aventajado suyo cuando niño. La sorpresa es que ahora toca la guitarra en un grupo de Metal, pero aún así accedió sin saber quiénes éramos nosotros, ni de qué extravagancia final se trataba. Con una sonrisa y una suavidad silenciosa permanente, se aplicó a mis notas y mis indicaciones y supo ponerle el toque Velvet a los temas. Como es músico de carrera no hay que preocuparse por él. No falla: “siempre” tiene la nota colocada en su sitio.


Mabel: Esta es la chica que siempre quedará en mi memoria resplandeciendo de blanco bajo la luz negra. Bailó un poema, ¿? un solo poema titulado “Simultáneas” flotando en el aire justo detrás de Jorge Carrero y recitado por éste mismo. Cuando el poema terminó, ella desapareció por detrás del telón de terciopelo dejando en la retina del público una mancha fosforescente. Quizá fuera sólo un sueño.


Jean Condé: Llegó de París (Francia) como Holly de Florida. Apareció en la estación de Hendaya con un trípode y dos maletas de aparatos ópticos, unos cinco días antes del Evento. Pero semanas atrás ya hablábamos por teléfono cada semana para saber uno del otro y de sus ideas, pues yo había confiado en él todo lo referente a las imágenes y la videoproyección. En su Mac traía los 5 bocetos (auténticas joyas de videoarte) montados sobre la voz del actor Félix Garbayo y sólo quedaba darles el último toque en nuestra buhardilla de Zabaleta. Además tenía que filmar en San Sebastián y montar las imágenes de I. Berrio para la presentación y el final del acto. Tenía sencillamente las horas medidas y apretadas. Había que ponerse a trabajar “casi” sin descanso. Pero Jean es profesional y lo tiene controlado. El adora una buena y animada charla frente a una botella, devorando cigarrillo tras cigarrillo. Las conversaciones con Jean nunca acabarían si no se interpusiera la madrugada de por medio. Y nunca tiene sueño. Con barba de tres días y unas sandalias a guisa de zapatillas montó en la buhardilla frente al ordenador y nunca perdió el optimismo, pese a dormir apenas 5 horas por noche. Su visión de las cosas fue definitiva para llevar a cabo Ultravioleta.


Iñaki de Lucas: Fue el técnico de sonido y factótum del espectáculo. Apenas pisó la sala y ya se sabía el guión de Ultravioleta mejor que nadie. Tomó más responsabilidades de las que se le podían pedir y eso demuestra su gran generosidad. Todo funcionó OK: con de Lucas no puede ser de otra forma, y los que le conocen, lo saben.


Eneka (y Clara) Esta pareja con la que ya había colaborado en la presentación de mi videoclip (veáse el blog del Ondarra) y en la actuación de la Universidad de San Sebastián, pusieron parte del equipo de video y de proyección y Eneka hizo de brazo derecho necesario de Jean Condé. Qué pena que Clara no pudo llegar sino al final del Evento.


Cruz Larrañeta: La fotógrafa del pop y el rock de Donosti por excelencia. A las órdenes de Jean, Cruz filmó el ensayo general (la italiana como dicen los del oficio) y filmó el espectáculo con una cámara móvil, mientras Eneka controlaba otra fija. Sacó fotografías y nos trajo a su niño Samuel enfurruñado la tarde anterior al Evento. Ambas cintas están en París ahora, a la espera de que Jean confeccione un montaje.


Fidel: Técnico de luces de la sala. Fidel había venido para montar y encender un equipo de luz y se encontró con un fulano como yo que le estaba preparando un listado de ¡27 escenas diferentes que se sucedían consecutivamente y sin solución de continuidad! 27 puntos que debían ir sincronizados, uno tras otro, con las imágenes, las canciones, la lectura en directo, etc, etc. Al principio me odió. Luego creo que se sintió satisfecho, al decir de Jean, que era el que “cantaba” las escenas y dirigía la línea de técnicos.


Juan Zulaika: Patrón del estudio “La ventana indiscreta”, en el corazón del barrio del Antiguo. El se encargó de grabar a los actores semanas antes del evento, editar las voces, convertir los formatos para Jean, etc, etc. Zulaika es un hombre cuya característica principal es la eficiencia, la solvencia. Y no está nada mal en un mundo lleno de personas negligentes.


Gemma Amiama: Ella se encargó de pasar al ordenador la versión definitiva de los poemas, uno tras otro hasta 25, y más tarde, -cuando monté la maqueta del librito y encargué las fotocopias-, de hacer los plegados de las hojas, atinar con la grapadora, grapar, y, finalmente, estamPAR con un golpe de puño el sello de la portada. Gemma hizo estas operaciones y dio forma a la mayoría de los 100 ejemplares que hicimos de Ultravioleta en formato “plaquette”, y que luego regalamos en la entrada al público asistente al Evento.
La plaquette Ultravioleta es un librito de unas treinta páginas fotocopiadas más una hoja suelta y manuscrita con 26 poemas de Iñaki Berrio.

Gemma Amiama también hizo “catering” vegetariano en las horas duras de Jean montando en Zabaleta, y aportó cuando quiso sus ideas y su humor bullanguero.


Sophie Benoits: la mujer de Jean Condé, que llegó a San Sebastián el día anterior y llegó desde París-Montparnasse hasta la mismísima puerta del Ernest Lluch ¡casi sin poner el pie en el suelo! ... gracias al topo.
En silencio e invisible en la zona de atrás, sus grandes ojos azules miraban todo lo que ocurría delante y detrás del escenario y, estoy seguro, nada se le ocultaba a su inteligencia. Con ella, Jean obtuvo en Donosti un cariño digamos que suplementario.


Nieves Berrio: mi hermana, que viajó desde su instituto en Tudela, donde enseña gramática a los chicos malos de la ESO, expresamente para ver Ultravioleta, y nos reprochó que no hiciéramos ninguna mención a su persona en las imágenes familiares que Jean filmó en la casa de mi madre. La noche acabó a hostias y a ella le tocó en nuestro bando. Cuando los bares cerraron, bebimos hasta la madrugada en Zabaleta.


Karmele: La segunda de a bordo en el Ernest Lluch, alter ego de Mikel Iturria. Ella supo tener la paciencia de asistirnos y darnos paso aquí y allá con nuestras exigencias. Supo hacer la vista gorda si vió alguna cerveza derramada por el suelo en las pruebas o algún farias apagado y abandonado en una esquina. Distribuyó la plaquette en la entrada. Se ocupó del papeleo. Nos dio bocadillos fríos de anchoa y mayonesa al término.


Mikel Iturria: El promotor de todo esto, incluso indirectamente, de las desavenencias familiares. Gracias por confiarnos la oportunidad y el dinero.